sábado, 23 de mayo de 2015

EXCESOS EN EL AMOR QUE A VECES PASAN




- ¿Por qué tenías que volverte loca? - le cuestionó Él minutos después de amarla, reclamando adolorido en la puerta de la ambulancia que iluminaba la noche con sus sirenas.
- Sólo te amé de la forma que me lo exigías - le contestó Ella, atrapada en una camisa de fuerza hecha a su medida, aún con algunas gotas de sangre asomándose en sus labios.

domingo, 12 de abril de 2015

CUESTIÓN DE MIRADAS

"Ojos en Carnaval" Miriam Outeiro 

Era un viaje de trabajo como tantos otros, sin embargo días antes de la partida estaba un tanto ansioso. La sede del Congreso al que asistiría sería Medellín, ciudad en dónde había vivido por casi una década y donde tendría algunos reencuentros esperados y algunos encuentros que nunca había imaginado, pero que ya se estaban planeando.

Había publicado en Facebook que asistiría a un evento académico en Medellín y que me gustaría ver a algunos de mis amigos y viejos compañeros. Las respuestas no se hicieron esperar. Los parceros de siempre. Samuel invitándome a su casa en Santa Elena a tomar unas cervezas como lo hacíamos antes y a recordar nuestras expediciones a bordo de la Vespa por el barrio Antioquia; Catalina, la amiga de siempre para ir a tirar paso en el Eslabón Prendido y después a comer unas buenas quesadillas por el lado del Parque del Periodista, mejor conocido en los bajos fondos como el Guanábano; Tavo que ahora se dedicaba de tiempo completo a la música me enviaba las coordenadas del próximo toque de Neoplatonics, su banda, que felizmente coincidía con mi estancia en la ciudad de la eterna primavera. Uno que otro ex condiscípulo también escribió saludando, pero sin nada en concreto, más como por cumplir las normas de la cortesía paisa que por tener verdaderas ganas de un encuentro.

Recibí los mensajes esperados. Los necesarios para programar una agenda social alternativa y paralela a las conferencias del congreso. 

Hubo un solo mensaje que me causó sorpresa. Era de Sara Marín, una chica simpática de la Bolivariana que estaba un par de semestres por debajo y con la que nunca tuvimos mucho contacto en tiempos de la universidad. Después de graduarnos nos habíamos encontrado una noche en Buenos Aires cuando estaba haciendo mi maestría por allá en el año 2008. Ella había ido en plan de turismo y me había escrito pidiendo alguna orientación, quedamos en encontrarnos para ir a cenar y darle todas las recomendaciones e indicaciones del caso para una buena estancia en la ciudad de la furia. Nos encontramos un viernes a eso de las diez de la noche en su hotel, cerca de la Calle Florida, caminamos por Puerto Madero hasta Siga la Vaca, una parrilla libre muy de moda entre los turistas colombianos, encantados con la posibilidad de comer sin límites. La bebida también era abundante, una botella de vino por comensal. Así entre corte y corte de carne, entre charla y charla sobre los innumerables planes posibles en la metropolí suramericana y entre brindis y brindis se fue pasando el tiempo. Los ojos de Sara daban señas de un estado entre el sueño y el alicoramiento. Al percatarme traté de dar fin a la velada. – tomemos un taxi, sugerí. – ¡Ay no seas aburrido! respondió con su típica tonadita antioqueña. Miré el reloj, apenas la 1:10, recordé el after office de Museum, y pensé que era un buen plan para cerrar este encuentro de compatriotas, además estábamos cerca de San Telmo donde se ubicaba la discoteca,

Al llegar al popular boliche no pudo disimular su asombro ante la majestuosidad del lugar. No podía creer que esta hermosa construcción, diseño del señor Eiffel, el mismo de la torre de París, estuviera dedicada a un no tan sano esparcimiento. Tres enormes pisos con varias pistas en las que sonaba música para todos los gustos, electrónica, rock and roll, el inevitable reguetón y la hedionda pero pegajosa cumbia villera animaban a los más de mil asistentes. Al momento de ordenar Sara extrañó no poder pedir una mediecita de guaro, sentimiento que fue mutuo. Nos conformamos con varios speed con vodka, bomba explosiva que vendían en todos los antros de Buenos Aires. Todas las circunstancias apuntaban hacia un mismo lado: la cama, situación que yo quería evitar. No estaba entre mis planes ni entre mis deseos engañar a mi novia de entonces (mi esposa  de hoy) con alguien que sabía que no pasaría de ser una aventura de unas horas causada en gran parte por el efecto de las bebidas espirituosas. Al fin y al cabo, reflexioné en medio del bullicio, nos conocíamos hace rato y nunca de ninguna de las partes hubo muestras de desear algún tipo de acercamiento, así que argumentando estar muy mareado la saqué del sitio a pesar de sus negativas, la dejé en el hotel y en el mismo taxi me fui para mi mini-departamento de Plaza Salguero.

No la volví a ver. Nos hablamos por teléfono durante su viaje durante los primeros dos días en los que saqué todo mi inventario de excusas para no encontrarnos. Luego ya no llamó. Por las fotos que publicó en Facebook pude ver que pronto había encontrado un nuevo guía, un argentinito cari lindo con el que pasó todo el resto de su experiencia porteña. Confieso que hasta me dieron un poco de celos. – Ese podía haber sido yo si hubiera querido, pensé. Sin embargo estos sentimientos absurdos se esfumaban por completo cada vez que me conectaba a Skype y podía ver de frente a los ojos, a través de la pantalla, a Natalia, hablar con ella sin tener el peso de ninguna culpa sobre mí.

Yo ya me había olvidado de ese capítulo que hoy volvió a mi memoria como una película a causa del inesperado mensaje de Sara Marín. - “Hola, ¿quieres saber de lo que te perdiste en Argentina? Me escribes si tienes tiempo cuando estés en Medellín”, un mensaje que me pareció claro y directo, fui consciente de que si contestaba ese mensaje de cierta forma comenzaba a fraguar un plan para engañar a mi mujer, una idea que hasta ese momento ni siquiera se me había atravesado.

Sentí curiosidad y fui rápidamente a su página de perfil. En la foto salía sonriendo feliz, abrazada sobre a una hamaca con un hombre que aparentaba su misma edad, unos 33. Tras una rápida exploración por sus álbumes pude ver que el sujeto en cuestión era su esposo y que hacía una semana habían estado celebrando su primer aniversario. El muro de Sara era un mosaico de meloserías y demostraciones virtuales de amor para su marido. Qué manera de saber mentir, me dije, sentí pena por él. - Apenas un año de casados y ya buscando con quién acostarse, pronuncié con algo de rabia en voz alta, como hablándole a un interlocutor imaginario del que esperaba alguna respuesta. Y la respuesta vino en forma de interrogación: ¿Si así es al año, te imaginas en tu caso que ya llevas seis de matrimonio? Esas palabras inaudibles quedaron retumbando en mí. Nunca me había puesto a pensar en eso. Evité volver a las paranoias que antes me habían traído algunos problemas con Natalia y preferí ser racional. No me imaginaba a mi esposa en esas, la relación estaba estable desde el nacimiento de nuestras niñas. Sí, no me iba a venir a enredar la cabeza por esto que estaba pasando. El cornudo era él, no yo.

Un par de días después mientras me tomaba el café de la mañana en la oficina, sin pensarlo mucho respondí el mensaje de Sarita Marín. – ¿De qué me perdí? tecleé desde el celular. Ese día no hubo ninguna contestación, lo que admito hasta me alegró porque era ponerle fin a la tentación, sin embargo su respuesta llegó a la mañana siguiente, bien tempranito, tanto que el sonido del celular despertó a Natalia a quien tuve que inventarle cualquier cosa para justificar un mensaje “de trabajo”  a las 5:35 A.M.. El mensaje carecía de palabras. Era una serie de selfies de Sara en el baño, desnuda, duchándose, acariciándose, primeros planos de sus tetas, sus pezones rosados, su culo, en fin, para que seguir y arriesgarme a la censura. El engaño estaba consumado.

Llegó el día del viaje. Natalia me llevó hasta Chachagüi y durante esos 40 minutos cruzamos los dedos para que el aeropuerto Antonio Nariño esté operando y recordamos las tantas veces que el avión no había podido aterrizar en Pasto y por eso habíamos perdido en varias ocasiones algunos días de clase, yo en Medellín y ella en Bogotá, o cuantas veces nos tocó dormir en Cali en dónde hacía escala o terminar el viaje aéreo a bordo de una flamante Transipiales. Me reí mucho con mi esposa, tanto como cuando estaba con mis amigotes. Afortunadamente el vuelo salió conforme al itinerario previsto. Nos despedimos con un beso en la boca, inocente, como el que se dio el actor de Mi Pobre Angelito y una niña muy bonita en una lata que se llamaba Mi Primer Beso, cosa de niños.

"Love" Leonid Afremov
La agenda planeada para la estadía en Medellín se cumplió al pie de la letra. No sucedió en este orden, pero desde los primeros años de primaria en el colegio Filipense, en donde estudiamos con Natalia, aprendí la propiedad conmutativa que reza que el orden de los factores no altera el resultado, o algo así. Asistí a todas las conferencias que debía asistir, la responsabilidad ante todo. Me fui con la Cata para el Eslabón y bailamos como nunca, o mejor, como siempre. Para coger fuerzas enchiladas dobles con los deliciosos ajíes de maracuyá, tomate de árbol o uvilla únicos en el país (valga la cuña). Estuve en el concierto de Neoplatonics, escena del crimen planeada entre Sara y yo para nuestro encuentro. Plan perfecto. Sara le había dicho a su amado esposo – Lindo, imagínate que un compañero pastuso de la U vino y varios compañeros (ese varios en realidad éramos dos)  nos vamos a encontrar en el concierto del grupo de Gustavo, el loquito que te presenté la otra vez (ya era medio famoso). Sin entrar en tanto detalle, mientras tocaban nosotros sin mediar palabra estábamos envueltos en un beso apasionado, de manera natural salimos y nos fuimos un buen rato para la casa de Tavo en Carlos E Restrepo que estaba muy cerca. No sé si  valió la pena, no fue nada del otro mundo, lo mismo que había presentido años atrás en Buenos Aires.

Además de este encuentro, lo único raro en este viaje fueron las pocas llamadas de Natalia, ella que puede catalogarse como una mujer intensa a la que siempre le gusta estar marcando terreno. Pero pensándolo bien eso ya había sucedido en los últimos dos viajes. Sólo ahora me daba cuenta de ese detalle, seguramente porque ahora andaba pendiente del teléfono, con sentimiento de culpa temía que una de esas llamadas ocurriera en pleno encuentro con Sara.

Una media hora antes del cierre del bar en donde tocaba Tavo volvimos al lugar. Cuando llegó a recogerla el pobre marido a las tres de la mañana como habían acordado ni siquiera sospechó que el sujeto que le presentaba Sara como su “mejor amigo” de la universidad se la acababa de comer. Incluso amablemente se ofreció a llevarme hasta el hotel, lo cual acepté con gusto y con algo de morbo. Tras las presentaciones de rigor nos dirigimos a un viejo auto en el que preferí viajar callado, exagerando un poco, me excusé en un estado de embriaguez inexistente. No quería participar en esta escena en la que quiéralo o no yo era un protagonista invisible. Me hice el dormido mientras oía la conversación de la pareja. - Tienes algo raro en tus ojos Amor, en la mirada, dijo el marido. -Seguro es por tanto humo de cigarrillo en ese chuzo corazón, contestó Sara. Esa noche me dejaron en el hotel, me despedí como si fuéramos los mejores amigos de la vida y me largué a mi cuarto, por más que traté no pude dormir bien.

Afortunadamente el día siguiente el clima sonrió y el aeropuerto Antonio Nariño operó normalmente y pude volver a la casita. Mientras esperaba el equipaje vi a mi esposa esperándome puntual al otro lado de la puerta de vidrio y me sentí mal, culpable. Igual al salir del terminal aéreo la abracé, la besé, otra vez con el estilo inocente de Macaulay Culkin y le entregué los regalos que le había comprado en el aeropuerto José María Córdoba tratando de compensar materialmente mi error. Subí las maletas al baúl y me senté en el puesto del copiloto para emprender el viaje a Pasto dispuesto a ponerme al día con los chismes locales y a entablar una buena charla con mi mujer, como las de siempre. Prendí un Piel Roja y ella un Marlboro Ice al tiempo de poner el motor en marcha, al momento de compartir el fuego del encendedor nuestros ojos se cruzaron. Su mirada era rara, no sé cómo sería la mía, si reflejaría esa culpa con la que cargaba, su mirada  me trajo a la mente un flash back, era la misma de Sara Marín después de nuestro encuentro.

-       ¿Qué te pasa negrita? Le pregunté, te veo rara, ¿estás enferma?, tienes algo diferente en los ojos.
-       Uy sí, contestó de afán como queriendo evadir el tema, - los siento un poco irritados, es que el humo de esos puchos tuyos (los mismos que había fumado desde que nos conocíamos) es muy fuerte, dijo mientras sintonizaba en la radio La W para oír noticias y ponerle así fin a la conversación.


Un silencio incómodo, a pesar de la voz de Julito, reinó durante todo el trayecto hasta nuestro “hogar”.

domingo, 6 de abril de 2014

CÁMARAS DE SEGURIDAD, REPORTERAS DE ESTOS TIEMPOS

No sé si ustedes han notado una tendencia que está en boga en los informativos y que cada vez toma más fuerza en la forma de buscar y acceder a las noticias. Varios de los titulares que se refieren a los sucesos considerados como los más importantes del día, tienen como principal fuente y soporte grabaciones de lo ocurrido hechas por cámaras de seguridad. Ojos mecánicos que sin que lo notemos registran la cotidianidad de nuestras vidas y por supuesto captan también los hechos que la alteran y se vuelven noticiosos.


La última noticia que ha acaparado la agenda informativa de estos días en Colombia es la agresión con ácido a una mujer en Bogotá que quedó filmada por una cámara de seguridad. Además en este caso, las grabaciones de estos artefactos ubicados en la zona permitieron a las autoridades rastrear la ruta que tomó el atacante y su captura, de igual manera el material audiovisual se constituyó en prueba dentro del proceso judicial. Pero este es sólo uno de muchos de los acontecimientos recientes que se volvieron noticia gracias a la grabación casual de un aparato instalado en principio para vigilar y no para informar.

Casos como el del agente de la DEA que fue víctima del “paseo millonario”, el atentado contra el ex ministro Fernando Londoño, los colados en Transmilenio e incontables robos y asaltos en establecimientos cerrados o en plena vía pública son otros de los ejemplos en los que las cámaras de seguridad se convierten en fuentes, en testigos e informantes y en cierta forma en reporteras de la realidad.
 
Pienso que como están las cosas es totalmente viable hacer un programa informativo en televisión usando este único recurso, sin más reporteros que las cámaras de seguridad, con un presentador que se limite a dar paso a cada video, sin mayor análisis, entregando las imágenes a la audiencia sin intermediaciones.
El éxito del formato está garantizado gracias al morbo propio de la naturaleza humana, por esa curiosidad que despierta observar la vida de otros ciudadanos de a pie que se convierten muchas veces sin quererlo en protagonistas de la noticia y ven expuestas sus vidas como mercancía, ante la gran demanda de la audiencia, como sucede en los reallities. Y es que las ciudades poco a poco se han ido convirtiendo en eso, en una especie de set gigante de reallity show, un espacio cada vez más amplio en extensión donde  contradictoriamente el ámbito de lo privado es cada vez más reducido. Es imposible evitar la referencia a George Orwell y su 1984, el dominio del  Gran Hermano se concreta en nuestra sociedad tres décadas después.

Detrás de todo esto subyace el interminable debate sobre si la seguridad debe primar sobre la intimidad, de igual forma –sobre todo por el uso dado a estas grabaciones por los medios de comunicación- está la contradicción entre el derecho a la información y el respeto a la vida privada.

 
Como en tiempos de la revolución industrial las máquinas ejercen funciones desempeñadas por humanos y esta circunstancia más que una amenaza debe tomarse como un reto en cada campo profesional. El uso (y a veces abuso) del material obtenido de cámaras de seguridad va modificando los modos de hacer periodismo.

Creo que como comunicadores lo mejor es ver a estos aparatos como lo que son: herramientas muy útiles y no el reemplazo de otras fuentes, ni la excusa para la ausencia de la contextualización y el análisis que requiere la información de calidad. Que no les pase a los reporteros lo que les pasó a los agentes de tránsito en algunas ciudades en donde las multas son impuestas ahora por cámaras de seguridad, por esos ojos mecánicos imperceptibles que registran cada segundo de estos tiempos.

 

lunes, 31 de marzo de 2014

FIEBRE DE ÁLBUM DEL MUNDIAL




Llega la fiebre mundialista y a la par, como una enfermedad colateral, viene la fiebre del álbum de Panini, la planilla en la que cada 4 años millones de aficionados alrededor del mundo coleccionan los rostros de los jugadores y llevan el registro de los resultados de la competencia más importante del balompié que en pocos días comenzará en Brasil y que pondrá al planeta a hablar de fútbol y no a pocos de las monas, los caramelos, los stickers, o como le digan en cada sitio a estas laminitas que al igual que el deporte mueven todo un negocio y una afición.

La edición dominical de El Tiempo venía acompañada hoy con un ejemplar del mentado álbum y en Pasto, a tempranas horas, este diario se había agotado. Algunos avivatos, que no faltan en la ciudad sorpresa, hicieron su agosto y vendieron el periódico “a 5 lukas”, quedándose con el excedente. Este repentino interés por la prensa entre la población pastusa es muestra del fervor que despierta el álbum y este fenómeno se repite, es viral, es ya una tradición y viéndolo bien cada ejemplar es mucho más que un vademécum de jugadores de fútbol, unos estrellas, otros no tan conocidos.

En mi caso, la relación con la planilla de Panini viene desde España 82, desde tiempos de Naranjito. A la edad de 7 años el fútbol no era realmente una de mis pasiones, no sabía mucho de los equipos ni conocía a los jugadores, aunque ahora no soy ningún experto. Mi mamá era la encargada de la adquisición, pegada, selección de repetidos e intercambio de caramelos. Tal vez por eso llenar esa planilla representa para mí un vínculo filial. Este año, por primera vez, quiero llenarla con mi hija Aurelia, quien, conociéndola como la conozco, pasará feliz de pegar stickers de la Princesita Sofía y la Doctora Juguetes a emocionarse junto al papá cuando al abrir los sobres hallemos escudos, estadios, equipos, la copa Mundo o a Fuleco, la mascota de Brasil 2014.

En casi todas las versiones las mascotas son de las láminas más difíciles, desde el Pique de México 86, el Ciao de Italia 90, pasando por los zoomorfos Strike y Footix de Estados Unidos y Francia en los noventa. Incluso esos tres bodrios indescifrables de Japón y Corea que fueron la imagen del primer mundial del siglo XXI y que los orientales bautizaron como Spheriks, creo que el armadillo brasilero no será la excepción como no lo fueron sus antecesores Goleo y Zakumi. Entre las láminas de los jugadores las cosas siempre varían, al igual que la bolsa de futbolistas en la vida real, aunque las cotizaciones no siempre concuerdan, en sólo dos días tengo repetido a Cristiano Ronaldo, a Messi y a Balotelli. Al final siempre hay láminas que en el mercado negro llegan a costar un buen fajo de billetes. Lo importante es que como en alguna época rezaba el eslogan de Panini, “siempre se llenan”.

Recuerdo que cuando era niño me causaba curiosidad ver los nombres de los países en varios idiomas, cómo diablos iba a imaginar que Hellas es Grecia, Nederland es Holanda o que Deutschland es Alemania. Gracias al álbum supe que había dos Alemanias y lamenté que no saliera una lámina de la cortina de hierro que las separaba pero que imaginaba gigante, por la propaganda gringa disfrazada de cine sabía que una era buena y una era mala, por esa misma razón veía con recelo el rostro de los jugadores de la URSS, el país de los malos, de los enemigos de Rocky y de Rambo.

A diferencia a lo que suele suceder en los estadios, la afición femenina representa un alto porcentaje cuando se trata de estas publicaciones futboleras. No es bueno generalizar pero a muchas no les apasiona mucho el deporte rey si no más bien los reyes de este deporte. En este aspecto los italianos, españoles y en general los equipos europeos encabezan el ranking, los asiáticos van a la cola, por nuestro continente sacan la cara los argentinos, los uruguayos y por supuesto los colombianos, las páginas de Panini se han engalanado con la belleza de Higuita, Leonel Álvarez y el “Pibe” Valderrama, cuyas melenas han hecho suspirar a más de una y por supuesto no se puede dejar atrás al “Tino” Asprilla que en este campo manda la parada junto a algunos jugadores africanos.

Esa es otra de las cosas que siempre me ha gustado del álbum del Mundial. Es un dechado de la diversidad de la raza humana, un recorrido por sus páginas es un recorrido por la multiplicidad de genotipos y fenotipos, de culturas que alberga la Tierra. Por otra parte, su evolución es un reflejo de la evolución del mundo, desde las pequeñas pero cómodas innovaciones como el empleo de autoadhesivo, hasta la inclusión de la internet y las redes sociales en la última edición, el álbum da testimonio de cómo avanza y cambia la forma de vida de la humanidad.

Llenar el álbum es una de esas pequeñas metas que traen grandes satisfacciones, ver que ya no hay recuadros en blanco es cruzar la línea de llegada, es recibir la recompensa de tener entre las manos un texto que recopila la historia de un gran evento, es en cierto modo una producción colectiva, fruto del esfuerzo del coleccionista.

Confieso que cuando no participa o eliminan a la selección Colombia, me inclino más a dejarme contagiar por la fiebre de Panini que por la del Mundial, no me canso de ojear el álbum una y otra vez, de leer y releer las pocas líneas de texto, de revisar los marcadores escritos a puño y letra. Espero que esta tradición no se pierda en mi familia y mi única heredera es mi hija Aurelia, así que espero que en unos años sea ella quien repase los álbumes de los futuros mundiales, así sea solamente para ver jugadores italianos.

  

martes, 13 de agosto de 2013

Yo... Mi Mujer Ideal

Desperté solo, una vez más, aunque a mi lado yacía una mujer. Sólo percibo la soledad. Estoy cansado de lo mismo, una tras otra, relevando siempre a la mujer anterior. Metidos en la misma cama pero con nada en común. Mientras la mujer dormía, pensaba... ¿no habrá en este mundo una mujer que comparta todo conmigo?. Sí, todo en absoluto: mis gustos, mis miedos, mis vicios, mis defectos y virtudes, incluso hasta mis pensamientos.

Envuelto en esa inquietud viví todo aquel día, recordé entonces -casi al atardecer- que hay quienes piensan que interiormente, todos los hombres tienen algo de mujer, una parte femenina. ¿Por qué no? me pregunté. Esa misma noche, lo decidí, conocería mi parte femenina, la invitaría, a ELLA... la que vive en mi.

No fue fácil convencerla, la invité en repetidas ocasiones pero era una mujer difícil, se hacía de rogar. Por fin, días después, aceptó salir de MÍ y hablarme, conocernos mejor. Esa noche, al verla quedé pasmado con su belleza. Sintetizaba todos mis deseos. Alta, esbelta pero voluptuosa, con curvas perfectas, su pelo negro como azul, largo, lacio; rostro angelical: ojos grandes azabaches de mirada inquietante, su boca... bueno su boca no era del otro mundo pero ¿quién pide más?. La recorrí con la mirada, vi directo a sus ojos infinitos que brillaban a pesar de la oscuridad. - Hola, ¿cómo te llamas?, le dije. Entonces ella abrió su boca, no tan perfecta, y respondió: - Hola, soy... (el silencio aumentó el suspenso del momento) ... no sé como me llamo, continuó, -pero soy tú.

Así nos conocimos. al no tener un nombre propio (por ser yo) la llamé Laura –tenía cara de llamarse así-. La relación prosperó, nos conocimos mejor, era mi mujer ideal, como la había soñado, era bella e inteligente, teníamos los mismos gustos, miedos, vicios, defectos y virtudes, incluso pensábamos igual. Era perfecta para mí... era yo.

Pronto, Laura y yo, nos entregamos a una intensa pasión, un amor verdadero. Ella también se enamoró. Compaginamos muy bien, nos comprendíamos sin hablar, bastaba una mirada para saber lo que el otro pensaba, lo que el otro deseaba, lo que cada uno esperaba del otro... de su otro yo. Lo mejor era que siempre coincidíamos, pensábamos lo mismo, deseábamos lo mismo y teníamos las mismas expectativas mutuas... éramos un solo ser.

Por primera vez sentí que hacía el amor con alguien que amaba de verdad. Sencillamente la pareja perfecta.

Todo marchaba bien... éramos felices. Pero pasó lo inesperado. Una noche, como por generación espontánea surgió de mí, de nosotros, otro YO. En poco tiempo, este personaje estaba en nuestras vidas, a Laura no le importó (al fin y al cabo era yo, y claro también era ella), vivíamos bien, aunque me dolía compartirla.

No sé que pasó, ahora nuevamente me siento solo. Laura lo prefiere a ÉL. La entiendo, si fuese mujer también lo habría escogido. ¡Pero no estoy triste!, sea como sea viviremos juntos hasta que nos lleve la muerte, que será por supuesto el mismo día y el mismo instante.

Mientras llega ese momento me complace saber que siempre seremos la pareja perfecta, un solo ser, los tres.

lunes, 3 de junio de 2013

RECUERDA AURELITA


 
Hija mía, tantos recuerdos en tan corto tiempo.
Algunos quedarán por siempre
Otros durarán instantes.
Pero no te preocupes Aurelia,
los mejores ya vendrán, son futuro
y el futuro, lo prometo, lo enfrentamos juntos
Porque tú y yo somos uno.

domingo, 5 de agosto de 2012

HORAS DE VUELO


Llevo buena parte de mi vida practicando la mejor forma de volar, de viajar, de huir pero a la vez conocer nuevas cosas, es lo que me gusta; pero no he logrado encontrar la forma más adecuada de hacerlo, todo lo pruebo, no me basta la imaginación. Al no encontrarme a gusto quise explorar nuevas dimensiones, aunque soy consciente –si alguna vez he tenido conciencia- de que esta búsqueda puede llevarme lejos y dejarme volando, viajando eternamente, un vuelo en el que la única presencia palpable es la ausencia, ausencia total, ausencia que para mi es a veces deseable.

En varias ocasiones he estado frente a ciertas ausencias, más nunca a la ausencia total. He vivido la ausencia de la luz, cuando mi cuerpo no soporta el agotamiento que causa el viaje y me lleva a un estado de sopor en el que la luz no impresiona mis retinas; también he logrado experimentar la ausencia parcial del sonido y de las vibraciones que lo producen, pero de forma voluntaria –si aun me queda voluntad- en la que solamente oigo lo que quiero y lo que no, lo desaparezco, lo deshecho.

Vivo periodos en los que no vuelo, no viajo. No son largos y cada vez se acortan más; son aquellos momentos en los que se apodera de mi la ingenuidad propia del romanticismo y aún creo amar, no he podido evadir totalmente mi naturaleza, son momentos en que creo que estoy viviendo la plenitud del amor. ¡Pero no¡ Con dolor me convenzo cada vez más de que esto es algo utópico. Lo real, lo que sí he vivido, es la plenitud del sexo, las sensaciones corporales innegablemente placenteras. Tratar de sentir es complicarse.

Intento quedarme para compartir con la mujer de turno, pero que va....

Me invade la nostalgia por mis buenos momentos, por mis tantas horas de vuelo, de evasión... Vuelvo a ellos, siempre es así.

Espero de estación en estación, en dirección descendente, el día en el que encuentre el medio que me permita volar hacia el viaje final, sin regreso, sin retorno, al encuentro con la ausencia total, que espero sea incluso la ausencia de mi ser.