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martes, 11 de abril de 2017

UN HOGAR SIN ESTRECHECES


No sé exactamente cuando el sexo entró a mi vida. Lo que sí sé es que el verbo culear entró a hacer parte de mi vocabulario a mi más tierna edad. Yo culeo, tu culeas, él culea, ella culea, nosotros culeamos, vosotros culeáis, ellos culean. En conclusión: todos culeamos, aunque de eso solo me di cuenta muchos años después.

Creo que culeé (o me culearon) por primera vez con cuando tenía unos cuatro años. Las imágenes son borrosas y difusas, pero ahí me veo, subiéndome de afán unos calzoncillos color rojo sangre (¿mi desfloración?), afanado por una de las tres empleadas de la casa (¿cuál sería?) que se había asustado y había dejado de mamarmelo cuando sonó el pito del Nissan Patrol que anunciaba la llegada de mi madre, la señora de la casa.

Era una casa grande, hasta pieza de planchar tenía, era espacio de 3 metros cuadrados entre el garaje y la cocina, con piso de madera. Ahí, entre la ropa limpia de toda la familia habían sucedido los hechos. Desde ahí se desplazó María sin demoras a abrir el portón a su patrona, las tres muchachas del servicio de aquel entonces llevaban ese virginal nombre, una lavaba y planchaba, la otra cocinaba y la otra se encargaba del aseo, las tres cuidaban a los tres niños, un fordismo doméstico perfecto.  Ahí me encontró mi madre con los cachetes más rojos de lo normal, no sé si por la excitación, la atmósfera cálida potenciada por la plancha, la vergüenza o todas las anteriores.

- No te metas a esta pieza que es muy caliente. - me dijo mamá mientras palpaba mi frente para comprobar si tenía fiebre, sin la menor sospecha de la escena sexual que había interrumpido a punta de pito.

Mi segunda culeada infantil (o por lo menos de la que me acuerdo) fue con otra empleada. Yo ya era más grande y no puedo negar que me gustó, sentí placer, a mis ocho años y medio ya medio se me paraba. Lo disfruté pero no lo gocé. Sabía que estaba haciendo algo malo. Por lo menos eso me habían dicho las monjitas del colegio Filipense y yo les creía.

Ella se llamaba Marta, una morena de Barbacoas con un culo que hoy se me antoja delicioso (¿será por eso que me gustan tanto las negras?). Llevaba ya unos años trabajando con nosotros y era como solía decir mamá: "la de confianza". En esa época solo habían 2 "muchachas", los niños ya éramos mas grandes y no jodíamos tanto.

Recuerdo que un sábado estábamos solos, o prácticamente solos. Me refiero a Ella y yo, a Marta y yo cuando era niño. Mi mamá, mi hermana mayor y la otra empleada se habían ido a hacer el mercado semanal que era tan abundante que requería seis brazos para cargarlo; mi papá, como siempre, estaba absorto en sus códigos, libros y sentencias, en sus cosas de magistrado del Tribunal, en la biblioteca del tercer piso; mi hermanita menor con sus Barbies en al cuarto de juegos, una de las seis piezas del segundo piso, al lado de mi habitación, en donde yo había preferido quedarme echado viendo en la tele algún Cuento de los Hermanos Grimm o jugando alguno del casi centenar de cartuchos de Atari que tenía.

Pero Marta tenía en mente otro tipo de cuentos y quería jugar con otro tipo de joystick.

Se acercó y se sentó en la cabecera de la cama, sus nalgas duras hundieron el colchón con su peso y sus muslos se descubrieron como apetitosas almohadas prietas junto a mi cara. Se había puesto una falda elegante que había sido de mi mamá y que a ella, por la diferencia de estatura y talla, le quedaba como una apretada minifalda. Empezó a acariciarme la cabeza como tantas veces, sin embargo yo sentía que esta vez era diferente. Al poco rato sus manos habían descendido hasta la otra cabeza, la que no tiene pelo y a veces manda más que la contiene al cerebro, yo me dejé hacer. Con agilidad se puso en cuatro junto a mi, su falda se subió por completo y un culo negro hermoso, paradito, quedó  poco menos de un metro. No se había puesto calzones, no sabía por qué, no supe que hacer. Ella con experticia agarró mi pequeña mano infantil y se la metió casi entera en la cuca, antes de entrar sentí su vello crespo y espeso, era como su pelo, después sentí que mi brazo entero resbalaba entre líquidos calientes y desconocidos dentro de esta mujer que triplicaba mi edad y que empezaba a dar pequeños gemidos mientras se balanceaba atrás y adelante, atrás y adelante. Mientras esto pasaba en su retaguardia no descuidaba su frente, Marta me había bajado los pantalones y me chupaba la verga que se erguía orgullosa con una inocente erección infantil, la lamía con avidez, la metía y la sacaba, la metía y la sacaba, la volvía a lamer, a mi mente se vino la propaganda de Bom Bom Bum que tanto me gustaba porque salía una niña bonita que me gustaba. Una electricidad recorría todo mi cuerpo, un corrientazo llegaba con cada lengüetazo.  

- ¡Otra vez oliendo a trago y a perfume barato de vagabunda! - oímos gritar de repente.
- Sólo pasé un rato por el Club y me tome un par de Whiskys  - respondía un Kent retraído ante los airados reclamos de una Barbie rubia.

Era mi hermanita representando una obra con sus pequeños actores plásticos de cuerpos atléticos y vestidos a la última moda (¿De dónde habrá sacado el argumento?).

Habíamos olvidado que estaba en  el cuarto de al lado, por lo menos yo. Yo me había olvidado de todo. Entonces Marta paró y acercó  a mi cara esos labios gruesos, carnosos, de negra, para susurrarme: "- Vamos a mi pieza Tirsito".

El tono de su voz me hizo entender que este sería nuestro secreto.

Me levantó de la cama y me ayudó a ponerme los pantalones, tal como lo hacía cada mañana cuando me ayudaba a alistarme para el colegio y me cogió de la mano guiándome por mi propia casa que en esos momentos se me hacía como un espacio desconocido. Bajamos al gradas al primer piso, pasamos por la sala, por el oratorio adornado con una legión de vírgenes y santos, por el comedor principal y por el auxiliar, dejamos atrás la gran cocina integral que relucía blanca y pulcra y salimos al patio. Allí el Puchis, mi cocker spaniel, batía su pucho de cola pero yo, que tanto lo quería, le negué la caricia que me pedía, ansioso y curioso por otro tipo de contactos y de afectos. Así que sin detenernos seguimos hasta el patio de ropas, el último rincón de la casa. En ese espacio que antes había sido un huerto se levantaba todo un complejo destinado al correcto lavado y cuidado de la ropa. Dos lavaderos, una lavadora y una secadora, una docena de cuerdas para tender las prendas recién lavadas de la familia, hasta las más íntimas. Encima de este templo de la limpieza mi mamá había dispuesto que se construyera un baño y "la pieza de las muchachas", ese era nuestro destino inmediato.

Muy pocas veces había estado en ese cuarto. Dos camas gemelas, dos mesitas de noche y dos armarios también idénticos eran su único mobiliario. Olía a una mezcla rara de detergente y de perfume fino, en una repisa descubrí un frasquito de Oscar de la Renta que mi madre echaba de menos y daba por perdido. Marta no perdió el tiempo y se tendió sobre la cama que estaba junto a la ventana de vidrio esmerilado, supuse que esa era la suya, se subió la falda hasta las caderas y abrió sus piernas. Quedé inmóvil, impresionado por el contraste entre el negro de su piel, de su vello y el carmesí de esos labios femeninos que no conocía. Ella como que se percató y se hizo cargo de la situación. Me desvistió rápido (para ella era fácil porque lo hacía cada noche para ponerme la pijama) y me haló hacia su cuerpo, me cargó como a un niño y me puso encima de ella, sexo contra sexito. No hubo penetración, ella empezó a moverse y a frotar mi cuerpo contra el suyo, sentía como rozaba áspera su tupida mata de pelo contra mi cuerpo lampiño. Me gustaron las sensaciones físicas que experimenté, pero más me gustó oír los griticos y ver las caras que hacía Marta: sonreía, se mordía los labios, entornaba los ojos, arrugaba la frente, hasta que finalmente lanzó un corto alarido y se volvió visca, sentí que temblaba bajo mis 27 kilos y me gustó saber que podía generar esas sensaciones. Yo no terminé, mi cuerpo aún no me daba la materia prima para poderme venir.

Me vistió, se arregló la falda y volvimos acalorados hacia la parte delantera de la casa. Al entrar al patio nos dimos cuenta de que mi mamá ya había vuelto del mercado, con el baúl del Chevette cargado hasta el tope. Marta se fue corriendo a ayudar a bajar las compras y yo me quedé ahí jugando con el Puchis y una vieja pelota de tenis.

Después de desempacar y organizar el mercado mi mamá vino a saludarme, Marta la seguía de cerca y me veía como temiendo que confesara nuestro secreto, nuestro pecado, eso nunca iba a pasar.

- Uy como está de colorado mijo. - dijo al ver mis cachetes encendidos.
- Es que he estado jugando con el perro. - le contesté con la falsa tranquilidad de no estar mintiendo del todo.
- Y usted también Marta, está rojita rojita. - apuntó mi madre en tono inquisidor.
- Si señora, es que estuve jugando con el niño. - dijo la muchacha. - Me voy a lavar los baños de arriba. - dijo como despedida. Y se fue a seguir con sus oficios.

Mi mamá subió a ver una telenovela al cuarto de la televisión mientras mi hermana mayor protestaba porque ella quería ver una película de Betamax que había alquilado. Le tocó esperar y se encerró enojada en su pieza. Mi hermana menor seguía sumergida en su mundo miniatura de muñecos de Mattel y mi padre en sus cosas de magistrado, allá arriba en el tercer piso.

Yo me quedé en el patio con el perro, no oía nada más aparte de sus jadeos y el sonido de la pelota de tenis al rebotar.

No se oía a los demás.

Era una casa grande.



















jueves, 14 de abril de 2016

NO HAY LEY QUE VALGA


- Buenos días doctor. – exclamó tímidamente una escuálida y cabizbaja mujer desde el otro lado del escritorio, que junto a una vieja biblioteca era lo único que ocupaba la oficina.

- Buenos días. – respondió nervioso Justo, un joven abogado recién egresado, mientras arreglaba el nudo de su corbata, que por las extrañas y repetitivas contorsiones del cuello parecía incomodarle cantidades.

La ocasión ameritaba la elegancia. Ese día abría su oficina, tenía su primera consulta, su primera experiencia práctica con el derecho tras cinco años de memorizar montañas de leyes, decretos y sentencias.

Sin perder el tiempo, Justo le pidió a su primera cliente que tomara asiento para que lo empapara de los pormenores del asunto. Con oír unas cuantas frases, el novel jurista supo que estaba frente a un caso de derecho de familia. “Una típica separación de cuerpos y bienes y un posterior divorcio argumentando abandono del hogar del cónyuge, violencia intrafamiliar e infidelidad”, pensó Justo, remitiéndose mentalmente a sus aulas de clase. Mientras tanto Rocío, como se llamaba la cliente, seguía destapando como si estuviera ante un sicoterapeuta o un confesor, los más íntimos y penosos detalles de su vida familiar y las aventuras de Chucho, su marido, un maestro de obra con una vida sexual que envidiaría hasta el Marqués de Sade.

La biografía oral de Rocío era constantemente interrumpida por el legista quien, para demostrar su erudición, citaba normas y teorías que, según él, se aplicaban perfectamente a los hechos narrados.

- Eso es precisamente lo que regula el segundo inciso del parágrafo 13 del artículo 120 de la ley de divorcio sobre el incumplimiento de las obligaciones paterno-conyugales. -Decía Justo con tono de suficiencia- ante lo que la mujer, que a duras penas había podido cursar su primaria en la escuela de su pueblo, se limitaba a responder: – claro doctor, disimulando tras estas dos palabras una total incomprensión. “El debe saber lo que dice, al fin y al cabo es estudiado que me voy a poner a contradecirlo”, se dijo Rocío, quien al fin y al cabo siempre había hecho lo que le decían los demás.

Desde niña había tenido que obedecer, a los 14 empezó a trabajar en casas de familia, ahora lavaba la ropa de otros. Siempre sumisa a las órdenes, excepto cuando le prohibieron ennoviarse con Chucho. De aquel acto de rebeldía dan fe tres hijos. Ya van doce años desde la noche en que -a escondidas- trasteó su chécheres para la pieza polvorienta que sería su hogar, un salón con un baño en una esquina y una improvisada cocineta en la otra, único patrimonio de quien desde ese momento fue su marido. “Nos casó la vida y no un cura” argumentaba Chucho como razón suficiente para justificar sus irresponsabilidades.

La conferencia se prolongó casi una hora. Siempre igual: la mujer en su catarsis sentimental, alternando con la verborrea legalista del abogado. Cada episodio de la tragedia de Rocío se convertía de inmediato en un problema jurídico que ameritaba acudir a los códigos y textos que reposaban en la biblioteca como en un altar. “Sin separarnos duramos como 8 años, sin pelear” -recordaba la cliente, “unión marital de hecho” –traducía el abogado - “no me pasa nada para los niños” - “inasistencia alimentaria” –decía el letrado.

Así sucesivamente, surgieron términos que Rocío nunca imaginó aplicables a su caso. Ese día se enteró que su vida era una rica fuente casuística del derecho. Aunque estaban en el mismo recinto y defendiendo iguales intereses, algo los distanciaba, cada uno andaba en lo suyo. Como si el dulzón olor a loción barata del jurista y el aroma a detergente de lavanda que ya era natural en Rocío, formaran dos atmósferas distintas e infranqueables.

Por fin terminó la entrevista. Al revisar sus apuntes y algunos de los libros abiertos sobre el escritorio Justo sonrió, como quién apuesta en un juego de cartas con la certeza de tener un as bajo la manga. Estaba confiado, satisfecho, ya no le molestaba la corbata, curiosamente su confort aumentaba cada vez que Rocío se dirigía a él como doctor. Sentía que ese tratamiento era más que merecido.

- Esto no está tan difícil –concluyó, poniéndose de pie y adoptando una pose ceremoniosa- lo tenemos en las manos. Podemos alegar violencia intrafamiliar, infidelidad y eso sólo para empezar, seguro que después del divorcio nos quedamos con todo. Además si quiere ver a los niños... le va a costar.

- Pero Doctor –balbuceaba la cliente.

- No me interrumpa, además usted puede quedarse con la casa y para evitar ‘problemitas’ podemos evitar publicar los avisos de ley en los periódicos locales, así ningún hijito inesperado se aparece por ahí. Además yo sólo le voy a cobrar un 40% del monto total del negocio. –prosiguió Justo.

- Es que... yo no me quiero separar. –dijo Rocío, pronunciando estas líneas con una voz tan queda que parecía venir de la oficina contigua, ocultando su rostro de la mirada inquisidora del leguleyo.

Los ojos de Justo se irrigaron de sangre y parecían salirse de su cráneo, su rostro imberbe se encendió todo, desde el alargado mentón hasta el último rincón de sus orejas puntudas, pasando por la nariz de fríjol, lo único pequeño en su anatomía.

- Pero ¿Cómo así? -cuestionó encolerizado- ¿no quiere divorciarse? ¿Es que le gusta que le peguen? ¿Le gustan andar con cuernos? ¿Es que le gusta mantenerlo? ¿Es que usted es tonta?, No desaproveche la oportunidad que le dan las normas vigentes, puede quedarse con todo, incluso hasta con una buena renta. ¿Por qué? si todo esta claro, la justicia está de tu lado, los códigos son muy precisos en lo que dicen. ¿No ve que es un buen negocio? –concluyó Justo quedando a la espera de una respuesta.

Rocío un tanto aturdida por la retahíla de preguntas seguía sentada, agachada, a punto de llorar. Se tragó la primera lágrima, la gota rodó directo hasta sus labios y ese sabor salobre, tan familiar en su vida, le hizo recordar las humillaciones de siempre. No era eso lo que buscaba. Tomó aire, se puso de pie, miró por primera vez al abogado directamente a los ojos y con un vozarrón enorme, inconcebible para unos pulmoncitos alojados en un cuerpo de 150 centímetros de altura, contestó:

- ¡Porque él es el papá de mis hijos y por que lo amo! Dicho esto, salió disparada sin dar tiempo a las réplicas del ‘doctor’.

Ante esta respuesta tajante e inesperada Justo se sentó aburrido frente al escritorio, cerró sus libros y se cruzó de brazos sobre ellos a contemplar pensativo el vacío de su despacho, no sin antes aflojar del todo el nudo de su inútil corbata.

domingo, 12 de abril de 2015

CUESTIÓN DE MIRADAS

"Ojos en Carnaval" Miriam Outeiro 

Era un viaje de trabajo como tantos otros, sin embargo días antes de la partida estaba un tanto ansioso. La sede del Congreso al que asistiría sería Medellín, ciudad en dónde había vivido por casi una década y donde tendría algunos reencuentros esperados y algunos encuentros que nunca había imaginado, pero que ya se estaban planeando.

Había publicado en Facebook que asistiría a un evento académico en Medellín y que me gustaría ver a algunos de mis amigos y viejos compañeros. Las respuestas no se hicieron esperar. Los parceros de siempre. Samuel invitándome a su casa en Santa Elena a tomar unas cervezas como lo hacíamos antes y a recordar nuestras expediciones a bordo de la Vespa por el barrio Antioquia; Catalina, la amiga de siempre para ir a tirar paso en el Eslabón Prendido y después a comer unas buenas quesadillas por el lado del Parque del Periodista, mejor conocido en los bajos fondos como el Guanábano; Tavo que ahora se dedicaba de tiempo completo a la música me enviaba las coordenadas del próximo toque de Neoplatonics, su banda, que felizmente coincidía con mi estancia en la ciudad de la eterna primavera. Uno que otro ex condiscípulo también escribió saludando, pero sin nada en concreto, más como por cumplir las normas de la cortesía paisa que por tener verdaderas ganas de un encuentro.

Recibí los mensajes esperados. Los necesarios para programar una agenda social alternativa y paralela a las conferencias del congreso. 

Hubo un solo mensaje que me causó sorpresa. Era de Sara Marín, una chica simpática de la Bolivariana que estaba un par de semestres por debajo y con la que nunca tuvimos mucho contacto en tiempos de la universidad. Después de graduarnos nos habíamos encontrado una noche en Buenos Aires cuando estaba haciendo mi maestría por allá en el año 2008. Ella había ido en plan de turismo y me había escrito pidiendo alguna orientación, quedamos en encontrarnos para ir a cenar y darle todas las recomendaciones e indicaciones del caso para una buena estancia en la ciudad de la furia. Nos encontramos un viernes a eso de las diez de la noche en su hotel, cerca de la Calle Florida, caminamos por Puerto Madero hasta Siga la Vaca, una parrilla libre muy de moda entre los turistas colombianos, encantados con la posibilidad de comer sin límites. La bebida también era abundante, una botella de vino por comensal. Así entre corte y corte de carne, entre charla y charla sobre los innumerables planes posibles en la metropolí suramericana y entre brindis y brindis se fue pasando el tiempo. Los ojos de Sara daban señas de un estado entre el sueño y el alicoramiento. Al percatarme traté de dar fin a la velada. – tomemos un taxi, sugerí. – ¡Ay no seas aburrido! respondió con su típica tonadita antioqueña. Miré el reloj, apenas la 1:10, recordé el after office de Museum, y pensé que era un buen plan para cerrar este encuentro de compatriotas, además estábamos cerca de San Telmo donde se ubicaba la discoteca,

Al llegar al popular boliche no pudo disimular su asombro ante la majestuosidad del lugar. No podía creer que esta hermosa construcción, diseño del señor Eiffel, el mismo de la torre de París, estuviera dedicada a un no tan sano esparcimiento. Tres enormes pisos con varias pistas en las que sonaba música para todos los gustos, electrónica, rock and roll, el inevitable reguetón y la hedionda pero pegajosa cumbia villera animaban a los más de mil asistentes. Al momento de ordenar Sara extrañó no poder pedir una mediecita de guaro, sentimiento que fue mutuo. Nos conformamos con varios speed con vodka, bomba explosiva que vendían en todos los antros de Buenos Aires. Todas las circunstancias apuntaban hacia un mismo lado: la cama, situación que yo quería evitar. No estaba entre mis planes ni entre mis deseos engañar a mi novia de entonces (mi esposa  de hoy) con alguien que sabía que no pasaría de ser una aventura de unas horas causada en gran parte por el efecto de las bebidas espirituosas. Al fin y al cabo, reflexioné en medio del bullicio, nos conocíamos hace rato y nunca de ninguna de las partes hubo muestras de desear algún tipo de acercamiento, así que argumentando estar muy mareado la saqué del sitio a pesar de sus negativas, la dejé en el hotel y en el mismo taxi me fui para mi mini-departamento de Plaza Salguero.

No la volví a ver. Nos hablamos por teléfono durante su viaje durante los primeros dos días en los que saqué todo mi inventario de excusas para no encontrarnos. Luego ya no llamó. Por las fotos que publicó en Facebook pude ver que pronto había encontrado un nuevo guía, un argentinito cari lindo con el que pasó todo el resto de su experiencia porteña. Confieso que hasta me dieron un poco de celos. – Ese podía haber sido yo si hubiera querido, pensé. Sin embargo estos sentimientos absurdos se esfumaban por completo cada vez que me conectaba a Skype y podía ver de frente a los ojos, a través de la pantalla, a Natalia, hablar con ella sin tener el peso de ninguna culpa sobre mí.

Yo ya me había olvidado de ese capítulo que hoy volvió a mi memoria como una película a causa del inesperado mensaje de Sara Marín. - “Hola, ¿quieres saber de lo que te perdiste en Argentina? Me escribes si tienes tiempo cuando estés en Medellín”, un mensaje que me pareció claro y directo, fui consciente de que si contestaba ese mensaje de cierta forma comenzaba a fraguar un plan para engañar a mi mujer, una idea que hasta ese momento ni siquiera se me había atravesado.

Sentí curiosidad y fui rápidamente a su página de perfil. En la foto salía sonriendo feliz, abrazada sobre a una hamaca con un hombre que aparentaba su misma edad, unos 33. Tras una rápida exploración por sus álbumes pude ver que el sujeto en cuestión era su esposo y que hacía una semana habían estado celebrando su primer aniversario. El muro de Sara era un mosaico de meloserías y demostraciones virtuales de amor para su marido. Qué manera de saber mentir, me dije, sentí pena por él. - Apenas un año de casados y ya buscando con quién acostarse, pronuncié con algo de rabia en voz alta, como hablándole a un interlocutor imaginario del que esperaba alguna respuesta. Y la respuesta vino en forma de interrogación: ¿Si así es al año, te imaginas en tu caso que ya llevas seis de matrimonio? Esas palabras inaudibles quedaron retumbando en mí. Nunca me había puesto a pensar en eso. Evité volver a las paranoias que antes me habían traído algunos problemas con Natalia y preferí ser racional. No me imaginaba a mi esposa en esas, la relación estaba estable desde el nacimiento de nuestras niñas. Sí, no me iba a venir a enredar la cabeza por esto que estaba pasando. El cornudo era él, no yo.

Un par de días después mientras me tomaba el café de la mañana en la oficina, sin pensarlo mucho respondí el mensaje de Sarita Marín. – ¿De qué me perdí? tecleé desde el celular. Ese día no hubo ninguna contestación, lo que admito hasta me alegró porque era ponerle fin a la tentación, sin embargo su respuesta llegó a la mañana siguiente, bien tempranito, tanto que el sonido del celular despertó a Natalia a quien tuve que inventarle cualquier cosa para justificar un mensaje “de trabajo”  a las 5:35 A.M.. El mensaje carecía de palabras. Era una serie de selfies de Sara en el baño, desnuda, duchándose, acariciándose, primeros planos de sus tetas, sus pezones rosados, su culo, en fin, para que seguir y arriesgarme a la censura. El engaño estaba consumado.

Llegó el día del viaje. Natalia me llevó hasta Chachagüi y durante esos 40 minutos cruzamos los dedos para que el aeropuerto Antonio Nariño esté operando y recordamos las tantas veces que el avión no había podido aterrizar en Pasto y por eso habíamos perdido en varias ocasiones algunos días de clase, yo en Medellín y ella en Bogotá, o cuantas veces nos tocó dormir en Cali en dónde hacía escala o terminar el viaje aéreo a bordo de una flamante Transipiales. Me reí mucho con mi esposa, tanto como cuando estaba con mis amigotes. Afortunadamente el vuelo salió conforme al itinerario previsto. Nos despedimos con un beso en la boca, inocente, como el que se dio el actor de Mi Pobre Angelito y una niña muy bonita en una lata que se llamaba Mi Primer Beso, cosa de niños.

"Love" Leonid Afremov
La agenda planeada para la estadía en Medellín se cumplió al pie de la letra. No sucedió en este orden, pero desde los primeros años de primaria en el colegio Filipense, en donde estudiamos con Natalia, aprendí la propiedad conmutativa que reza que el orden de los factores no altera el resultado, o algo así. Asistí a todas las conferencias que debía asistir, la responsabilidad ante todo. Me fui con la Cata para el Eslabón y bailamos como nunca, o mejor, como siempre. Para coger fuerzas enchiladas dobles con los deliciosos ajíes de maracuyá, tomate de árbol o uvilla únicos en el país (valga la cuña). Estuve en el concierto de Neoplatonics, escena del crimen planeada entre Sara y yo para nuestro encuentro. Plan perfecto. Sara le había dicho a su amado esposo – Lindo, imagínate que un compañero pastuso de la U vino y varios compañeros (ese varios en realidad éramos dos)  nos vamos a encontrar en el concierto del grupo de Gustavo, el loquito que te presenté la otra vez (ya era medio famoso). Sin entrar en tanto detalle, mientras tocaban nosotros sin mediar palabra estábamos envueltos en un beso apasionado, de manera natural salimos y nos fuimos un buen rato para la casa de Tavo en Carlos E Restrepo que estaba muy cerca. No sé si  valió la pena, no fue nada del otro mundo, lo mismo que había presentido años atrás en Buenos Aires.

Además de este encuentro, lo único raro en este viaje fueron las pocas llamadas de Natalia, ella que puede catalogarse como una mujer intensa a la que siempre le gusta estar marcando terreno. Pero pensándolo bien eso ya había sucedido en los últimos dos viajes. Sólo ahora me daba cuenta de ese detalle, seguramente porque ahora andaba pendiente del teléfono, con sentimiento de culpa temía que una de esas llamadas ocurriera en pleno encuentro con Sara.

Una media hora antes del cierre del bar en donde tocaba Tavo volvimos al lugar. Cuando llegó a recogerla el pobre marido a las tres de la mañana como habían acordado ni siquiera sospechó que el sujeto que le presentaba Sara como su “mejor amigo” de la universidad se la acababa de comer. Incluso amablemente se ofreció a llevarme hasta el hotel, lo cual acepté con gusto y con algo de morbo. Tras las presentaciones de rigor nos dirigimos a un viejo auto en el que preferí viajar callado, exagerando un poco, me excusé en un estado de embriaguez inexistente. No quería participar en esta escena en la que quiéralo o no yo era un protagonista invisible. Me hice el dormido mientras oía la conversación de la pareja. - Tienes algo raro en tus ojos Amor, en la mirada, dijo el marido. -Seguro es por tanto humo de cigarrillo en ese chuzo corazón, contestó Sara. Esa noche me dejaron en el hotel, me despedí como si fuéramos los mejores amigos de la vida y me largué a mi cuarto, por más que traté no pude dormir bien.

Afortunadamente el día siguiente el clima sonrió y el aeropuerto Antonio Nariño operó normalmente y pude volver a la casita. Mientras esperaba el equipaje vi a mi esposa esperándome puntual al otro lado de la puerta de vidrio y me sentí mal, culpable. Igual al salir del terminal aéreo la abracé, la besé, otra vez con el estilo inocente de Macaulay Culkin y le entregué los regalos que le había comprado en el aeropuerto José María Córdoba tratando de compensar materialmente mi error. Subí las maletas al baúl y me senté en el puesto del copiloto para emprender el viaje a Pasto dispuesto a ponerme al día con los chismes locales y a entablar una buena charla con mi mujer, como las de siempre. Prendí un Piel Roja y ella un Marlboro Ice al tiempo de poner el motor en marcha, al momento de compartir el fuego del encendedor nuestros ojos se cruzaron. Su mirada era rara, no sé cómo sería la mía, si reflejaría esa culpa con la que cargaba, su mirada  me trajo a la mente un flash back, era la misma de Sara Marín después de nuestro encuentro.

-       ¿Qué te pasa negrita? Le pregunté, te veo rara, ¿estás enferma?, tienes algo diferente en los ojos.
-       Uy sí, contestó de afán como queriendo evadir el tema, - los siento un poco irritados, es que el humo de esos puchos tuyos (los mismos que había fumado desde que nos conocíamos) es muy fuerte, dijo mientras sintonizaba en la radio La W para oír noticias y ponerle así fin a la conversación.


Un silencio incómodo, a pesar de la voz de Julito, reinó durante todo el trayecto hasta nuestro “hogar”.

martes, 13 de agosto de 2013

Yo... Mi Mujer Ideal

Desperté solo, una vez más, aunque a mi lado yacía una mujer. Sólo percibo la soledad. Estoy cansado de lo mismo, una tras otra, relevando siempre a la mujer anterior. Metidos en la misma cama pero con nada en común. Mientras la mujer dormía, pensaba... ¿no habrá en este mundo una mujer que comparta todo conmigo?. Sí, todo en absoluto: mis gustos, mis miedos, mis vicios, mis defectos y virtudes, incluso hasta mis pensamientos.

Envuelto en esa inquietud viví todo aquel día, recordé entonces -casi al atardecer- que hay quienes piensan que interiormente, todos los hombres tienen algo de mujer, una parte femenina. ¿Por qué no? me pregunté. Esa misma noche, lo decidí, conocería mi parte femenina, la invitaría, a ELLA... la que vive en mi.

No fue fácil convencerla, la invité en repetidas ocasiones pero era una mujer difícil, se hacía de rogar. Por fin, días después, aceptó salir de MÍ y hablarme, conocernos mejor. Esa noche, al verla quedé pasmado con su belleza. Sintetizaba todos mis deseos. Alta, esbelta pero voluptuosa, con curvas perfectas, su pelo negro como azul, largo, lacio; rostro angelical: ojos grandes azabaches de mirada inquietante, su boca... bueno su boca no era del otro mundo pero ¿quién pide más?. La recorrí con la mirada, vi directo a sus ojos infinitos que brillaban a pesar de la oscuridad. - Hola, ¿cómo te llamas?, le dije. Entonces ella abrió su boca, no tan perfecta, y respondió: - Hola, soy... (el silencio aumentó el suspenso del momento) ... no sé como me llamo, continuó, -pero soy tú.

Así nos conocimos. al no tener un nombre propio (por ser yo) la llamé Laura –tenía cara de llamarse así-. La relación prosperó, nos conocimos mejor, era mi mujer ideal, como la había soñado, era bella e inteligente, teníamos los mismos gustos, miedos, vicios, defectos y virtudes, incluso pensábamos igual. Era perfecta para mí... era yo.

Pronto, Laura y yo, nos entregamos a una intensa pasión, un amor verdadero. Ella también se enamoró. Compaginamos muy bien, nos comprendíamos sin hablar, bastaba una mirada para saber lo que el otro pensaba, lo que el otro deseaba, lo que cada uno esperaba del otro... de su otro yo. Lo mejor era que siempre coincidíamos, pensábamos lo mismo, deseábamos lo mismo y teníamos las mismas expectativas mutuas... éramos un solo ser.

Por primera vez sentí que hacía el amor con alguien que amaba de verdad. Sencillamente la pareja perfecta.

Todo marchaba bien... éramos felices. Pero pasó lo inesperado. Una noche, como por generación espontánea surgió de mí, de nosotros, otro YO. En poco tiempo, este personaje estaba en nuestras vidas, a Laura no le importó (al fin y al cabo era yo, y claro también era ella), vivíamos bien, aunque me dolía compartirla.

No sé que pasó, ahora nuevamente me siento solo. Laura lo prefiere a ÉL. La entiendo, si fuese mujer también lo habría escogido. ¡Pero no estoy triste!, sea como sea viviremos juntos hasta que nos lleve la muerte, que será por supuesto el mismo día y el mismo instante.

Mientras llega ese momento me complace saber que siempre seremos la pareja perfecta, un solo ser, los tres.

martes, 18 de mayo de 2010

NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO

El hombre llevaba cerca de tres meses viviendo en Medellín. Lo más difícil en el proceso de adaptación a su nuevo espacio no fue ni la gente, ni las calles que en un principio eran desconocidas, o por lo menos todas iguales, ni siquiera el hecho de que extrañara a las pocas personas con las que había compartido en su antiguo domicilio, la fría capital, donde el sol era un visitante de algunos pocos días. Lo que más le costaba soportar era el clima, no tanto por el sopor que provoca una temperatura media de 24 grados, sino por otras consecuencias relacionadas directamente con el tiempo.

Maximiliano –quien prefería que le llamaran Máximo, para satisfacer su egocentrismo o por lo menos afianzarlo- era un joven abogado muy exitoso. A sus 30 años había logrado en lo económico más de lo que un hombre con un trabajo promedio añoraría al momento de su retiro.

Gracias a las influencias de su familia, muy bien relacionada en los círculos del poder político, había logrado ocupar importantes cargos burocráticos en el sector público, y eso a pesar de su poca, o mejor, mediocre preparación, en una universidad cualquiera. Los altos salarios, y los dineros “extras” -nunca ausentes en trabajos de este tipo- le había permitido llevar una vida bastante cómoda y forjar una pequeña fortuna.

Las más recientes elecciones definieron el destino de Máximo. El Partido de la U (U de Uribe, U de ultraje a los derechos humanos, U de ultraderecha, U de Un hijueputa tirano en el poder) que por ese entonces era contrario al Liberalismo, partido en el que militaba, ocasionó su traslado a la ciudad de la eterna primavera.

Cuando bajó del avión no percibió ningún cambio en el ambiente, esto sólo ocurrió cuando llegó al apartamento que sería su residencia, el aire acondicionado del aeropuerto y del elegante vehículo que lo recogió en Rionegro hizo imperceptible la variación climática. Sin embargo en cuanto Máximo llegó al lugar que había alquilado en el Poblado, el más exclusivo sector de la ciudad, se percató de lo incómoda y hasta insoportable que sería la temperatura ambiente de su nuevo hogar. Comenzó a sudar a chorros, como si le hubiera caído un balde de agua, la humedad hizo que su ropa se adhiriera al cuerpo produciéndole una especie de claustrofobia que lo llevó a despojarse de la corbata y casi a arrancar su camisa, sintió una angustia que lo asfixiaba.

En un comienzo se desesperó tanto que hasta pensó en renunciar. Todo era preferible a tener que soportar esa inclemente temperatura, pero luego apelando a la razón se dijo a sí mismo en voz alta, como si tratara de convencerse: esto no es nada grave, hoy me compro un ventilador y en el presupuesto del próximo mes incluyo en los gastos de la oficina un buen aire acondicionado.

Efectivamente así lo hizo, pero nada de esto solucionó el motivo de los problemas que terminarían con su paciencia.

Máximo no tardo mucho en notar que a pesar de que su apartamento era para un habitante, en realidad no vivía sólo, compartía su espacio con un gran número de insectos a los cuales no estaba acostumbrado. Unos rastreros y otros voladores.

A todos los que volaban los agrupaba bajo el apelativo de zancudos. Lo que más odiaba de ellos eran los zumbidos que producían al volar, además para empeorar las cosas era infaltable sentir el terrible sonido, más fuerte de lo normal, que presagiaba el acercamiento del insecto al pabellón de la oreja, casi siempre en el momento en que conciliaba el sueño. Máximo soportó esos primeros días con esfuerzo. En cuanto a los insectos que recorrían el piso de la vivienda unos le desagradaban más que otros. Las cucarachas ocupaban el primer lugar en su ranking de repugnancia, cuando encontraba una en la cocina pasaba días sin comer pues imaginaba las patas velludas de los insectos corriendo sobre los cubiertos y la vajilla. También había arañas que le producían un poco de miedo y muchas hormigas que merodeaban por los rincones sin causar mayores molestias.

Los únicos bichos que merodeaban por la casa en que transcurrió su infancia en la ciudad de Pasto eran las moscas, grandes y negras, en cuya cacería ocupaba gran parte de su tiempo libre en la infancia. Desde niño sentía repulsión por todo ser viviente que considerara menor que él, lo que incluía a todo el reino animal y vegetal, incluso a la mayor parte del género humano. Era sorprendente su habilidad para acribillar a los incómodos y odiados voladores. En un principio usaba el tradicional matamoscas, seguía el vuelo de su presa con la sagacidad de un felino esperando silenciosamente el momento en que su víctima se posara para asestar el golpe mortal.

Con el tiempo el sólo hecho de matar a las moscas no fue suficiente, le repugnaban tanto que pensó que la muerte no era un castigo suficiente, asi que decidió darles un castigo mayor. En ocasiones el procedimiento era el normal, al menos en parte, sin embargo a la hora de dar el golpe, la fuerza disminuía de tal forma que el insecto no moría sino que quedaba atontado. Otra veces, lo que hacía era dispararles agua, con pistolitas que su madre le compraba, con las alas mojadas las moscas ya no podían volar y se volvían una víctima fácil. Ahí comenzaba su martirio. Como experto verdugo, Máximo tomaba a las moscas recién azotadas por el peso de la malla plástica o la presión del chorro de agua y comenzaba a torturarlas, sintiendo placer por cada uno de sus actos. Primero las cogía entre sus regordetas manos y les arrancaba sus alas, una a una, dejando un tiempo entre cada mutilación, le complacía ver la inutilidad de las moscas al tratar de volar con sólo uno de sus apéndices colgando del cuerpo. Luego les quitaba la otra para pasar a la parte más cruel: quemarlas vivas.

Lo que más gozaba era sentirse poderoso, apreciar la incapacidad de los insectos para salvarse, ser testigo de su superioridad, como un dios, aquel que da o quita la vida dependiendo de su estado de ánimo. Muchas veces, Máximo creía reconocer a una mosca a la que había perdonado incomodando nuevamente. A esas era a las que peor les iba. Cuando las atrapaba, después de arrancarles las alas las ponía sobre una hoja de papel, que doblaba a modo de cubo, dejando la parte superior abierta para poder ver. Tomaba un fósforo, lo encendía y lo ponía en la parte inferior, en las patas de la víctima que corría desesperada sobre el papel hasta el momento en que las llamas la consumían en una hoguera que para Máximo se había convertido en un ritual, en la solución final.

Con los mosquitos de Medellín no le quedaba tan fácil hacer lo mismo, eran diminutos, casi imperceptibles a la vista y mucho más ágiles al volar. Trataba de aplastarlos en pleno vuelo pero sólo conseguía aplaudir en el aire las maniobras de los insectos. Eso lo enfurecía aún más.

Una vez probó con Raid, el más poderoso insecticida que encontró en las estanterías de El Éxito. Roció todo su apartamento, la sala, el comedor, la cocina, los baños, su habitación y la de huéspedes, hasta el cuarto de servicio y se fue a dormir tranquilo, confiado en lo que rezaba la lata de aerosol “mata y sigue matando”. El veneno resultó efectivo, pero al que casi mata es a él, no tuvo la precaución de leer la letra menuda de la lata y resultó intoxicado. En la mitad de la noche se despertó asfixiado, no podía respirar bien, prendió la luz y vio que las palmas de sus manos estaban rojas, se quitó la pijama y descubrió que su cuerpo estaba lleno de manchas. Salió volando a la Clínica más cercana entre los zumbidos de los mosquitos que parecían risas de burla.

Después de este incidente optó por tomar una estrategia más defensiva que agresiva. Compró un buen repelente con aloe vera, para que a la vez humectara su piel, y que embadurnaba en su cuerpo blancuzco cada noche, así evitó las picaduras, pero no el molesto ruido al que finalmente termino por acostumbrase o amainar dejando el televisor prendido a todo volumen.

El haber perdido esta batalla hizo que cambiara de enemigos en su guerra contra los insectos. Volvió la mirada hacia el piso. Las hormigas que antes casi no notaba empezaron a ser su obsesión.

Todo empezó una noche en que tomó el vaso de Coca Cola que había dejado en su nochero y al dar el primer sorbo notó que en su boca había algo más que la gaseosa. Fue al baño, escupió en el lavamanos y vio a varias hormigas todavía vivas pataleando sobre la porcelana. Se lavó los dientes tres veces e hizo gárgaras con Listerine Mint. Volvió a su pieza, prendió la luz y vio como desde el vaso se desprendía una larga fila de estos laboriosos insectos que iban y venían. Sin explicarse cómo los que ya se iban llevaban microscópicas gotas del líquido azucarado, los que venían parecían hablar con sus compañeros que marchaban con la misión cumplida. Agarró el vaso, regó lo poco que quedaba y lo llenó de agua ahogando una buena cantidad de hormigas. Luego aplastó con sus dedos todas las que estaban sobre el nochero, siguió el recorrido de la fila y continuó con su masacre hasta rastrear que salían de un pequeño orificio en una esquina de su habitación. ¿De dónde saldrán? Se preguntó, satisfecho por la gran cantidad de bajas del enemigo.
Nunca obtuvo respuesta a esa pregunta, el hecho era que siempre aparecían. Cada vez que tardaba mucho en tomarse su infaltable Coca Cola, invadían el vaso, obligándolo a tirarlo.

Para que ya no se metieran en el vaso y arruinaran su bebida recurrió a un viejo truco que le dio su madre. Ponía el vaso en la mitad de un plato hondo lleno de agua, de esta forma quedaba protegido por una especie de fosa infranqueable. Era tal la avidez de las hormigas que muchas morían en el intento, Máximo reía al verlas flotando en el agua, inertes. Aunque resolvió el problema de la gaseosa que tomaba en cantidades para calmar la sed, lo que habían hecho los bichitos había despertado su sed de venganza. La guerra estaba declarada, toda la furia que no pudo descargar contra los zancudos se volcaría ahora por estos insectos que son el símbolo del trabajo duro y en equipo, algo con lo que tampoco se identificaba, le gustaba que los otros trabajaran para él. Una razón más para la lucha.

Todos los días era lo mismo. Apenas las veía comenzaba a aplastarlas. Pronto se dio cuenta de que era verdad aquello de que estos insectos vivían en una sociedad ordenada. A aquellas que dejaba medio muertas las recogían otras, las levantaban en vilo y se las llevaban tal como lo hacían con la comida, seguramente para tratar de curarlas. A las muertas las dejaban por más tiempo, tiradas sobre la mesita que era el campo de batalla, pero también se las llevaban. Alcanzó a imaginar un gran cementerio en algún rincón de su nido. Esta actitud solidaria que él no compartía por ser una muestra de compasión que no merecen los débiles le molestó más, decidió acabar con ellas a toda costa, ya no sólo lo molestaban con su presencia si no también con su comportamiento.

Recordó entonces sus efectivas técnicas pirómanas de la infancia y decidió recurrir a ellas, combinadas con otras que aprendió en sus lecturas de Sun Tzu, el famoso estratega chino, en especial la emboscada y el engaño. Ahora tenía una ventaja con la que no contaba cuando era niño. Como fumaba dos paquetes diarios de Marlboro siempre tenía a mano su finísimo Zippo dorado que duraba encendido más que los fósforos El Rey con que enfrentaba a las moscas. No hay pierde, pensó, dispuesto a poner en marcha su plan.

Al día siguiente, antes de salir a cenar, regó Coca Cola en su mesa de noche y en distintos puntos de su casa. También distribuyó azúcar, formando pequeños montoncitos por ahí, para él este era el señuelo perfecto y no se equivocó. Al volver vio una cantidad de hormigas que nunca antes había visto, ni cuando pisoteaba los hormigueros en sus paseos a tierra caliente. Los insectos pululaban formando manchas negras alrededor de las dulces trampas que había tendido. No perdió el tiempo y se puso manos a la obra, agarró su encendedor y lo graduó para que la llama fuera más potente e incinerar así la mayor cantidad de enemigos. El sonido crujiente que producían los cuerpos articulados mientras ardían le encantó a Máximo, al igual que el olor acre que despedían. Así fue montículo por montículo de azúcar, gota a gota de gaseosa, exterminando a todas las hormigas que trataban inútilmente de huir del feroz lanzallamas.

Después de unos tres cuartos de hora había recorrido con su arma mortal dos veces todas sus trampas, la primera exterminando, la segunda rematando, no quería dejar ninguna viva. Tras comprobar que entre las cientos, o quizás miles de hormigas, no había ni siquiera una que respirara, se fue a su cama king size, satisfecho, sintiéndose un gran triunfador y estratega. Soy un putas, fue lo último que pensó antes de caer en un sueño profundo.

Al día siguiente la gente de la oficina que dirigía, sus peleles, como él los llamaba, se sorprendieron de que Máximo no hubiera aparecido, ni siquiera llamado. No se preocuparon mucho, incluso se alegraron de que no hubiera ido, junto a sus gritos y su prepotencia. Sin embargo al tercer día de ausencia empezaron a preguntarse por la suerte del odiado jefe, se reunieron, hablaron entre si y decidieron avisar a la Policía.

Cuando los uniformados entraron forzando la puerta del apartamento, después de haber tocado el timbre en incontables oportunidades y de interrogar al portero que les informó que hace días no veía salir al doctor, no se explicaron los montoncitos de azúcar y las pequeñas manchas pegajosas que al probar notaron que eran de Coca Cola, “la chispa de la vida”, vida ausente del lugar donde no se oía ni volar un mosquito. Cuando entraron vieron el cuerpo obeso de Máximo tirado sobre la cama, como si durmiera plácidamente, no había signos de golpes o violencia, nada fuera de lo normal. Tampoco les dijo nada el informe de medicina legal, muerte natural por asfixia fue el dictamen oficial. Lo único raro que encontraron fueron algunas hormigas en sus vías respiratorias.





miércoles, 16 de septiembre de 2009

NOCHE DE DESVELO


La noche es la mitad de la vida y la mejor mitad.

Goethe


Anoche casi no pude dormir. Ya me había aplicado la dosis habitual, un par de porros y un par de Stella Artois, receta eficaz para esas noches de insomnio que con los años son cada vez más frecuentes. Sin embargo esta vez falló, sentí sueño, mucho sueño, pero en ningún momento me quedé dormido del todo.

Salí a eso de la una o dos, en realidad ni me fije en la hora, pero salí convencido, con la firme intención de encontrarte, por lo menos de buscarte. Seguramente te preguntarás: -¿allá, tan lejos de donde estoy? Pues sí, lo hice acá, en la mierda, a ocho mil kilómetros de donde te encuentras. Sentí un impulso irracional que me dio la certeza del encuentro y me llevó de repente a levantarme de la cama, ponerme la primera ropa que tenía a mano y dejar la calidez del departamento en medio de la noche para buscar otro tipo de calor, el tuyo.

Apenas cerré la puerta del edificio noté algo extraño. Había un movimiento excesivo en la habitualmente tranquila calle Ciudad de La Paz, para ser exactos en los andenes. La gente circulaba sin prisas, entretenida, nadie se percataba de mi presencia, era como si yo no estuviera ahí, más de una vez tuve que esquivar con ágiles movimientos (que no me explico a esa altura de la noche) a los transeúntes que solos o en pequeños grupos se movían en ambos sentidos. Mientras me aproximaba a la avenida Cabildo caminando por Olleros, pensé que no contaría con la misma suerte en esta importante vía de Belgrano y que moriría aplastado bajo el pie de una vieja gorda de 200 kilos sin ni siquiera alcanzar a decir ¡ay!, pero al asomarme a la esquina me sorprendió la imagen de una calle vacía, en donde lo único que parecía tener vida eran las luces intermitentes de los semáforos y de los anuncios de los numerosos comercios del sector.

Caminé con desconfianza, con un poco de miedo para ser sincero, incluso pensé en volver a casa y dormir tranquilo o dar unos pasos atrás y sentir la compañía de todos esos extraños con los que me había topado, la compañía de gente que ni me había determinado. En esas estaba, pensando qué hacer, cuando en ese momento juro que te vi. Vi tu figura menuda, movida con ese balanceo de caderas que me sé de memoria. Te vi salir de la esquina de Federico Lacroze y dirigirse con total naturalidad y seguridad a la entrada de la estación Olleros del Subte, algo totalmente anormal, pues los trenes pasan sólo hasta las diez y media de la noche.

Vi que bajaste las escaleras que llevan al subsuelo porteño y me decidí a seguirte, al fin y al cabo para eso había abandonado la comodidad de mi cama. Me acerqué con desconfianza a la boca del subte y vi que dentro de la Estación todo parecía funcionar con normalidad. Al descender me di cuenta de que no era así. La primera muestra de esto fue que no había boletería, la gente formaba filas para ingresar dependiendo del color de su ropa y sólo algunos, los que parecían portar el color adecuado podían pasar por los molinetes que parecían comportarse con voluntad propia y arbitraria. Mientras esperaba mi turno, fui revisando mi vestimenta, un jean gastado, mis únicos zapatos, los tenis marrón, y una camiseta verde estampada con una gráfica indígena guaraní. Trataba de darme cuenta de cuál era la clave para el ingreso, pero no pude descifrarla, cuando me tocó probar suerte me lancé hacia el aparato que no ejerció ninguna resistencia, “el destino quiere que entre”, me dije tratando de justificar mis actos y darme ánimos para seguir adelante. Pasé sin problemas y me dirigí presuroso hacia la plataforma de los trenes.

A pesar de que muchos no superaban el filtro para el ingreso, había gran cantidad de gente, como en un día de oficina a las seis de la tarde. No pude verte con facilidad, buscaba entre la multitud ese vestidito que tanto me gusta. Sí, ése, el negro grisáceo a rayitas, el cortico, ese que te acompañé a comprar a Studio F en Unicentro y que siempre usas con esas medias de malla que tanto me gustan, (tú sabes por qué) pero encontrarlo fue una tarea que en ese momento parecía imposible.

Ahora es tiempo de confesarte una cosa, siempre llevó conmigo en la mochila una bufanda que una vez te presté y que impregnaste con tu olor para siempre, es una forma de recordarte, así que recurrí a ella, la saqué, me la puse ante el asombro de la gente que no entendía porque usaba bufanda en pleno verano y en la mitad del infierno que suelen ser las estaciones llenas. Al tiempo que iba aspirando tu olor, la gente parecía irse difuminando, se iba volviendo transparente, hasta que te alcancé a ver, al otro extremo de la Estación.

Si antes tenía mis dudas ahora estaba seguro, te vi muy bien, a lo lejos pero ayudado con tu aroma, contemplé tu rostro, tus ojos claros que siempre me han mirado con amor, esas orejitas que adoro besar, esa boca de labios finos que conviertes de mil maneras en mi portal de entrada al paraíso. Seguí explorándote, eras tú, esas pequeñas manos que son capaces de las mejores caricias, esos senos que se endurecen entre mis manos al primer contacto, esas piernas cuya piel se eriza cuando las recorro con mi lengua, en fin, ese cuerpo que sería imposible desconocer después de tantos y tantos encuentros. Sí mi amor, eras tú, por más ilógica e irracional que pareciera la situación.

Me dirigí resuelto hacia dónde estabas, con tan mala suerte de que ya llegaba el tren. – ¡Erika! grité con fuerza, pero no giraste la cabeza si no que abordaste uno de los vagones. Yo hice lo mismo, con el temor constante de perderte, sin saber tu destino, sin saber si podría encontrarte entre los pasajeros de este mundo subterráneo.

Mientras el tren recorría los intestinos de esta ciudad, yo realizaba mi propio viaje por nuestros recuerdos, y así, sin darme cuenta del tiempo que había pasado, noté que los vagones se iban quedando vacíos, la gente desocupaba ese espacio que poco a poco se iba convirtiendo en algo solamente nuestro, íntimo.

Cuándo menos pensé yo era el único en mi vagón, una voz anunciaba la siguiente estación: Plaza Italia, me pareció absurdo. "No puedo haber tardado tanto en solo tres estaciones, Carranza, Palermo y ésta", pensé, pero así era. Cuando el tren se detuvo, apareciste tú de nuevo, no sé cómo, pero ya estabas fuera del vagón y me invitabas con un gesto de la mano, salí como pude, incluso la puerta automática casi agarra mi mochila y no había nadie para socorrerme, salí victorioso de mi lucha contra la máquina. Corrí y corrí para alcanzarte, pero lo único que vi fueron tus piernas enfundadas en las medias negras como las que tantas veces te había arrancado, me agaché un poco para ver todo lo que permitía el largo de tu falda corta, pero no lo logré ver más que la curva que insinuaba la redondez de tu culo. Sin embargo vi más, en mi mente emergieron los recuerdos, vi tu cuerpo desnudo, dispuesto, cálido, un sinfín de imágenes pasaron como en un largometraje porno que rodaba a 155 cuadros por segundo y donde los dos éramos los protagonistas. Me entraron unas ganas locas de subir, agarrarte, arrancarte todo y comerte, ahí en plena Estación, o donde te lograra alcanzar, pero no podía. Sentía que corría como nunca, con la velocidad propia del deseo, te veía caminar con serenidad y elegancia pero no lograba darte alcance. La distancia siempre era la misma.

Al superar los últimos escalones y salir a la superficie de la ciudad vi que el reloj de Plaza Italia marcaba cerca de las cinco de la mañana, no me puse a pensar sobre esta incoherencia en la velocidad del paso del tiempo pues en mi cabeza y en mi cuerpo solo estaba el deseo de hallarte y te tenía ahí, a metros, al alcance de mi vista. Decidido hice el último esfuerzo con mis piernas, pero tú, con una agilidad que hasta ahora no te conocía, avanzaste sin problemas sobre tus tacones y diste un salto elegante, sin ningún esfuerzo, más bien como un vuelo corto, sobre la reja que encierra el Jardín Botánico e ingresaste en él con familiaridad.

Me acerqué lo más rápido que pude, me asomé desde las rejas, atisbando y esforzando la vista para encontrarte bajo las tenues luces del Jardín. No fui capaz de ver nada, me saqué las gafas, las limpié inútilmente sabiendo que los lentes están rallados a tal punto que al usarlas -que es casi siempre, menos cuando me baño- estoy condenado a tener una visión nublada de la realidad, pero nada, fue imposible, no te vi.


-¡Erika!, volví a gritar con todas mis fuerzas, sin obtener respuesta alguna. Ni siquiera un vigilante se asomó para interrogarme por los gritos y por la escena que protagonizaba a esas horas de la noche: un tipo de barba larga, mal trajeado, llamando a una mujer, sacudiendo con fuerza las rejas de un sitio en donde, por todos es bien sabido, los único seres vivos a esas horas de la madrugada son los gatos. –¡Eri!, grité de nuevo y nada, silencio total. Así fui perdiendo las esperanzas. Alcé mi mirada como para elevar una oración al Dios con el que me educaron y vi tus medias de malla negras enredadas en lo alto del enrejado, justo en el lugar por donde te vi desaparecer. Traté de cogerlas pero no llegaba, en un salto en el que puse mi mejor esfuerzo agarré una punta y me quedé con una buena parte de la prenda, la otra parte quedó ahí ensartada, “quedará como prueba y testimonio de esta historia, pensé.

Ya desanimado y viendo que el día empezaba a aclarar hice mi último intento. –¡Erika!, ¡Eri!, llamé dos veces seguidas, con un tono de voz que llevaba implícitos todos los sentimientos que albergaba. Por fin obtuve una respuesta casi imperceptible... miau, miau, oí desde el interior del Botánico. Miau, miau, escuché con claridad. Era una hermosa gatica, con una delicada nariz, un cuello elegante y con un balanceo al caminar que me resultó familiar, tenía unas orejas que me antojaba arrancar a besos y una boca muy fina. El hermoso ser felino se alejaba, con su pelaje corto, negro grisáceo y a rayas, en un momento giró su cabeza y me miró con sus ojos claros, luego siguió su camino.

Yo agarré las medias, las olí, no había duda, eran las tuyas, las guardé en la mochila junto a la bufanda y me alejé por la avenida Santa Fe rumbo a mi casa, quería caminar para reflexionar sobre los hechos de esas últimas horas. En el camino y faltando poco para llegar me topé con una amiga de toda la vida, Soledad, seguramente notó algo raro en mi porque lo primero que hizo fue preguntarme: -¿qué te pasa?, ¿Tienes algo?. No modulé palabra, la evité. Dos maullidos lastimeros fueron mi única respuesta.