martes, 7 de noviembre de 2017

AMOR HECHO A MANO

“Nos queríamos con amor prematuro, con la violencia que a menudo destruye vidas adultas”
VLADIMIR NABOKOV 
(Lolita)




Hacía poco tiempo que había vuelto a vivir en Pasto después de casi 20 años de ausencia. Hasta ahora lo que más me había gustado de volver a mi ciudad natal, además de estar de nuevo cerca a mi familia y del buen cargo público que me ellos me habían palanqueado, era el lugar donde vivía: un apartamento en pleno centro histórico, en el tercer piso de una gran casona que había sido reformada y cuya restauración había merecido un Premio Nacional de Arquitectura, a una cuadra de la Plaza de Nariño, entre las iglesias de San Juan y de la Catedral, cuyas campanas eran un potente despertador para mi. 

Cuando yo era niño esa era una calle normal, excepto por el hermoso arco bajo el cual circulaban los carros y que ahora hacía las veces de portal de un pasaje peatonal. Esa nueva condición de la vía había sido aprovechada desde años atrás por una tribu urbana errante muy especial: Los Hippies. Ése era su espacio en Pasto ahora y ahí vivía yo. En el Pasaje Corazón de Jesús, pasaje de mi corazón, donde viví importantes pasajes de mi vida.

Aparte del pelo largo, las pintas raras y el gusto por la marihuana, los hippies de ahora  poco o nada tienen que ver con el movimiento de Paz y Amor que surgió en los sesenta, aunque no falte el nostálgico que persiste en esa onda. La mayoría de los del parche del Pasaje eran soñadores que querían recorrer el mundo sintiéndose libres, viviendo de la venta de collares, anillos, aretes, cueritos, pipas y un variopinto inventario de productos que algunos (los artesanos) fabricaban y otros (los cacharreros) solamente revendían. Ustedes seguro los han visto, están en toda ciudad que se precie de serlo.

De tanto entrar y salir de mi casa por el Pasaje ya me había familiarizado con el grupo. A todos los saludaba, a muchos los conocía por el nombre (o mejor, por el apodo) y de algunos ya me consideraba amigo, sobre todo de los que eran de base, no de la población flotante que abundaba pero que no tardaba más de tres días en emigrar.  Mi mejor amigo entre los hippies era Álvaro Miranda, mejor conocido como el Cuy Cobain, un man que había conocido un montón de años atrás en una Pascua Juvenil en el Colegio Champagnat de Ipiales de donde era oriundo y de donde se había tenido que ir porque por allá no había hippies y poco gustaban de ellos.

El apodo se lo había puesto él mismo. El Cuy Cobain se juraba igualito a la depresiva estrella del depresivo grunge. Hacía su mayor esfuerzo para parecerse, llevaba el pelo y  se dejaba la barba al estilo del vocalista de Nirvana. Yo solamente lograba ver algunos aires después de fumarnos dos o tres baretos, igual, lo importante era que él se lo creyera. En lo que no se parecían en nada era en el carácter, el Cuy andaba siempre sonriente, era un gran conversador y un buen consejero. Era un buen tipo. Por eso no fueron raras las veladas y las desveladas bebiendo brandy y fumando porro, hablando de todo un poco, de la vida.

Empezábamos siempre con otra gente del parche en una de las bancas del Pasaje que se convertía en una animada sala a la que censuraban con sus miradas y comentarios los transeúntes del céntrico sector. “Ahí están esos marihuaneros metiendo vicio”, “Ya no se puede ni caminar por aquí”, “Toca echarles la Policía”, recitaba el coro de la buena sociedad pastusa. En mi caso particular los versos eran otros: “Ahí está el de Comunicaciones del Instituto bebiendo con esos hippies”, “Velo el hijo del Dr. Tirso en esas fachas y en esas compañías”, “Pobrecita la Socorrito… con ése hijo”. Por eso, pero sobre todo por el frío, yo prefería entrar rápido a mi casa con dos o tres personas más que seleccionaba el Cuy Cobain (las damas tenían prioridad) para seguir con la movida. Nunca se sabia en qué iban a terminar esas noches, pero nunca terminaban mal, por lo menos no hubo muertos,  heridos, infecciones o embarazos que lamentar.

El año se fue de una. Ya era 31 de diciembre, el último día. Volvía al apartamento a eso de las 10 y media de la noche, después de una sobria y elegante cena en la casa de mi hermana. Llevaba una botella de brandy Domecq bajo del brazo, quería recibir el año nuevo borracho hasta las guevas. Para mi familia, desde que a la aorta de mi papá se le ocurrió estallarse por un aneurisma un 21 de diciembre cuando yo tenía 14 años, las Novenas, la Navidad y toda clase de celebración en estas fechas no existen, así de sencillo.

Apenas me bajé del taxi vi que el Pasaje no estaba solo. Al dar unos pasos vi que en una de las bancas dormitaban dos bultos, uno muy apegado al otro, se abrazaban para darse calor. Al acercarme más vi que eran dos personas pero tres seres vivos: una joven embarazada que rondaba los 27 y una niña veinte años menor, su hija, sin duda.

-Hola - saludé sin subir mucho la voz para no asustarlas.
-Hola, buenas noches -me respondió la mujer nerviosa, con una respiración agitada   que se fue normalizando al reconocerme. -Ah es el amigo del Cuy Cobain -dijo ya totalmente calmada y con una hermosa sonrisa de enormes dientes.

Yo también la había reconocido, hacía parte de la población flotante del parche, por eso no sabía su nombre. La había visto desde hace unos días con su hija y con un rasta que no me daba buena espina. Me había llamado la atención por dos cosas: por su enorme barriga de embarazada de más de seis meses que no le restaba sensualidad y sobre todo por la niña, una criatura muy hermosa, blanca, con una larga cabellera rubia y ondulada que cubría toda su espalda, tenía ojos azules y una nariz muy fina, parecía una muñeca de porcelana.

-Sé que no debo interrumpir a los adultos -dijo de un momento a otro la porcelana que castañeaba sus dientes. -Pero tengo mucho frío.

De inmediato las invité a pasar al apartamento, al fin y al cabo había espacio suficiente y yo estaba solo, como siempre.

Les mostré el cuarto donde podían acomodarse y guardar sus cosas. Mientras lo hacían me fui a la sala y destapé la botella de brandy, serví dos copas hasta el borde y aunque sabía que ella no debía tomar en su estado apenas salió del cuarto se la ofrecí. Dejé que ella tomará la decisión. 

-Para el frío -dijo levantando decidida una de las copas aunque dejó la mitad.

-Por el año nuevo  -brindé vaciando mi copa de un solo empujón. Fondo blanco.

-Ah de verdad, ni me había acordado que era 31 con todo ese problema que me armó Farid por sus celos, por andar basuquiado, por meter esa mierda, ese escándalo que hizo en el hotel sacándonos a la calle con la mochila y todo. Malparido. -vociferaba mientras hacía un repaso de los sucesos nada agradables de las ultimas horas. Se agarró la cara a dos manos y lloró un poco más de un minuto, luego se calmó y volvió a sonreír. -Pero que hijueputa mañana empieza otro año y año nuevo vida nueva dicen por ahí. ¡Salud! -exclamó y se terminó la copa.    

Así fue transcurriendo la noche. Entre trago y trago nos contamos nuestras vidas resumidas. Cuando terminamos la primera botella, gracias al alcohol y a la información compartida parecíamos parceros de siempre. A las 12 nos abrazamos, nos deseamos mutuamente el “Feliz Año”, se nos ocurrió asomarnos por el balcón a ver si veíamos gente dando la vuelta a la manzana con una maleta para burlarnos de ellos o insultarnos, lo que nos naciera (cosas de borrachos) pero ese centro estaba solo, sólo se oía el ruido de la pólvora de los años viejos explotando por toda la ciudad y el eco de los equipos de sonido de quienes celebraban en sus casas.

Mientras tanto la Muñeca jugaba con sus muñecas, se asomaba a raticos, revoloteaba por ahí y volvía a su mundo lúdico, un poco después del estruendo de la media noche ya se había quedado dormida sin que nos diéramos cuenta.

Nosotros ya habíamos pasado a otros jugueticos. Como no había más brandy rematamos con los restos de vino, guaro, ron y todo líquido con contenido etílico que había en la casa, compartimos unos cuantos porros y a eso de las 3 de la mañana ya estábamos fundidos. Oía entre nebulosas que Catalina (así se llamaba) me decía que me acostará en mi cama pero yo no fui capaz. Ese año nuevo amanecí en el sofá. Ella sí había hecho las cosas bien y se había acostado en la cama, de ladito junto a su hija Luna, cuidándose de acomodar bien la panza en la que dormía, seguramente tan ebrio como su madre, el bebé que estaba por nacer.

Me levanté cerca del medio día y sentí en el apartamento una atmósfera diferente. Todo estaba limpio, Catalina había recogido todo y no sólo eso, había hecho desayuno y puesto atrapasueños y mandalas como decoración entre y sobre los estantes de mi biblioteca. Luna había hecho un dibujo de mi en el que salía con las gafas torcidas y la barba descuidada, ese fue el primero de muchos que me regaló, todavía debe estar por ahí, creo que lo guardé en un libro de Vargas Llosa: Travesuras de la Niña Mala.

Esa tarde, como acostumbran cientos de familias pastusas el primer día de cada año, nos fuimos para la laguna de la Cocha. Comimos trucha, paseamos en lancha alrededor de La Corota, nos tomamos unos hervidos para el frío y yo me metí mi chapuzón acostumbrado. Ella también se metió. Los indígenas consideran el lugar como una fuente de energía y los dos la necesitábamos. Nadaba de espaldas dejando flotar su panza que sobresalía del agua como si otra isla le hubiera nacido a la ancestral laguna.

Llegamos tarde a la casa, cansados pero contentos, al menos eso decían nuestras sonrisas. La de los pequeños dientes blanquísimos de Luna, la de los enormes dientes amarillos de fumadora de Catalina y la mía de dientes desgastados al extremo por el bruxismo. 

Esa noche nos fuimos a acostar temprano. Antes de irse a dormir Luna me dio otro dibujo en el que una familia se comía una trucha del tamaño de una Ballena, ese lo debo tener guardado en El Viejo y el Mar del viejo Hemingway.

Estaba leyendo cualquier cosa para quedarme dormido cuando sentí que tocaban mi puerta. No podría ser otra que Catalina.

-Sigue, está abierto -grité desde mi cama, sin saber bien si me refería a la puerta o a mi corazón. 

-Solo quiero darte las gracias por anoche y por este día -dijo mientras entraba a mi cuarto y se acomodaba a un lado de mi cama.

Yo no había pensado nada, pero en ese momento me acerqué instintivamente a ella y la besé. Fue un beso delicioso, nuestras lenguas se entendieron tan bien como nosotros hablando la noche anterior. A mi se me paró de inmediato, pero algo me frenaba, no sabía como me iba a comer a Catalina, nunca había estado con una embarazada, me preocupaba que la penetración pudiera dañar a la criatura, por eso preferí parar. 

-Siéntate en esa silla -ordenó Catalina señalando la silla de oficina del escritorio donde estaba mi computador portátil, y yo obedecí. Hizo rodar la silla hasta el frente de ella que permanecía sentada en la cama, me bajó los pantalones de la pijama, me agarró la verga y me empezó a pajear como si estuviera moldeando arcilla, como si estuviera creando una artesanía exótica o mejor, erótica. No tardé mucho en venirme y en ese momento acercó su cara y su boca para recibir toda la leche mientras me veía a los ojos con con sus bonitos ojos verdes, que a ratos de volvían viscos por la excitación. Mi cuerpo quedó dando temblores involuntarios por algunos segundos más. Ella sonrío satisfecha y se despidió con un piquito inocente y con una alta dosis de malicia en su mirada clara.

El día siguiente era el último hábil antes de Carnavales de Negros y Blancos y tenía que trabajar, sin embargo me inventé cualquier excusa para no ir y poder llevar a Luna al desfile del Carnavalito que pasaba por los lados del Parque Bolívar. Mientras tanto Catalina se había quedado en la casa, esperándonos. La niña se gozó todo, el desfile de las carrocitas, de las comparsas y las murgas, pero sobre todo el juego de talco y cosmético con otros guaguas que no había visto nunca antes. 

Cuando volvimos Luna se asustó de repente y me dijo que había visto al rasta Farid (quien no era su papá, pero sí era el papá del otro bebé) agazapado en la esquina del Éxito, echando ojo para la casa, lo que no me cuadró para nada. Yo no le dije nada de eso a la mamá, pero me quedó sonando.

Esa noche antes de irse a acostar Luna me regaló un dibujo en el que aparecía ella con la cara pintada con el único diseño que mi torpeza manual me dejó hacerle ese día: unas gafas, un bigote y unas largas patillas. El mismo que siempre nos dibujaba mi papá a mis hermanas y a mi. Ese bonito obsequio, uno de los últimos, debe reposar entre las páginas de El Olvido Que Seremos de Héctor Abad.

Catalina dijo que había aprovechado el tiempo escogiendo unas películas entre el montón de DVDs piratas que tengo regados en los cajones para que las viéramos en la noche, pero todos sabemos en qué acaban los planes de ver películas. Además había liado una buena cantidad de porros que fumamos desde antes de cenar para que se nos abriera el apetito. La primera vez que la vi fumar hierba delante de la niña me sorprendió y hasta me molestó, pero yo no era nadie para decirle como educar a su hija, ella decía que Luna tenía que verlo como algo natural, pero yo evitaba hacerlo. No habían pasado ni los primeros 10 minutos de Taxi Driver, la primera película de la selección fílmica de Catalina cuando ya estábamos sin ropa, enfrascados en una caliente batalla de besos y caricias. Cada vez que quería sentir con mi verga el sexo de Catalina era imposible, la única forma en que podíamos hacerlo era desde atrás y así lo hicimos. Ella se volteó y me dio la espalda, desde esa posición yo no le veía la panza, pero sí podía acariciársela, al igual que a sus tetas que tenían la piel tensa, con los pezones y las areolas oscuras, preparándose para su función de lactar. Poco a poco le fui insertando, centímetro a centímetro todo mi pene, suave, procuraba no moverme mucho pero la que se movía y con ritmos cada vez más acelerados era ella, tomé esto como una señal de que no le estaba haciendo ningún daño si no todo lo contrario y también me dejé llevar. Me corrí la primera vez dentro de su cuca (no había ni el más mínimo riesgo de un embarazo) lo que también provocó en ella uno de tantos orgasmos. A pesar de tener que hacerlo siempre en la misma pose lo repetimos como 4 veces sin que fuera algo monótono. Tiramos hasta quedarnos dormidos sin volvernos a vestir y así nos encontró Luna a primera hora del día  siguiente. -“Buenos días” -se limitó a decir como si todo fuera natural.

Entre rumba y rumba pasaron esos primeros días del año que en Pasto son sinónimo de Carnaval. Salimos juntos a ver los desfiles, fuimos a ver las mejores orquestas a los tablados, bebimos en las casetas y en todo lado, bebimos y bebimos, nos emborrachamos tanto que de solo acordarme me duele el hígado. Pero dejando a un lado el componente etílico esos días fuimos una familia, experimenté lo que se siente y fui feliz durante esos días de juegos inocentes con la niña y esas noches de juegos lujuriosos con la mamá.

Después del 7 de enero las cosas empezaban a normalizarse y la ciudad recuperaba su ritmo habitual. Yo ya tenía que ir a la oficina aunque el guayabo me mataba, pero por lo menos tenía que hacer acto de presencia. Me tomé dos Alka-Seltzers y un Gatorade, me bañé con agua fría, me vestí medio decente, me despedí con un beso de Catalina que todavía dormía en mi cama, pasé por el cuarto de Luna que también seguía dormida, la bese en la frente y le di la bendición y salí para la oficina en donde pasé uno de los peores días de mi vida con temblores continuos en todo el cuerpo y sudando a ríos los mares de licor que me había tomado los días pasados. Y eso que no había llegado lo peor.

Cuando volví pasadas las seis de la tarde a casa saludé en voz alta pero nadie contestó. No le di importancia a la vaina pensando que habrían salido por ahí a comprar algo para comer. Le marqué al celular pero estaba apagado, ahí me entró una sospecha con la fuerza de una convicción. Fui hasta la pieza que ahora era solo de la niña y abrí el armario, estaba completamente vacío. Se había ido llevándose a mi niña y ni siquiera había dejado que nos despidiéramos. Fui después hasta mi cuarto y noté a primera vista que faltaba mi portátil, también se llevó mi sleeping, una mochila y una chaqueta.

El único que supo todo este cuento fue el Cuy Cobain quien me acompañó en mi dolor junto al buen Domecq, con Nirvana de fondo y siempre son sus frases sabias: “Hermano más se perdió en el diluvio, las viejas son así, jodidas, toca aguantar y seguir pa´lante, que más hay”. 

Nunca puse una denuncia. Ni siquiera la busqué. Aunque hasta ahora cada que me topo un parche hippie, cualquiera sea la ciudad aguzo muy bien el ojo para ver si la veo, no a Catalina, que al fin y al cabo fue sólo una mujer más, si no a Luna, a la Muñeca. 


¿Qué sería de su vida? Ojalá nada haya roto su delicado material. 

jueves, 31 de agosto de 2017

ADVERTENCIA TARDÍA

Foto: COLPRENSA
- Felicitaciones muchachos, el operativo salió bien -dijo el comandante dirigiéndose a su tropa-.Tocaba darles duro a esos hijueputas pero espero que no se haya ensañado para no tener problemas con ese cuentico de los Derechos Humanos. Traigan los cuerpos y los amontonan ahí en la plaza para que todos los van. Hay que acomodarlos bien, con las cabezas hacia el lado de la iglesia.

- ¿Cuáles cabezas? -contestó sin inmutarse el segundo al mando.

jueves, 20 de abril de 2017

POR UNA BUENA CAUSA EN BUENA COMPAÑÍA




Fui el único que conmemoró el 4/20 en Yacuanquer. Es un pueblo pequeño y a nadie pareció importarle pero igual marché orgulloso, sacando pecho y con la frente en alto. 
Sólo mis perros -siempre solidarios- me acompañaron, siguiéndome a mí y a las mágicas volutas de humo como hipnotizados, en una extraña versión psicodélica del Flautista de Hamelin.

martes, 11 de abril de 2017

UN HOGAR SIN ESTRECHECES


No sé exactamente cuando el sexo entró a mi vida. Lo que sí sé es que el verbo culear entró a hacer parte de mi vocabulario a mi más tierna edad. Yo culeo, tu culeas, él culea, ella culea, nosotros culeamos, vosotros culeáis, ellos culean. En conclusión: todos culeamos, aunque de eso solo me di cuenta muchos años después.

Creo que culeé (o me culearon) por primera vez con cuando tenía unos cuatro años. Las imágenes son borrosas y difusas, pero ahí me veo, subiéndome de afán unos calzoncillos color rojo sangre (¿mi desfloración?), afanado por una de las tres empleadas de la casa (¿cuál sería?) que se había asustado y había dejado de mamarmelo cuando sonó el pito del Nissan Patrol que anunciaba la llegada de mi madre, la señora de la casa.

Era una casa grande, hasta pieza de planchar tenía, era espacio de 3 metros cuadrados entre el garaje y la cocina, con piso de madera. Ahí, entre la ropa limpia de toda la familia habían sucedido los hechos. Desde ahí se desplazó María sin demoras a abrir el portón a su patrona, las tres muchachas del servicio de aquel entonces llevaban ese virginal nombre, una lavaba y planchaba, la otra cocinaba y la otra se encargaba del aseo, las tres cuidaban a los tres niños, un fordismo doméstico perfecto.  Ahí me encontró mi madre con los cachetes más rojos de lo normal, no sé si por la excitación, la atmósfera cálida potenciada por la plancha, la vergüenza o todas las anteriores.

- No te metas a esta pieza que es muy caliente. - me dijo mamá mientras palpaba mi frente para comprobar si tenía fiebre, sin la menor sospecha de la escena sexual que había interrumpido a punta de pito.

Mi segunda culeada infantil (o por lo menos de la que me acuerdo) fue con otra empleada. Yo ya era más grande y no puedo negar que me gustó, sentí placer, a mis ocho años y medio ya medio se me paraba. Lo disfruté pero no lo gocé. Sabía que estaba haciendo algo malo. Por lo menos eso me habían dicho las monjitas del colegio Filipense y yo les creía.

Ella se llamaba Marta, una morena de Barbacoas con un culo que hoy se me antoja delicioso (¿será por eso que me gustan tanto las negras?). Llevaba ya unos años trabajando con nosotros y era como solía decir mamá: "la de confianza". En esa época solo habían 2 "muchachas", los niños ya éramos mas grandes y no jodíamos tanto.

Recuerdo que un sábado estábamos solos, o prácticamente solos. Me refiero a Ella y yo, a Marta y yo cuando era niño. Mi mamá, mi hermana mayor y la otra empleada se habían ido a hacer el mercado semanal que era tan abundante que requería seis brazos para cargarlo; mi papá, como siempre, estaba absorto en sus códigos, libros y sentencias, en sus cosas de magistrado del Tribunal, en la biblioteca del tercer piso; mi hermanita menor con sus Barbies en al cuarto de juegos, una de las seis piezas del segundo piso, al lado de mi habitación, en donde yo había preferido quedarme echado viendo en la tele algún Cuento de los Hermanos Grimm o jugando alguno del casi centenar de cartuchos de Atari que tenía.

Pero Marta tenía en mente otro tipo de cuentos y quería jugar con otro tipo de joystick.

Se acercó y se sentó en la cabecera de la cama, sus nalgas duras hundieron el colchón con su peso y sus muslos se descubrieron como apetitosas almohadas prietas junto a mi cara. Se había puesto una falda elegante que había sido de mi mamá y que a ella, por la diferencia de estatura y talla, le quedaba como una apretada minifalda. Empezó a acariciarme la cabeza como tantas veces, sin embargo yo sentía que esta vez era diferente. Al poco rato sus manos habían descendido hasta la otra cabeza, la que no tiene pelo y a veces manda más que la contiene al cerebro, yo me dejé hacer. Con agilidad se puso en cuatro junto a mi, su falda se subió por completo y un culo negro hermoso, paradito, quedó  poco menos de un metro. No se había puesto calzones, no sabía por qué, no supe que hacer. Ella con experticia agarró mi pequeña mano infantil y se la metió casi entera en la cuca, antes de entrar sentí su vello crespo y espeso, era como su pelo, después sentí que mi brazo entero resbalaba entre líquidos calientes y desconocidos dentro de esta mujer que triplicaba mi edad y que empezaba a dar pequeños gemidos mientras se balanceaba atrás y adelante, atrás y adelante. Mientras esto pasaba en su retaguardia no descuidaba su frente, Marta me había bajado los pantalones y me chupaba la verga que se erguía orgullosa con una inocente erección infantil, la lamía con avidez, la metía y la sacaba, la metía y la sacaba, la volvía a lamer, a mi mente se vino la propaganda de Bom Bom Bum que tanto me gustaba porque salía una niña bonita que me gustaba. Una electricidad recorría todo mi cuerpo, un corrientazo llegaba con cada lengüetazo.  

- ¡Otra vez oliendo a trago y a perfume barato de vagabunda! - oímos gritar de repente.
- Sólo pasé un rato por el Club y me tome un par de Whiskys  - respondía un Kent retraído ante los airados reclamos de una Barbie rubia.

Era mi hermanita representando una obra con sus pequeños actores plásticos de cuerpos atléticos y vestidos a la última moda (¿De dónde habrá sacado el argumento?).

Habíamos olvidado que estaba en  el cuarto de al lado, por lo menos yo. Yo me había olvidado de todo. Entonces Marta paró y acercó  a mi cara esos labios gruesos, carnosos, de negra, para susurrarme: "- Vamos a mi pieza Tirsito".

El tono de su voz me hizo entender que este sería nuestro secreto.

Me levantó de la cama y me ayudó a ponerme los pantalones, tal como lo hacía cada mañana cuando me ayudaba a alistarme para el colegio y me cogió de la mano guiándome por mi propia casa que en esos momentos se me hacía como un espacio desconocido. Bajamos al gradas al primer piso, pasamos por la sala, por el oratorio adornado con una legión de vírgenes y santos, por el comedor principal y por el auxiliar, dejamos atrás la gran cocina integral que relucía blanca y pulcra y salimos al patio. Allí el Puchis, mi cocker spaniel, batía su pucho de cola pero yo, que tanto lo quería, le negué la caricia que me pedía, ansioso y curioso por otro tipo de contactos y de afectos. Así que sin detenernos seguimos hasta el patio de ropas, el último rincón de la casa. En ese espacio que antes había sido un huerto se levantaba todo un complejo destinado al correcto lavado y cuidado de la ropa. Dos lavaderos, una lavadora y una secadora, una docena de cuerdas para tender las prendas recién lavadas de la familia, hasta las más íntimas. Encima de este templo de la limpieza mi mamá había dispuesto que se construyera un baño y "la pieza de las muchachas", ese era nuestro destino inmediato.

Muy pocas veces había estado en ese cuarto. Dos camas gemelas, dos mesitas de noche y dos armarios también idénticos eran su único mobiliario. Olía a una mezcla rara de detergente y de perfume fino, en una repisa descubrí un frasquito de Oscar de la Renta que mi madre echaba de menos y daba por perdido. Marta no perdió el tiempo y se tendió sobre la cama que estaba junto a la ventana de vidrio esmerilado, supuse que esa era la suya, se subió la falda hasta las caderas y abrió sus piernas. Quedé inmóvil, impresionado por el contraste entre el negro de su piel, de su vello y el carmesí de esos labios femeninos que no conocía. Ella como que se percató y se hizo cargo de la situación. Me desvistió rápido (para ella era fácil porque lo hacía cada noche para ponerme la pijama) y me haló hacia su cuerpo, me cargó como a un niño y me puso encima de ella, sexo contra sexito. No hubo penetración, ella empezó a moverse y a frotar mi cuerpo contra el suyo, sentía como rozaba áspera su tupida mata de pelo contra mi cuerpo lampiño. Me gustaron las sensaciones físicas que experimenté, pero más me gustó oír los griticos y ver las caras que hacía Marta: sonreía, se mordía los labios, entornaba los ojos, arrugaba la frente, hasta que finalmente lanzó un corto alarido y se volvió visca, sentí que temblaba bajo mis 27 kilos y me gustó saber que podía generar esas sensaciones. Yo no terminé, mi cuerpo aún no me daba la materia prima para poderme venir.

Me vistió, se arregló la falda y volvimos acalorados hacia la parte delantera de la casa. Al entrar al patio nos dimos cuenta de que mi mamá ya había vuelto del mercado, con el baúl del Chevette cargado hasta el tope. Marta se fue corriendo a ayudar a bajar las compras y yo me quedé ahí jugando con el Puchis y una vieja pelota de tenis.

Después de desempacar y organizar el mercado mi mamá vino a saludarme, Marta la seguía de cerca y me veía como temiendo que confesara nuestro secreto, nuestro pecado, eso nunca iba a pasar.

- Uy como está de colorado mijo. - dijo al ver mis cachetes encendidos.
- Es que he estado jugando con el perro. - le contesté con la falsa tranquilidad de no estar mintiendo del todo.
- Y usted también Marta, está rojita rojita. - apuntó mi madre en tono inquisidor.
- Si señora, es que estuve jugando con el niño. - dijo la muchacha. - Me voy a lavar los baños de arriba. - dijo como despedida. Y se fue a seguir con sus oficios.

Mi mamá subió a ver una telenovela al cuarto de la televisión mientras mi hermana mayor protestaba porque ella quería ver una película de Betamax que había alquilado. Le tocó esperar y se encerró enojada en su pieza. Mi hermana menor seguía sumergida en su mundo miniatura de muñecos de Mattel y mi padre en sus cosas de magistrado, allá arriba en el tercer piso.

Yo me quedé en el patio con el perro, no oía nada más aparte de sus jadeos y el sonido de la pelota de tenis al rebotar.

No se oía a los demás.

Era una casa grande.



















viernes, 7 de abril de 2017

DOLOR VITAL

foto tomada de www.lamenteesmaravillosa.com

Me duele verte a mi lado y no poder acercarme.
Me duele verte y saber, que si te hubiera cumplido,
no sólo podría tocarte si no llegar hasta a amarte,
volver a tu corazón y a tu cuerpo que es mi nido.

¡Cómo lo añoré! Puse mi empeño.
¡Cómo me esforcé! Seguí consejos.
Fui a reuniones pidiendo "Serenidad",
"sólo por hoy", repetía día a día.

Pero eso no pasó.

¿Qué pasó?
Yo no lo sabría decir, estaba ebrio.
Tu ni la menor idea, estabas lejos.

¿Quién será el que nos ayude a comprender tal misterio?

Sólo un adicto es capaz,
otro que viva este infierno,
que conozca en alma propia
qué es cargar este tormento.

Me duele verte de cerca y no poder ya tenerte
y aunque duela yo he de hacerlo,
porque el no verte - lo sabes -
para mí es la misma muerte.

sábado, 18 de marzo de 2017

ESCRITOR NOCTURNO


- Amor ¿por qué sólo escribes de noche?, preguntó la mujer de turno.

- Porque de noche es que vienen los demonios y se me meten, vienen muchos fantasmas a recordarme cosas y esa inmensas ganas de matar con mis letras se intensifica. Además es en la noche cuando brilla la oscuridad que necesito para escribir, le dije mientras tecleaba.

- Ah, dijo un tanto asustada.

Eran las tres de la mañana. Media hora después huía de mi casa (como todas) con su maletica a la espalda. 

- ¡Chao cierra bien la puerta! le grite desde el estudio, ya acostumbrado a estos abandonos, sin despegarme del teclado ni de la historia que estaba inventando.


viernes, 10 de marzo de 2017

DESPEDIDA DE SOLTERO


Y sí, al fin me había decidido. Ya era hora de sentar cabeza y formar un hogar. Ya casi se llegaba el sábado, el gran día. No contaba con que mis amigotes ya estaban organizando mi despedida de soltero. 

Farra total.

Les salió mal... O bueno a medias. No me casé. Sí me despedí. Me fui con la putica que habían contratado para esa noche.

Aún vivo con ella, sin necesidad de ninguna bendición.

martes, 28 de febrero de 2017

CASA SHOW INTERNACIONAL


Salí mamado de clases de procesal a las 6 de la tarde. Sin embargo estaba ansioso y animado, era principio de mes, era día de giro. Fui directo al cajero de Conavi de la carrera tercera. Saqué lo suficiente para ese viernes, lo mismo que separaba cada mes de mi presupuesto estudiantil para ir a Casa Show Intenacional. No lo podía evitar.

Caminé por la avenida 19. El chuzo era en la carrera octava, no muy lejos. Llegué, subí las escaleras siempre iluminadas con luces rojizas.  La entrada estaba franqueada por un cancerbero negro y pasado de kilos que me pidió la cédula que aún no tenía, pero eso no importó ante los billetes que relucían en mi billetera.

Entré y me senté en una mesa junto a la pista. Pedí una cerveza del barril realmente hedionda, era un líquido amarillo sin ningún sabor, aguado y casi transparente. Me la tomé rápido, de tres bocados, mientras esperaba el show de Mireya.

No era la más linda, pero yo era su cliente y ella lo sabía.

Sonó Hotel California, Mireya salió con su pelo corto y bien peinado, con laca, tal como se peinaba en ese entonces mi madre y muchas de sus amigas. Apenas me vio se vino cerca de mi mesa y me dedicó su streptease. Eran dos canciones, una para calentar a los clientes y la otra para empelotarse. Esa tarde las dos fueron para mi.

Cuando terminó y se sentó a mi lado ya lo tenía parado, latiendo, casi a punto de romper la cremallera del pantalón. Ella como buena profesional lo notó de una, me guiñó un ojo, me cogió la verga con su mano derecha, mientras con la izquierda revisaba mi billetera.

Listo. Pa la pieza.

La pieza era horrible, un cuchitril debajo de las gradas que llevaban a los locales de arriba de la ruinosa locación. Una cama sencilla y un colchón duro. ¿Para que más?

Mireya llegó a la pieza, me desvistió, me comió, me lamió y se despidió. A ella le gustaba estar conmigo, por algo siempre me regalaba un polvo extra. Así era siempre, dos polvos, uno con el afán de la excitación, el otro con la calma de un aprendiz que asimilaba las lecciones de una experta.

Me vine y sentí la calma en mi cabeza.

-Chao Amor, me dijo.
- Chao al amor, dije yo.

Me vestí y salí a buscar el bus que me llevara al J. Vargas, haciendo cuentas de cuánto tendría que ahorrar cada día de este mes para volver a verla.





martes, 31 de enero de 2017

"NARCISA, NUESTRA SEÑORA DE LAS CENIZAS", UNA NOVELA ADICTIVA SOBRE TODA CLASE DE ADICCIONES



"Yo ya hice todas las locuras a las que alguien tiene derecho en la vida, ahora llevo una vida muy tranquila" asegura Jonathan Shaw, escritor norteamericano que en 2008 publicó Narcisa, Nuestra Señora de las Cenizas, una novela que cuenta la relación amoroso - destructiva, entre un exconvicto y adicto rehabilitado con una prostituta muy joven enganchada al crack que sucede en las favelas de Rio de Janeiro. 

Lo que el autor pretende en el trasfondo de esta novela es reflexionar sobre las adicciones (de todo tipo) que son un infierno para muchos. "Todo tiene una raíz y la raíz de las adicciones es la condición humana" señala Shaw, "la adicción no vive en las sustancias, vive en la conciencia del ser humano" afirma con conocimiento de causa ya que por años consumió heroína y probó todo tipo de drogas mientras recorría como tatuador México, Brasil y otros países, dejando atrás su ciudad natal, Los Ángeles. 

Es difícil explicar por qué alguien se enamora de un adicto, sabiendo de antemano que esa persona tiene su vida perdida, la única explicación es que lo que impulsa a sostener esa relación es otra adicción. "Los adictos no tenemos relaciones, tomamos rehenes" dice para describir esta condición de codependencia.

Aunque Narcisa no es una novela basada en sus vivencias Shaw piensa que "los escritores escriben de lo que tiene por dentro,  de lo que sienten, por eso todos los libros son en cierta forma autobiográficos" y se refiere a Charles Bukowski, a quien conoció cuento tenía 16 años como colaborador del periódico Los Ángeles Free Press, de esa relación laboral y de amistad que se formó entre charlas, cervezas y borracheras, aprendió que "hasta un loco puede expresarse y contarse bien si se hace con una visión poética de las cosas, que la mirada de poeta lograba convertir la vida más aburrida en un espectáculo".

Cigano, el personaje masculino es adicto a Narcisa pero esta es adicta al crack y la sustancia es para ella su prioridad, está por encima de cualquier cosa, incluso de su pareja, por eso a lo largo de la novela el personaje insulta al hombre que ama. "Los insultos son las flechas que uno dispara cuando está encerrado en el circulo vicioso de la adicción", argumenta.

La lectura de las más de 700 páginas de esta novela se convierte en algo adictivo, no solo por las historias de sexo, autodestrucción y violencia que atrapan al lector si no también por el ritmo de su escritura y por una alta dosis de humor negro. "Tiene el humor que se requiere para contar todas estas cosas asquerosas y malas, llenas de locuras y de un egocentrismo llevado al extremo, de ahí el nombre del personaje: Narcisa" dice irónico, expulsando el humo de su cigarrillo electrónico. 

El éxito editorial de esta novela en los Estados Unidos ha hecho de Jonathan Shaw un autor reconocido, dentro de la línea de Miller, Kerouac, Burroughs y el mismo Bukowski, con quien muchos lo comparan pero de quien él mismo toma distancia afirmando que "le insinuó muchas cosas sobre la escritura" pero que no trata de imitarlo si no de tener su propia voz.

Asegura que la literatura fue su cable a tierra. "El arte es una salvación porque es una forma de expresión, de comunicación y lo que más afecta a los adictos es muchas veces esta falta de relacionarse con los demás", concluye este personaje que tiene su historia contada en su cuerpo, que ha transformado en mural para narrarla a través de sus tatuajes. 


(El Autor fue uno de los invitados al Hay Festival Cartagena 2017)



sábado, 28 de enero de 2017

EL GENIAL CÉSAR AIRA


El escritor argentino César Aira, quien define sus textos como "juguetes literarios para adultos" fue el protagonista de una de las mejores charlas del Hay Festival Cartagena 2017. Estas son algunas de las ideas expuestas por este genio de literatura.
- No se puede ser escritor y ser importante a la vez.
- Escribo una o dos páginas por día, si no lo hago para mi es un día perdido.
- No tengo compromisos políticos ni sociales, pero sí un compromiso literario. Esto nos permite ser libres al momento de escribir.
- No tengo ninguna influencia literaria, o he tenido muchas, una por semana. Tener una sola influencia es encerrarse en un solo autor y no poder salir de ese modelo.
- Creo que las artes plásticas han ido más lejos que la literatura en aquello de crear, de innovar. Pero también soy crítico porque también hay allí metido mucho farsante.
- Todas las experimentaciones que se han hecho con el lenguaje terminan en un callejón sin salida, hay que volver a escribir normal, creo que esto se debe a la naturaleza propia del lenguaje que es comunicativa.
- Mi imaginación es eminentemente visual, porque yo veo lo que imagino y quiero que los lectores lo puedan ver exactamente igual como yo las vi.
- Los escritores nos inventamos muchas cosas para hacernos los interesantes, lo mío fue la huída hacia adelante.
- A veces escribo una novela con un personaje y solo en las páginas finales revelo que el personaje es un enano, o un ciego, eso obliga al lector a volver a interpretar todo nuevamente.
Finalmente el autor de más de 80 títulos publicados a quien le molesta que lo definan como prolífico manifestó que "Hay una falsa idea de que si uno hace mucho lo hace mal". La mayoría de sus libros son cortos porque para él "Lo importante no es escribir mucho, lo importante es escribir bien".

viernes, 20 de enero de 2017

ENTREVISTA RADIO NACIONAL DE COLOMBIA


ENTREVISTA PARA RADIO NACIONAL DE COLOMBIA EN EL MARCO
DE POETAS EN CARNAVAL 2017




POETAS EN CARNAVAL 2017


CONVERSACIÓN SOBRE LA LITERATURA QUE ME GUSTA E INTENTO HACER

POETAS EN CARNAVAL 2017


Video: Fundación Urcunina Literaria

jueves, 14 de abril de 2016

NO HAY LEY QUE VALGA


- Buenos días doctor. – exclamó tímidamente una escuálida y cabizbaja mujer desde el otro lado del escritorio, que junto a una vieja biblioteca era lo único que ocupaba la oficina.

- Buenos días. – respondió nervioso Justo, un joven abogado recién egresado, mientras arreglaba el nudo de su corbata, que por las extrañas y repetitivas contorsiones del cuello parecía incomodarle cantidades.

La ocasión ameritaba la elegancia. Ese día abría su oficina, tenía su primera consulta, su primera experiencia práctica con el derecho tras cinco años de memorizar montañas de leyes, decretos y sentencias.

Sin perder el tiempo, Justo le pidió a su primera cliente que tomara asiento para que lo empapara de los pormenores del asunto. Con oír unas cuantas frases, el novel jurista supo que estaba frente a un caso de derecho de familia. “Una típica separación de cuerpos y bienes y un posterior divorcio argumentando abandono del hogar del cónyuge, violencia intrafamiliar e infidelidad”, pensó Justo, remitiéndose mentalmente a sus aulas de clase. Mientras tanto Rocío, como se llamaba la cliente, seguía destapando como si estuviera ante un sicoterapeuta o un confesor, los más íntimos y penosos detalles de su vida familiar y las aventuras de Chucho, su marido, un maestro de obra con una vida sexual que envidiaría hasta el Marqués de Sade.

La biografía oral de Rocío era constantemente interrumpida por el legista quien, para demostrar su erudición, citaba normas y teorías que, según él, se aplicaban perfectamente a los hechos narrados.

- Eso es precisamente lo que regula el segundo inciso del parágrafo 13 del artículo 120 de la ley de divorcio sobre el incumplimiento de las obligaciones paterno-conyugales. -Decía Justo con tono de suficiencia- ante lo que la mujer, que a duras penas había podido cursar su primaria en la escuela de su pueblo, se limitaba a responder: – claro doctor, disimulando tras estas dos palabras una total incomprensión. “El debe saber lo que dice, al fin y al cabo es estudiado que me voy a poner a contradecirlo”, se dijo Rocío, quien al fin y al cabo siempre había hecho lo que le decían los demás.

Desde niña había tenido que obedecer, a los 14 empezó a trabajar en casas de familia, ahora lavaba la ropa de otros. Siempre sumisa a las órdenes, excepto cuando le prohibieron ennoviarse con Chucho. De aquel acto de rebeldía dan fe tres hijos. Ya van doce años desde la noche en que -a escondidas- trasteó su chécheres para la pieza polvorienta que sería su hogar, un salón con un baño en una esquina y una improvisada cocineta en la otra, único patrimonio de quien desde ese momento fue su marido. “Nos casó la vida y no un cura” argumentaba Chucho como razón suficiente para justificar sus irresponsabilidades.

La conferencia se prolongó casi una hora. Siempre igual: la mujer en su catarsis sentimental, alternando con la verborrea legalista del abogado. Cada episodio de la tragedia de Rocío se convertía de inmediato en un problema jurídico que ameritaba acudir a los códigos y textos que reposaban en la biblioteca como en un altar. “Sin separarnos duramos como 8 años, sin pelear” -recordaba la cliente, “unión marital de hecho” –traducía el abogado - “no me pasa nada para los niños” - “inasistencia alimentaria” –decía el letrado.

Así sucesivamente, surgieron términos que Rocío nunca imaginó aplicables a su caso. Ese día se enteró que su vida era una rica fuente casuística del derecho. Aunque estaban en el mismo recinto y defendiendo iguales intereses, algo los distanciaba, cada uno andaba en lo suyo. Como si el dulzón olor a loción barata del jurista y el aroma a detergente de lavanda que ya era natural en Rocío, formaran dos atmósferas distintas e infranqueables.

Por fin terminó la entrevista. Al revisar sus apuntes y algunos de los libros abiertos sobre el escritorio Justo sonrió, como quién apuesta en un juego de cartas con la certeza de tener un as bajo la manga. Estaba confiado, satisfecho, ya no le molestaba la corbata, curiosamente su confort aumentaba cada vez que Rocío se dirigía a él como doctor. Sentía que ese tratamiento era más que merecido.

- Esto no está tan difícil –concluyó, poniéndose de pie y adoptando una pose ceremoniosa- lo tenemos en las manos. Podemos alegar violencia intrafamiliar, infidelidad y eso sólo para empezar, seguro que después del divorcio nos quedamos con todo. Además si quiere ver a los niños... le va a costar.

- Pero Doctor –balbuceaba la cliente.

- No me interrumpa, además usted puede quedarse con la casa y para evitar ‘problemitas’ podemos evitar publicar los avisos de ley en los periódicos locales, así ningún hijito inesperado se aparece por ahí. Además yo sólo le voy a cobrar un 40% del monto total del negocio. –prosiguió Justo.

- Es que... yo no me quiero separar. –dijo Rocío, pronunciando estas líneas con una voz tan queda que parecía venir de la oficina contigua, ocultando su rostro de la mirada inquisidora del leguleyo.

Los ojos de Justo se irrigaron de sangre y parecían salirse de su cráneo, su rostro imberbe se encendió todo, desde el alargado mentón hasta el último rincón de sus orejas puntudas, pasando por la nariz de fríjol, lo único pequeño en su anatomía.

- Pero ¿Cómo así? -cuestionó encolerizado- ¿no quiere divorciarse? ¿Es que le gusta que le peguen? ¿Le gustan andar con cuernos? ¿Es que le gusta mantenerlo? ¿Es que usted es tonta?, No desaproveche la oportunidad que le dan las normas vigentes, puede quedarse con todo, incluso hasta con una buena renta. ¿Por qué? si todo esta claro, la justicia está de tu lado, los códigos son muy precisos en lo que dicen. ¿No ve que es un buen negocio? –concluyó Justo quedando a la espera de una respuesta.

Rocío un tanto aturdida por la retahíla de preguntas seguía sentada, agachada, a punto de llorar. Se tragó la primera lágrima, la gota rodó directo hasta sus labios y ese sabor salobre, tan familiar en su vida, le hizo recordar las humillaciones de siempre. No era eso lo que buscaba. Tomó aire, se puso de pie, miró por primera vez al abogado directamente a los ojos y con un vozarrón enorme, inconcebible para unos pulmoncitos alojados en un cuerpo de 150 centímetros de altura, contestó:

- ¡Porque él es el papá de mis hijos y por que lo amo! Dicho esto, salió disparada sin dar tiempo a las réplicas del ‘doctor’.

Ante esta respuesta tajante e inesperada Justo se sentó aburrido frente al escritorio, cerró sus libros y se cruzó de brazos sobre ellos a contemplar pensativo el vacío de su despacho, no sin antes aflojar del todo el nudo de su inútil corbata.

miércoles, 15 de julio de 2015

FELINICIDIO

Foto tomada de http://www.gatosencasa.com/ 
¿Dónde podrá haberse metido? - se preguntaba mientras servía la comida en el plato de su gato. Lo seguía haciendo por rutina y sobre todo para "ver si volvía", a pesar de que Félix llevaba una semana sin dar señales de vida. Lo extrañaba, el felino se había convertido en su única compañía y le hacía falta esa presencia ronroneante. 

¿En que podrá haberse gastado sus siete vidas? - se cuestionaba sin encontrar una respuesta satisfactoria y ya sin esperanzas de volver a verlo vivo.

En eso pensaba durante su cena solitaria. Ingería sin interés, casi sin ganas, la comida que había pedido en el restaurante chino de la esquina. Ni siquiera reparaba en lo que se metía en cada bocado. Tal vez fue por eso que no pudo ver ni reconocer nada familiar en las costillitas agridulces de "cerdo" que masticaba mecánicamente.

lunes, 29 de junio de 2015

PUENTE

 foto tomada de: https://dehc77.wordpress.com/2012/04/19/muros-o-puentes/


Cuando la niña se despertó se sintió extraña, algo le hacía falta. Salió corriendo de la casa y vio a su padre del otro lado de la orilla. El agua del río se había enloquecido y había tumbado el puente.

- Papi, papi, gritaba acercándose peligrosamente a la orilla.

Él y ella no lo habrían pensado dos veces para tirarse a nadar en las aguas frías y furiosas, pero eso hubiera significado morir en el intento.

Hicieron un plan, sin hablarse se entendieron, al fin y al cabo eran padre e hija (uno solo) y comenzaron juntos a construir un puente, cada uno desde su lado.

Al poco tiempo estuvo listo, el trabajo tuvo su recompensa. Fue el puente más transitado, porque por el corría de un lado para otro el amor, gracias a él estuvieron juntos para siempre.




lunes, 15 de junio de 2015

COMO POR ARTE DE MAGIA (DE MAGIA NEGRA)




“Los amigos del barrio van a desaparecer
Pero los dinosaurios van a desaparecer”
Charly García


Doña Esther estaba sentada, o mejor, desparramada sobre el enorme sillón reclinable de cuero mientras veía en su televisor de 42 pulgadas las imágenes del reencuentro de Estela de Carlotto y su nieto Guido. La emblemática lideresa de las Madres de la Plaza de Mayo, ahora ya Abuelas, por fin había encontrado a su nieto secuestrado durante la dictadura argentina.

La dama de la alta sociedad pastusa se acomodó en su trono doméstico para ver mejor a la señora del pañuelito en la cabeza con la que nunca pensó sentirse identificada, la mujer a cuyos familiares desaparecidos no dudó de tachar de “comunistas peligrosos que algo malo habrán hecho”, por allá a finales de los 70. Pero sí, se identificaba con Ella y hasta la admiraba en silencio por haber hecho lo que ella no se atrevió a hacer. Así era se identificaba, y todo por culpa de Toñito, de su Toñito.

Marco Antonio Esparza Zarama, ese era Toñito, así le decían todos en la casa, su mamá, el chofer y las 2 empleadas (la de la cocina y la del aseo), también sus compañeros con los que había compartido todos los desde kínder hasta once en el colegio Javeriano. Pero él odiaba que lo llamaran así, por eso desde que empezó sus estudios universitarios siempre se presentó como Antonio, a secas.

Estudiaba dos carreras a la vez, habría podido irse a estudiar a Bogotá o a Cali como la mayoría de sus compañeros pero él había optado por quedarse en Pasto y seguir disfrutando de las comodidades del “hotel Mamá” y de su carrito Chevrolet Chevette 2 puertas modelo 82. Además, aunque por causa del machismo en el que fue educado trataba de no exteriorizar estos sentimientos, tenía una relación de apego muy fuerte con su madre y se había prometido no dejarla sola, más desde que doña Esther había perdido a su hijo mayor y a su marido de un solo golpe en un accidente de tránsito. Desde ese momento madre e hijo se quedaros solos, viviendo y compartiendo todo lo que pasaba en sus vidas en el enorme caserón de la Avenida los Estudiantes.

Se había matriculado para el programa de Comunicación Social en la Universidad Mariana, un centro educativo privado regentado por monjitas franciscanas en el que casi no sintió el cambio entre la vida colegial y la universitaria. Todo era similar, solamente habían cambiado sus condiscípulos y las materias que estudiaba, pero ni siquiera en la profundidad con la que se trataban los temas había notado una diferencia. Sin mucho esfuerzo era un alumno destacado que tras cursar la mitad de la carrera se había inclinado por los lados del periodismo escrito, área en el que según sus profesores demostraba cierto talento por lo que tenía una columna en el periódico estudiantil.

Tenía mucho tiempo libre y ese fue uno de los motivos que lo llevaron a pensar seriamente en estudiar otra carrera, además era realista y veía que un futuro como periodista no era muy prometedor en una ciudad en donde solo hay un periódico con fama de pagar sueldos de hambre.

Tras algunos análisis y consultas decidió estudiar Derecho, se presentó a la siguiente convocatoria e ingresó a la Universidad de Nariño. La Udenar, la universidad pública en donde se vivía un caldeado ambiente político sería su nueva alma mater.

Desde los primeros días de clases notó que su nueva U era el reflejo del país en miniatura, a pesar de sus casi tres años en la Mariana por primera vez se sintió en una universidad. Dentro de las aulas se sentía también la tensión en el ambiente que soportaba Colombia en tiempos del segundo gobierno de Uribe Vélez, todos los actores políticos, armados, civiles, naturalistas, pacifistas, anarquistas, importaculistas, querían mandar la parada e imponer sus ideologías.

Fue allí, en la universidad pública en donde a Toñito se le reventó la burbuja en la que había vivido hasta entonces, donde empezó a entender que existían miles de personas además de sus “amigos” del Club Colombia con los que ya no quería salir porque se aburría hasta el hastío al soportar las mismas charlas de siempre: Que quién cambió de carro, que qué es lo último en equipos de sonido, en tenis, relojes, computadores etc. etc.  Capitalismo puro y simple, “alienador”, habría dicho Florecita si hubiera estado presente en alguna de esas reuniones del club social, pero nunca estuvo ni estaría, las estrictas reglas del lugar prohibían la entrada a gente de otros “status”. Un apartheid a lo pastuso.

Florecita era su nombre de batalla, todo el mundo en la U la identificaba así, cursaba tercer semestre de sociología y era una de las líderes estudiantiles más reconocidas dentro del grupo que se hacía llamar los Raizales Libertarios. Tenía mucho carisma, si eso es saberle caer bien a todo el mundo, además era bonita, o por lo menos eso pensaba Antonio, así le pareció desde la primera vez que la vio en la plaza Ché arengando a los jóvenes para que “entre todos hagamos oír la voz de condena contra las ejecuciones de civiles inocentes que los gobierno y los medios amañados han tratado de ocultar bajo el eufemismo de falsos positivos”. Le gustó mucho su carácter, pero mucho más el brillo que despedía a través de unos grandes ojos verdes que brindaban transparencia a sus palabras y contrastaban con su pelo negro y su tez trigueña. Antonio había quedado prendado, no sabía su nombre aún, pero para efectos de recordarla y con las ínfulas de poeta que tarde o temprano le llega a todo periodista la llamo la Mujer de la Mirada Clara.

Antonio empezó a vivir en dos mundos paralelos pero muy distintos, a pesar de que los escenarios físicos apenas se alejaban el kilómetro que separa Maridíaz de Torobajo, las realidades eran totalmente opuestas. Poco a poco, en parte por la mayor carga académica que tenía en Derecho pero sobre todo por las ganas de acercarse a la mujer que lo había flechado empezó a inclinarse más por uno de estos mundos, el que menos conocía y le ofrecía un universo para explorar. ¿Quién no habría hecho la misma elección teniendo 20 años?

Transcurrido el primer año de Derecho ya sabía cómo moverse en la Universidad Pública, se había adaptado fácil y en sus clases le había ido bien, sus profesores veían en él potencial y sus pares lo reconocían como uno de los mejores estudiantes. Además, quién lo iba a creer, su columna en el periódico Horizontes de la Mariana le había dado algo de visibilidad y la fama de ir “contra el sistema” porque a pesar del carácter confesional del medio Antonio buscaba abordar en sus escritos temas de coyuntura, de los que se discutían en la Udenar, temas con alto potencial de generar controversia y pisar algunos callos. Esto no le agradaba mucho a las monjitas, cuya institución solo visitaba para cumplir con las obligaciones académicas estrictamente necesarias, faltaba mucho a clases, en algunas materias solo iba a los exámenes pero nunca lo sancionaron, la cuota que aportaba doña Esther a la causa evangelizadora de la comunidad religiosa bien valía omitir algunas nimiedades.

En el proceso de matrícula para el segundo año Antonio notó que varios de los líderes de movimientos, colectivos, grupos, células, núcleos o como se llamasen se le acercaron para invitarlo a conocer las organizaciones y sus ideologías que comprendían el más amplio espectro ideológico, con una mayor tendencia hacia la izquierda. Él los escuchó a todos con cortesía pero las palabras de nadie parecían haberlo convencido pues no tomó partido por ninguna de las opciones. No confiaba en los llamados líderes estudiantiles, no le gustaba generalizar pero por la edad se notaba a simple vista que la mayoría llevaba años en la universidad sin graduarse de ninguna carrera, buscando mantener de forma perenne el poder y control sobre el movimiento de estudiantes que podía ser decisivo en una institución donde los directivos se eligen por votación. Por otra parte Antonio seguía siendo fiel a su vocación de periodista y pensaba que militar en un partido necesariamente limitaría la objetividad necesaria a la hora de hacer una buena reportería.

A pesar de esto recordó que el amor es como la guerra y en estas artes todo se vale. Nunca había perdido de vista a Florecita, trataba de averiguar cosas de ella sin ser muy evidente, la veía en todos los mítines, asambleas, concentraciones, marchas, juntas, sesiones y similares que se organizaban en la Universidad y en casi todas lograba algo de protagonismo. No había podido acercársele porque casi nunca estaba sola y porque corría el rumor de que tenía una relación con el León, apellido y apodo a la vez del líder de los Raizales Libertarios. Lo pensó un momento y se decidió entonces por aceptar la oferta que le había hecho este sujeto barbado de unos 30 años que ya había estudiado agronomía, artes visuales, algunos semestres de contaduría y ahora probaba por el lado de idiomas. Antonio lo buscó por los lados del aeropuerto, la cancha desde donde “despachaba” y le comunicó que quería unirse a su movimiento. El León le dio un abrazo de bienvenida que casi le parte una costilla y ordenó que le entregarán la lista de libros cuya lectura exigía el ingreso al grupo pues era su corpus ideológico, con obras tan disímiles que con seguridad no podrían configurar una línea de argumentación coherente, prefirió ahorrarse algún comentario al respecto, al fin y al cabo su meta era otra y ahora la tenía muy cerca pues Ella caminaba hacia él. “Ahora la compañera Flor de Invierno te va a imponer nuestro brazalete” oía sin decodificar el mensaje por estar perdido en esos ojos verdes que de cierta forma habían provocado en su vida un vuelco, de cerca le gustaron más.

Un par de días después de la improvisada ceremonia de iniciación o como pueda llamarse esa puesta en escena nada radical había cambiado en la vida de Antonio. Una tarde cuando ya salía para su casa se topó con el León que parecía tener mucho afán y miraba hacia los lados buscando perseguidores inexistentes y le dio la orden, así se lo dijo, la orden de buscar un nombre de combate, de momento a él no se le ocurría ninguno y no le prestó importancia. Florecita que siempre estaba cerca le hizo una seña para que la esperara y fue a decirle que no entendí a un paranoico líder que siguió su camino. Ella le explicó que era importante lo de cambiar el nombre por seguridad porque “esto está lleno de tiras” y además porque estaba en el reglamento que le habían entregado, el no pudo confesarle que ni siquiera lo había ojeado y se quedó callado. Flor pudo de alguna manera interpretar ese silencio, “ni se lo digas a mi primo”, dijo apuntando hacia la dirección por donde se había ido el León, esas palabras entraron más por el corazón, que se alegró, que por los oídos de Antonio. Se fue feliz para su casa.

En la casa todo marchaba normal,  la rutina se repetía con mínimas variaciones como el menú de cada día. Su madre y hasta sus tíos, los únicos familiares que quedaban en la ciudad, estaban contentos de saber que Toñito avanzaba con paso firme en su carrera hacia el título de abogado, eso permitiría que le dijeran “doctor”, como se lo merecía todo un Esparza. Por su parte Antonio estaba muy conforme con su decisión, notó que los conocimientos legales que estaba adquiriendo serían una herramienta muy útil para su labor en el periodismo.

Cuando llegó a la universidad al día siguiente se sorprendió de ver a Flor cerca de su facultad esperándolo para preguntar por su nuevo nombre. Tuvo que reconocer que no lo había hecho disculpándose por razones de estudio. Ella no se enojó como el esperaba y en un dos por tres le ayudó en este nuevo bautizo, fue muy practica la llamó Marcos, sólo agregando una S a su nombre real rendía tributo al comandante zapatista. Antonio accedió como si todo fuera un juego, y eso parecía al ver sonreír a Flor, como una niña, con sus propias ocurrencias. Ese mismo día ella le dijo su nombre real, como una compensación: “Mucho gusto Marcos, me llamo Patricia, Patricia Caicedo, pero te advierto que sólo me puedes decir así cuando estemos solos”.

Entre marchas, foros, tertulias y todo tipo de encuentros que casi siempre terminaban en fiestas con los mismos invitados: los casi 50 Raizales Libertarios, la relación entre Flor y Marcos o entre Patricia y Antonio (según las circunstancias) se fue afianzando y haciéndose de cierta forma oficial, estaban juntos la mayor parte del tiempo compartiendo las actividades que les gustaban a ambos en sus dos personalidades.

Una mañana Toñito había llamado para avisar que iba a llevar a una amiga a almorzar. Doña Esther estaba contenta pues su hijo no había mostrado interés por nadie desde que había terminado con su última novia, la hija de su amiga Olguita, que estudiaba en Medellín y no había querido seguir con una relación de lejos. Pensándolo bien, se decía, su hijo había sido juicioso, “sólo dos novias, la primera la Elenita que era hija de ese médico tan querido y estudiaba en las Bethlemitas y después la hija de Olguita. ¿Quién será la afortunada? ¿De quién será hija? ¿En dónde vivirá? se preguntaba mientras daba instrucciones para la correcta preparación de los camarones al ajillo, plato principal para el menú que había escogido para esa ocasión especial.

La pareja de estudiantes llegó puntual y con mucha hambre, entraron al comedor en donde los esperaba una Doña Esther más arreglada que de costumbre y Toñito le presentó a la sencilla muchacha a la que sin mayores protocolos le presentó como “mi compañera”, la señora tragó saliva porque no supo cómo interpretar este término. Antes de que sirvieran el almuerzo el interrogatorio ya había comenzado y cada respuesta parecía provocarle un preinfarto a la curiosa dama que no esperaba que su hijo sí tuviera una relación con esa muchachita hace unos meses, que la mamá de ella era Carmen Caicedo “¿Quién?, una NN”, que no había conocido a su papá nunca por eso tenía un solo apellido, que vivía en el barrio La Paz, “el mismo de la que viene a lavar por días” hasta que ya no aguantó y se paró para irse a su habitación pues se sentía “indispuesta”. Y su estado se agravó cuando supo que su “nuerita” no había comido camarones porque nunca los había probado en su vida y le parecían como gusanos y que para remediarlo Toñito había pedio arroz, papa y atún para complacer a la aparecida. A partir de ese día en esa casa se vivió una tregua no pactada que consistía en evitar hablar de la universidad y por su puesto de la relación de Antonio y Patricia, Marcos y Florecita, Toñito y “la esa” (dependiendo de las circunstancias).

La vida de su hijo fuera de la casa se convirtió para Doña Esther en una serie de simples conjeturas. Notaba en él algunos cambios en su ropa, en su físico, usaba pañoletas, gorras, se dejaba la barba por algunas temporadas, había cambiado sus camisas por camisetas estampadas con íconos de otras revoluciones como la típica del Ché, otra con la cara de Allende, muchas con mensajes en contra de casi todo. Al principio pensó que eran cosas de la moda en la nueva universidad pero varias señales la hicieron preocuparse. La primera fue la llamada de las franciscanas a decirle que no les importaba perder su colaboración pero que era perentorio cancelar la columna de Toñito, “Ordenes de arriba”, le dijeron y no precisamente refiriéndose a Dios si no al de la Casa de Nari. Un par de semanas después un primo en segundo grado que era coronel de la policía la llamó para advertirle que había visto la foto de Antonio junto a la de otros compañeros de la universidad en unas circulares de inteligencia en las que se sospechaba de ellos como posibles terroristas. La matrona se enfureció, “mi Toñito no es de esos, él tiene valores de la familia” le contestó a su pariente. A pesar de estos indicios nunca quiso averiguar nada, no hasta que Toñito reaccionara y dejara a esa mujer.

El 1 de Mayo de ese año se había programado una gran marcha por el Día del Trabajo y en contra de las políticas neoliberales del Estado. La convocatoria se había hecho con mucha anticipación y por todos los medios por lo que se auguraba una gran manifestación, además desde la noche anterior habían salido varios buses desde los municipios para apoyar la toma pacífica de la Plaza de Nariño desde 4 puntos de la ciudad, todo pintaba apoteósico y esto tenía muy emocionado a Antonio que salió muy temprano de su casa, como era festivo no quiso entrar a despedirse de su mamá ni a pedirle la bendición para no despertarla. Nunca volvió a su casa, nunca volvió a ver a su madre y ella nunca volvió a ver a su Toñito, ni vivo ni muerto.

Las autoridades manejaron tres hipótesis en el caso: 1. Antonio Esparza hacía parte de una célula de la guerrilla infiltrada en la universidad que al verse descubierta decidió huir y esconderse en el monte junto volviendo a la retaguardia junto a otros bandidos. 2. Patricia Caicedo, quien también desapareció ese día, y Antonio Esparza huyeron juntos para vivir tranquilos su romance, alejados de las presiones de sus familias que se oponían a esa relación. 3. Alias Florecita y alias Marcos fueron abatidos y sus cuerpos desaparecidos en un crimen pasional cometido por alias el León, líder de una red de microtráfico en las universidades, quien fue abatido al ser requerido por la policía.

Ahí murió todo.


Doña Esther veía las imágenes de la Carlotto pero no escuchaba nada, escuchaba su memoria y los reproches de la conciencia. “Que verraca esa mujer”, dijo antes de apagar el televisor y quedarse sola llorando sumergida en la oscuridad y en sus recuerdos.