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- Hola, buenos días.
- Hola, ¿cómo andás?
- Muy bien, un poco
cansada por el vuelo, pero bien.
- Y claro, tenés que tener
en cuenta que además de las 6 horas de vuelo que te bancaste entre Bogotá y
Ezeiza acá ahora son dos horas más tarde. Por la diferencia horaria.
- Jaja, no había caído en
cuenta.
- Y sí, ya te vas a ir
acostumbrando, seguro en poco se te pega la tonada y vas aprendiendo la jerga.
Tenés que aprender que acá no podés coger el bus, ni nada de nada, acá lo agarrás
porque si andás diciendo que vas a coger todo el tiempo van a creer que sos
ninfómana.
- Jajajaja
- Otra colombiana. ¡Cómo
están viniendo los colombianos! Y ¿qué venís a hacer por acá?
- A estudiar, un posgrado
en literatura.
- Jajaja, perdoná que ahora
me ría yo. Una más, todos creen que porque este país parío a Borges y a
Cortázar es la cúspide de las letras. Ja, pero bueno no te quiero desmotivar.
Por primera vez el dialogo
había dado paso a un silencio dentro del auto blanco que le permitió que la
pasajera pedirle al taxista que sintonizara varias emisoras en la radio.
Durante diez minutos pidió que moviera el dial y que parara en aquellas
estaciones que tocaban rock argentino, se sintió feliz mientras entraba a la
gran Buenos Aires, por fin iba cumplir uno de sus sueños. El último comentario
que para ella y su educación había sido inoportuno le había quitado las ganas
de hablar, sin embargo el locuaz conductor intentó retomar la conversación.
- Pero bueno, no te hagás
la seria, si sos colombiana y yo las conozco, viví por años allá, cómo unos 30,
hasta mujer paisa tuve y sé cómo son. Si querés te cuento la historia de un
colombiano, un loco famoso por acá. Hasta Palermo tenemos tiempo de sobra. Y
más con las vueltas que te voy a dar, masculló entre dientes.
- ¿Cómo?
- Nada, nada pibita mejor
acomodáte y oí. Como te contaba, el chabón del que te hablo también vivía en
Palermo. Y era colombiano, como vos
- ¿Si?
- Aja, creo que pastuso. Pero
acostumbráte que acá a todos les decimos paisas. Y mirá, también quería ser
escritor como vos. Ahí te va el cuento.
- ¿A ver?, dijo la
jovencita ya un poco interesada por sus coincidencias con el personaje pero
sospechando que era chamullo, como sabía que le decían los argentinos a la
carreta barata.
Quería irse acostumbrando
al vocabulario y usarlo, aunque le apenara reconocerlo hasta había hecho unos
pequeños glosarios útiles para diversas circunstancias a punta de ver por cable
algunos canales de TV argentina.
- Cuando el loco salía a
deambular por las calles todo el mundo paraba para verlo. Y no es que actuara
de forma extraña. O bueno así era la
mayor parte del tiempo. Su simple presencia llamaba la atención. Tenía una
barba que le llegaba hasta el pecho y una melena que le daba casi hasta el culo.
Y no es que no se vean fachas así acá en capital, hasta más raras. Si te vas a
la Facultad de Letras en Puán, o a la de Sociales, seguro verás a muchos pibes
así. Lo que llamaba la atención en él era la forma tan desordenada en que
llevaba el pelo. Nunca se peinaba.
Pero no siempre fue así.
En un tiempo fue un elegante profesor de periodismo, siempre pulcro, perfumado
y bien peinado. Claro que de eso se encargaba su mujer, Emilia, pero todo
cambió cuando ella lo dejó. Y no se fue por otro, no hubiera sido capaz. Se fue
porque simplemente no soportaba más las locuras de un tipo que metido en un
mundo en el que los libros eran prioridad, quería vivir todo lo que leía. Hacé
de cuenta vos una especie de Quijote moderno.
- ¿Y qué libros leía? – lo
interrumpió la pasajera que ya no le prestaba atención a la ruta, le daba lo
mismo, las enormes avenidas, los edificios bonitos aunque algo viejos, los
anuncios de productos que no conocía, los carros más populares, todo era nuevo
para ella y no le disgustaba la historia de la extraña Sherezada del volante la
acompañaba en este descubrimiento.
- Todo lo que caía en sus
manos, bueno a excepción de esa mierda de autoayuda y cosas así de ese estilo,
¿viste?
- Pero qué era eso tan
malo que leía y que quería vivir que tanto molestaba a su esposa.
- Ah, pues al contrario,
era bueno jaja. Siempre andaba con algo de sus autores favoritos en su mochila,
los leía y releía, una y otra vez. Siempre con algo de Burroughs, de Kerouac,
del cubano Pedro Juan Gutiérrez, cómo olvidarse de Poe, de su paisano Vallejo y
sobre todo de Bukowski, el que más lo apasionaba. Él quería ser uno de sus
personajes, y bueno eso no lo entendían mucho.
- Si los conozco y me
imagino. Los leí a escondidas, estudié en una universidad de monjas que los
tenían censurados.
- Ah, mirá vos, la censura
no es producto nacional de ningún país. Pero dejá que te termine de contar.
- Como te estaba diciendo
todo empeoró con la separación. Ella ya lo había conocido así, medio loco, pero
sabía cómo controlarlo. Y mirá vos que esa locura, no sé por qué, era como si
tuviera alguna relación con su pelo. Era como un Sansón ideológico, o no sé
cómo explicártelo, entre más largo tenía el pelo, más ideas le fluían, más cosas
interesantes pensaba y escribía, iba ganando un espacio en el mundo académico.
Pero como te digo era todo un señor, su melena siempre impecablemente peinada,
incluso la envidia de muchas minas. Emilia se esmeraba en cuidarlo, en amarlo,
parte de eso se reflejaba en la forma en que se ocupaba de su pelo. Era algo
carente de lógica, todo un cuento. Cuando le dejaba el pelo suelto, el pibe era
una fuente interminable de buenas ideas, una por segundo. Escribía con manía, como si
alguien le estuviera haciendo un dictado. Cuando Ella le hacía media cola, por
lógica era medio loco, ya desde ahí se veía lo que se le venía al pobre. Cuando
le hacía una trenza, todas sus ideas se enredaban, casi nadie le entendía, y
cuándo le recogía el pelo en una cola apretada a él le costaba expresarse,
parecía no poder decir lo que pensaba. Pero cuando ella se fue, todo se fue a
la mierda. Nunca más volvió a ser el mismo.
A medida que su pelo
crecía, al principio aumentó su producción literaria, pero luego, entre más
tiempo pasaba, sus ideas se fueron enredando, a la par de sus greñas que poco a
poco se convirtieron en una extraña mala versión de los dreadlocks de los rastafaris. Fue ahí cuando le empezaron a decir el
Loco. Bueno para ser justos y no culpar del todo a su mujer, su comportamiento
también contribuyó a que le pusieran ese apodo. Bebía mucho, por no decir que todo
el tiempo, cuándo aún tenía guita siempre andaba con una Stella Artois de litro
debajo de un brazo y un libro debajo del otro, luego con cualquier bebida
alcohólica de caja que estuviera al alcance de su reducido presupuesto que se
fue agotando gota a gota, mejor dicho libro a libro, pues fue vendiendo uno a
uno los ejemplares de su enorme biblioteca en las tiendas de Corrientes.
Se fue convirtiendo en un
indigente. En un desechable, como les dicen allá o en un cartonero, como les
dicen acá. Da igual cómo les digan, la pobreza es la misma en todas partes y
tiene los mismos efectos. Aquí y allá.
- ¿Si?, ¿Acá también es
así?, pensé que no era tan dura la cosa – dijo algo incrédula aunque algunas
imágenes que veía a través de la ventanilla respaldaban las palabras del
taxista.
- Y claro, que te creías,
que venías al primer mundo jajaja, pará chiquita, si acá la cosa está jodida.
Te creíste el bardo de que esta era la París de Sur América, que vivimos como
en Europa, jajaja.
- No pero, no pensé que la
cosa era para tanto.
- Mirá, ahí está otra
prueba. Un piquete.
- ¿un qué?
- Un piquete, una
manifestación, una protesta, acá las hay todos los días, por cualquier motivo,
justo o injusto, igual ya me hincharon las bolas, nos toca agarrar por otro
lado. Hay que estar preparado, conocerse las rutas, si no, te jodés.
- Pero bueno si esto pasa me
dijeron que era fácil moverse en el subterráneo.
- Y sí, claro, ahí cerca
tenés la línea D, pero será fácil cuándo no hay huelga, los del subte a cada
rato hacen paro y si no son los trabajadores no falta el que se suicida
tirándose cuando pasa el tren. Pero bueno para moverse hay una guía muy buena,
la famosa Guía T, por aquí tengo alguna que si querés te la vendo bien barata.
- ¿Y cuánto vale?
- Mmm pues por ser a vos
te la voy a dar regalada, 25 pesos, tomá, pero ahora me das la plata, cuando me
abonés lo de la carrera. Igual nos toca desviarnos, esta ruta está cortada.
Pero bueno así te acabo de contar la historia.
- Como te decía, el Loco
caminaba tambaleándose, de calle en calle, por Santa Fe, por Guemes, por
Charcas, por Araoz, por Vidt, por Mansilla, en fin por todas las vías del
sector, viendo a su amor en cada porteña de ojos verdes, y acá son muchas eh,
todas huían ante sus requerimientos amorosos. También perseguía algunos pibes,
pero no porque se haya vuelto puto, lo hacía para defenderse pues muchos lo
insultaban y le tiraban cosas a la salida de los colegios de Palermo. Nunca se
fue de ese Barrio, en el que siempre vivió desde que llegó de tu país y en el
que al principio era bien recibido. Con el tiempo nadie lo quería cerca, era entendible,
ya sus pelos y sus ideas eran algo de otro mundo.
Por increíble que fuera
sólo se lo bancaban los chinos que tenían un supermercado en Charcas y Medrano,
y eso que los chinos son todos unos hijos de puta. Claro que en parte era una
compensación, ¡tanta birra que les compró el loco cuando todavía tenía guita!.
- ¿Y es que hay muchos
chinos?
- Ja, muchos no es
palabra, son una invasión, es más son una mafia, ya lo verás, son los dueños de
todos los supermercados de barrio. Es como si distribuyeran el territorio, cada
dos o tres cuadras te topás con uno y explotan a los pobres paraguas y bolitas.
- ¿paraguas y bolitas?
- Paraguayos y Bolivianos,
o que tenías en mente, ¿un país lleno de blanquitos? No si acá hay mucho
morocho, incluso el argentino es morocho, porque una cosa es el argentino y
otra el porteño. Ya te darás cuenta vos misma. Peruanos también hay muchos, son
los que manejan la merca, el narco.
No se refirió a los
colombianos y la pasajera que ya se había acostumbrado a la impertinencia del
narrador prefirió no preguntar.
- Y bueno, como te decía,
los únicos que se lo aguantaban eran los chinos de ese super y por las noches
lo dejaban dormir en la bodega y en el día le daban algo de comer en el
restaurante que tenían a la vuelta, sobre Salguero. Y bueno también en una parrilla,
“En lo de Bebe” que traducido al colombiano sería algo así como “En donde
Bebe”, está muy cerca de donde te llevo, ahí a media cuadra de Scalabrini.
Bueno ahí le daban algo de lo que sobraba durante las noches para él y su
compañera.
- ¿Su compañera?
- Sí. Porque es que no
terminó solo, siempre lo acompañaba su gata, La Negra, aunque en realidad se
estaba volviendo medio mona, medio atigrada. Era como su sombra. Ese animal sí
que lo amaba, casi tanto o igual que su mujer, con la diferencia de que nunca se
separó de él. Era rara la relación entre esos dos. Yo creo que si la gata
hubiera aprendido a peinarlo con sus hábiles uñas retractiles, la cordura le
hubiera vuelto a la cabeza y hubiera podido volver a vivir como alguien normal,
sin embargo ella se contentaba con darle cariño, con ronronearle, con abrigarlo
con su cuerpo peludo en los días invernales. Y él le correspondía con su amor,
calentándola con aliento, con su constante tufo a alcohol y compartiendo la
poca comida que le regalaban. Hacían buena pareja, además la Negra también tenía
ojos verdes, como Emilia.
Nunca se volvió a saber a
ciencia cierta del paradero del Loco, se marchó después de que varias minas de
ojos claros desaparecieran y ante la falta de pistas las autoridades haciendo
caso a simples rumores lo señalaron como principal sospechoso. Igual varias
chicas parecidas a Emilia se han seguido perdiendo sin dejar rastro desde
entonces.
- Solo dice esas cosas
para hacerme asustar.
- Bueno, ya vamos
llegando. ¿Nicaragua y Malabia me dijiste?
- No sé, espere miro…
Nicaragua 4515.
- Es a dos calles de acá.
Entre Malabia y Armenia, bonito lugar eh, muy cheto. El mismo barrio del loco.
- Qué historia tan rara.
Ojalá no me lo encuentre, yo también tengo los ojos verdes, dijo entre risas a
punto de despedirse.
- ¿Y cómo sabe tanto sobre
el tal loco?
- Ah, ¿no te lo imaginás?
Nadie puede contar una historia si no la ha vivido, ni que fuera Dios, por eso no
les creo mucho a los libros que usan narrador omnisciente.
- No me había dicho que le
gustaba la literatura.
- No nena, ¡cómo se te
ocurre!, prefiero no alborotar el cerebro porque como ves puede ser dañino, por
eso yo soy pelado por voluntad propia, me cuido de quitarme hasta el último
pelo, para no pensar. Solo me debés 300 mangos y algo más, toda un ganga, dijo
arrancando el vehículo con dirección desconocida.
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