lunes, 27 de junio de 2011

¿Minería a cualquier costo?

Cuando el presidente Santos habla de la Minería, se refiere a esta actividad económica como una de las locomotoras encargadas de jalonar el desarrollo del país. Las excelentes proyecciones del sector bien le permiten emplear esta metáfora. Sin embargo el costo ambiental y social de la explotación minera queda erróneamente en segundo plano, opacado por los millones de dólares de las exportaciones, las regalías y las licencias a grandes multinacionales que extraen nuestros recursos.

Mucho revuelo ha causado entre los ambientalistas el caso del páramo de San Turbán (Santander) en donde la empresa canadiense Greystar fue autorizada para explotar los yacimientos de oro en la principal fuente de agua de la región, sin importar los efectos comprobados que los químicos empleados en la extracción del metal causan en el vital líquido.

Y esta es solo la punta del iceberg. En el territorio colombiano hay 8 millones y medio de hectáreas que cuentan con título de explotación minera, de estas 108.972 están situadas en 22 de los 34 páramos que hay en el país.

Un caso evidente del deterioro causado por la minería en Nariño es el que ha sufrido el ecosistema de Yacuanquer. Este municipio tradicionalmente agrícola, famoso por su trigo y su cebada, poco a poco se convirtió en un productor de arena. Los buenos rendimientos de esta actividad y hechos como el cierre de la planta de Bavaria en Pasto, principal comprador de la cebada, contribuyeron a que muchos dieran el salto de campesinos a mineros.

Del paisaje de hace unos años, que al contemplarlo traía a la mente la popular frase “Nariño tapiz de retazos”, queda poco. Muchas parcelas que antes estaban sembradas de maíz y papa o donde ondeaban las espigas a ritmo del viento hoy son terrenos agujereados. En aquellos lugares donde los mineros sacaron hasta el último grano de arena sólo quedan enormes socavones que ponen en riesgo la estabilidad del terreno y la seguridad de la gente que habita cerca. Esta situación fue reconocida por Corponariño, entidad que tras varios estudios y visitas a la zona emitió en 1.999 la resolución 155 “por medio de la cual se prohíbe las explotaciones mineras subterráneas en los municipios de Yacuanquer y Tangua”. Entre las razones argüidas por la Corporación ambiental para tomar esta decisión se destacan: “El considerable impacto negativo, generado por la inestabilidad del suelo y subsuelo”, “El deterioro morfológico y paisajístico en los sectores de explotación” y “el impacto negativo sobre el recurso agua, ocasionado por el arrastre de sedimentos hacia los diferentes cauces”.

Sin embargo, doce años después de expedida esta normativa las volquetas cargadas de arena siguen transitando por las veredas y las calles de Yacuanquer. Las excavaciones y nuevas minas son cosa de todos los días ante la mirada pasiva de la mayoría. Las autoridades no actúan de oficio, sólo lo hacen cuando alguien acude a entes como la Procuraduría Agraria o la Fiscalía, denunciando a los responsables por el delito de explotación ilícita de yacimientos mineros.

Por otra parte, como si el daño ambiental fuera poco, en las zonas en donde se concentra la producción minera se presenta de forma paralela un deterioro del orden público y un crecimiento en los índices de violación a los derechos humanos.

Según el último informe de la Consejería para los Derechos Humanos y el Desplazamiento –CODHES- cuando ocurren las llamadas “fiebres” mineras “pululan desde mineros artesanales hasta las multinacionales poderosas, y atraídos por la riqueza presente y futura, medran guerrillas, paramilitares, bandas criminales, funcionarios corruptos y otras yerbas”. “El deber del Estado es combatir toda forma de ilegalidad y proteger el medio ambiente”, concluye. (ver documento)

Dos municipios nariñenses: Barbacoas y Samaniego se incluyen en el informe como poblaciones en alto riesgo por este factor.

Capítulo aparte merecen otros aspectos oscuros como los 216 muertos que, según la Defensoría del Pueblo, dejó la explotación minera sin las medidas de seguridad debidas o el elevado número de menores que trabajan en las pesadas labores propias de la extracción de recursos minerales.

Bienvenido sea el desarrollo de la minería y el impulso que este sector pueda darle a la economía pero no a cualquier costo.

Un último apunte. Hace poco volvió la planta de Bavaria a Nariño, ojalá la gente de Yacuanquer vuelva a sembrar cereales. De lo contrario tendrán que cambiar el nombre a su equipo de fútbol de Trigalia a Los Areneros. Personalmente prefiero el primero.


@Tirso_Benavides en Twitter

domingo, 20 de marzo de 2011

PROPÓSITOS DE UN URIBISTA CONVERSO



(caricatura de Matador)

Aburrido de que me digan mamerto, comunista o socialista; cansado de que en Facebook me acusen de guerrillero y narcoterrorista; desilusionado de azules, rojos, amarillos y verdes; fatigado de ir contra la corriente, he tomado una firme decisión: a partir de hoy seré uribista. Dejaré de lado mi individualidad y me sumaré a la masa informe que idolatra y clama por el regreso del mesías paisa a la Casa de Nariño.

Pero no seré un uribista cualquiera. No señor. Nunca seré como esos copartidarios falsos que se sienten a gusto con la gestión de Santos. Eso sí que no. Yo seré un uribista pura sangre y con ese fin me he hecho los siguientes propósitos:

No seguiré a periodistas parcializados como Coronell, Zuleta, Bejarano, Caballero o María Jimena Dussán, defensores de los intereses del narcoterrorismo. De ahora en adelante sólo me informaré a través de espacios objetivos y progresistas como los programas y columnas de prohombres como José Obdulio Gaviria, Plinio Apuleyo y Fernando Londoño Hoyos.

Creeré a ojos cerrados la tesis de que el paramilitarismo ya no existe gracias a la exitosa negociación de Ralito y la posterior desmovilización dentro del proceso de Justicia y Paz. Las denominadas Bacrim son un fenómeno criminal nuevo, consecuencia de la falta de mano dura del actual gobierno. Nada tienen que ver con los paramilitares, aunque estén conformadas por ex paracos que nunca se desmovilizaron o que volvieron a delinquir.

Negaré la existencia de los llamados “Falsos Positivos”. Los más de mil casos de jóvenes asesinados que se han denunciado a la justicia no son otra cosa que bajas de guerrilleros en combate con el glorioso Ejército Nacional. No importa que algunos de estos cuerpos aparecieran con botas nuevas y puestas al revés o que estuvieran ultimados a tiros sin que los orificios de bala se vean en los uniformes, ni tampoco que muchos de estos “combatientes” padecieran enfermedades físicas y psicológicas que los incapacitarían para la guerra.

En pro de la equidad apoyaré siempre programas como Agro Ingreso Seguro, en el que se entregaron millonarios subsidios con dineros públicos a los más ricos del país. Con programas como este también se benefician los más pobres, quienes al no poder convertirse en dueños evitan la carga impositiva que implica tener una propiedad.

Defenderé siempre a la familia como el núcleo de la sociedad y pondré a la mía por encima de todo, como lo hizo el magnánimo Uribe de forma Franca. De este modo aprovecharé cualquier posición privilegiada en lo público o lo privado para favorecer los intereses patrimoniales de mis hijos, hermanos y parentela hasta cuarto grado de consanguineidad.

Seré un convencido de que la Confianza Inversionista fue un logro posible gracias a la seguridad que proyectaba en los empresarios la presencia del excelso líder en el solio de Bolívar y no a la infinidad de exenciones de impuestos con que se vieron favorecidos los inversionistas.

Por último y como condición previa me haré una lobotomía, la única forma de ser un uribista a carta cabal.

miércoles, 16 de marzo de 2011

VIDA URBANA, FLEXIBILIDAD Y DESARRAIGO


La ciudad, ese espacio heterogéneo y complejo, se ha convertido a inicios del siglo XXI en el ámbito habitual del actuar del hombre contemporáneo. La cantidad de gente que convive, con orígenes e intereses tan disímiles hacen que la ciudad ofrezca a sus moradores, según Richard Sennet,[1] “la posibilidad de desarrollar una conciencia de sí mismos más compleja y más rica”. La coexistencia habitual con desconocidos y el elevado nivel de anonimato que se vive en las grandes ciudades –si lo comparamos con la familiaridad que se ve en las pequeñas localidades- permite que los individuos asuman varios roles al mismo tiempo, pudiendo “desarrollar múltiples imágenes de sus identidades”.[2]

Colombia no ha sido ajena al proceso mundial de urbanización de la población. Hace poco más de un siglo, en el año 1900, menos del 10% de la población era urbana, esta cifra ascendió al 30% en 1930 y al 70% en el último censo realizado en 1993.[3] Las causas de las migraciones son muy variadas, algunos llegaron voluntariamente en busca de mejores opciones laborales y económicas cuando la agricultura cedió terreno ante el sector industrial y otros –en los reiterativas etapas de violencia- fueron obligados por los grupos armados a abandonar sus tierras, y lo peor su modus vivendi, sus costumbres y su modo de ganarse el sustento diario. Huyen a la ciudad para seguir sobreviviendo.

Ya sea que la migración sea voluntaria o forzosa, con fines preestablecidos o porque ‘toca’, la ciudad se abre para recibir a un gran cúmulo individuos que tiene como único elemento común el vivir en una misma urbe, pero cuyas identidades divergentes no les permiten asimilarse como iguales y desarrollar un cierto grado de fraternidad por nuestros conciudadanos. Por esto es necesario lo que el filósofo Emmanuel Levinas denomina “proximidad del desconocido”, ser concientes de que todos compartimos intereses comunes al compartir el mismo hábitat de cemento. El concepto de identidad cambia en el marco de las grandes metrópolis, ésta entendida como “La imagen que tenemos de nosotros mismos”[4] varía convirtiéndose en lo que el teórico de la comunicación Miguel Rodrigo Alsina llama identidad intercultural en la que se reconocen valores ajenos a los nuestros y se respetan y toleran aceptando que se hace parte de un ‘megaetnia’, la occidental. “Partiendo de la relativización de nuestra cultura nos llevará a la comprensión de otros valores alternativos y a su factible aceptación”[5] explica.


LA FLEXIBILIDAD LABORAL

El factor económico es de gran trascendencia en la vida de todo ser humano, máxime si consideramos que su subsistencia en un mundo donde domina el libre mercado depende de su desenvolvimiento en dicho marco liberal. Según denuncia Boaventura de Souza Santos[6], el mercado desbordó su poder y tuvo un desarrollo “hipertrofiado” en detrimento del Estado y de la comunidad. Hoy los intereses que reinan son los del mercado, más ahora cuando las teorías neoliberalistas son las que imperan en el nuevo contexto globalizado.

Richard Sennet afirma que esta flexibilización en las relaciones laborales, combinadas con las nuevas características de mundialización que poseen los mercados y los avances en las telecomunicaciones, tienen como consecuencia un desarraigo, un desapego de la ciudad como aspecto físico, que a la vez conlleva una superficialidad en las relaciones del individuo a todo nivel (urbano, laboral, político e incluso familiar).

El hombre siempre ha buscado organizar su trabajo y la producción, fue así como en el desarrollo de la sociedad industrial Weber estableció el modelo burocrático, piramidal en el que la jerarquía ejercida de manera vertical se asemejaba mucho a la estructura militar, con una cabeza y varios empleados que se limitan a obedecer; además instituyó la división del trabajo y la especialización. Con el tiempo se buscó hacer más flexible y ‘democrática’ la participación en las empresas, surgieron entonces organizaciones horizontales, conformadas por un centro (que dirige y dicta las ordenes) y varios grupos que trabajan compitiendo entre sí, donde obtienen ganancias sólo quienes mejor lo hagan. Así se establece un sistema en el que el trabajo como tal no tiene valor sino en el que solo “el ganador cobra” según palabras del economista Robert Frank.[7]

Aunque en nuestro país el régimen laboral indica que los contratos de trabajo si no se determina lo contrario deben entenderse en principio como a término indefinido,[8] la práctica nos demuestra que en realidad el porcentaje de nuevas vinculaciones con este tipo de contrato es mínimo. Más después de la última reforma laboral del presidente Uribe. Los contratos temporales, por obra, o por nuevas modalidades como el outsourcing son las formas más comunes de vinculación laboral. Estas formas de relación impiden que haya un acercamiento real entre el trabajador y la empresa y sus compañeros, que con seguridad no sentirán la empresa ‘como suya’, sin embargo los empresarios las prefieren por su menor costo en lo que a cargas prestacionales se refieren. De esta manera, esfuerzos políticos como el establecimiento de un Estatuto de seguridad social[9] son vanos pues ante la disyuntiva de aceptar este tipo de relaciones económicas inestables o ‘morirse’ de hambre, el individuo no lo piensa dos veces.

De Souza Santos denuncia tal hecho como la “transformación de la clase obrera en mera fuerza de trabajo” además asegura que esta “flexibilización, o mejor, precarización de la relación salarial que por todas partes han venido siendo adoptadas: disminución de los contratos de trabajo por tiempo indeterminado, substituidos por contratos a término fijo y de trabajo temporal, por el trabajo falsamente independiente y por la subcontratación, por el trabajo a domicilio” conlleva consecuencias de mayor gravedad en el que la inseguridad laboral y la continua competencia en la que están inmersos los trabajadores en un mercado reducido se han convertido en “poderosos instrumentos de neutralización política del movimiento obrero”.[10] 

En la misma línea pero con una visión un tanto menos crítica Javier Echeverría expone en Telépolis su visión de las nuevas ciudades, determinada totalmente por la globalización y las nuevas posibilidades que ofrecen al hombre los adelantos en tecnología y comunicación. Analizando la economía de esta nueva ciudad el autor asegura: “la novedad fundamental es la siguiente: el mercado ha invadido las casas y, al hacerlo ha generado nuevas formas de relación económica”,[11] asegura que la nueva estructura social requiere un nuevo mercado propio de telépolis en el que se altera la “estructura misma de la terna producción/ comercio/ consumo.”[12] Estas nuevas formas que para algunos son muestras de libertad son en realidad mecanismos que aíslan al individuo, negando la oportunidad de generar grupos fuertes, permanentes que defiendan en conjunto los intereses comunes. Una primera prueba de ello es el debilitamiento del movimiento obrero y el desconocimiento de derechos básicos como el de asociación sindical.

Este desinterés por los demás, así pertenezcamos a círculos comunes (aulas de clase, fábricas, oficinas) se refleja en la participación casi nula de los sujetos en la vida común de la sociedad, de su apatía por la política entendida como la participación en lo público para guiar los esfuerzos aunados de toda la comunidad hacia el bien común y el bienestar general de la comunidad. Cada quien se preocupa por lo propio, por sus intereses, esperando sobrevivir en una especie de selección natural determinada por la economía (capitalismo global). De Souza Santos[13] dice que la teoría liberal al diferenciar sociedad civil del Estado, contribuye a la pasividad del ciudadano, quien sólo recibe y acata ordenes pero no participa en la toma de decisiones, es un espectador más de un espectáculo.

Este carácter de espectador que ha adquirido el individuo en el contexto contemporáneo será mucho más marcado en cuanto el desarrollo en las telecomunicaciones aumente. Los medios masivos se establecen como el reemplazo de la tradicional ágora griega. “Nadie en su sano juicio dudaría de que los mass-media constituyen el escenario por antonomasia para la cosa pública.”[14] Así la vida pública, el interés general, la comunidad, la participación ciudadana, la cívica van siendo conceptos cada vez más lejanos al individuo quien concentra todo su esfuerzo en el desempeño adecuado en sus labores que asegure su sostenimiento, sin distracciones innecesarias (como para algunos la política) que pongan en riesgo su supervivencia en el mercado laboral. Primero esta la resolución de las necesidades básicas que el ejercicio de una verdadera ciudadanía.

El riesgo mayor que anuncia Sennet es el traslado de estas formas superficiales de intersubjetividad al grupo familiar, que se verá totalmente desfigurado si las relaciones se caracterizan por la temporalidad y la falta de cooperación entre sus miembros. Para ello la comunidad internacional y la mayoría de los estados (entre ellos Colombia), se ha visto en la necesidad de proteger la familia como el “núcleo fundamental de la sociedad”[15] y de crear una serie de medidas tendientes a proteger la familia y su unidad; orientadas en últimas a que las relaciones de respeto, igualdad, amor, tolerancia y colaboración mutua que deben caracterizar la familia como primer centro de socialización del menor se vean reflejados en sus actuaciones futuras como ciudadanos responsables[16] preocupados no sólo por su intereses individuales sino actuando con conciencia de pertenencia a una colectividad que aunque caracterizada por su divergencia tiene finalidades comunes.

El panorama para los trabajadores no es fácil, más con las cifras macroeconómicas que no son alentadoras. Si esto pasa en la ciudad, en el campo las cosas no son mejores, por eso los trabajadores deben unirse para defender sus intereses, no de una manera egoísta, si no buscando el desarrollo conjunto con las empresas, sin que los derechos e intereses de alguno resulte lesionado. Trabajadores y empresarios se necesitan mutuamente y si los dos sectores están bien, la economía marchará mejor para todos.

[1] SENNET, Richard, “La Nueva Sociedad Urbana”, En: Le Monde Diplomatique, Abril 2002.
[2] Ibib.
[3] ZAMBRANO Fabio, “Más ciudades y ciudadanos”, En: Semana, No. 1054, Bogota, julio 2002.
[4] ALSINA, Miguel Rodrigo, “Comunicación Intercultural”, Ed. Piados, Barcelona. 2001.
[5] Ibid.
[6] DE SOUZA SANTOS, Boaventura, “De la Mano de Alicia” Ed. Uniandes, Bogotá, 1998, p 287
[7] Citado por SENNET, Richard. Op. Cit. P.12
[8] Decreto 2351 de 1.965. Artículo 5.
[9] Ley 100/ 1992. Sistema de seguridad social integral.
[10] DE SOUZA SANTOS, Boaventura, Op cit. P. 309.
[11] ECHEVERRÍA, Javier, “Telépolis” Ediciones Destino, 1994, Barcelona, p.63
[12] Ibid. P.64
[13] DE SOUZA SANTOS Boaventura. Op. Cit. P.283-284.
[14] ECHEVERRÍA, Javier, Op. cit. P.23
[15] Constitución Política de Colombia, 1991. Art. 5
[16] CORTE CONSTITUCIONAL, Colombia, Sentencia T-182/99

domingo, 19 de diciembre de 2010

LA IMPORTANCIA DE USAR EL LENGUAJE ADECUADO PARA NARRAR EL CONFLICTO ARMADO

En la labor diaria de cubrir el conflicto muchos comunicadores incurren en el error de emplear términos inexactos o que implican juicios de valor. Este uso incorrecto de las palabras puede llevar a que el periodista distorsione la realidad que pretende contar y/o tome partido por alguna de las partes, infringiendo así la ética profesional.  ¿Qué hacer para evitar que esto suceda?


El conflicto armado ha sido protagonista de primer orden en la historia reciente de Colombia. Desde la Guerra de los Mil Días, a finales de 1900, pasando por las luchas interpartidistas del siglo pasado, la cruenta batalla contra el narcotráfico de los ochentas y hasta la actual confrontación con grupos guerrilleros, que ya cumple 50 años, la violencia propia de la guerra ha sido parte del acontecer diario.

Es así como las noticias, las imágenes, las crónicas y reportajes con contenido bélico explícito han hecho y hacen parte habitual de la agenda de los medios de comunicación en el país y son un producto informativo habitual para sus audiencias.

Estas circunstancias adversas hacen que el ejercicio del periodismo no sea una tarea fácil y que la profesión sea considerada como de alto riesgo. Así lo demuestran las cifras, según la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) , en Colombia fueron asesinados por razones de su labor informativa 118 comunicadores en los últimos 25 años, a manos de actores de toda índole, siendo uno de los países en donde más se vulnera el goce del derecho a la información y la libertad de expresión.

La Constitución Política colombiana reza en su artículo 20: “Se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su pensamiento y opiniones, la de informar y recibir información veraz e imparcial, y la de fundar medios masivos de comunicación. Estos son libres y tienen responsabilidad social. Se garantiza el derecho a la rectificación en condiciones de equidad. No habrá censura.” . Es decir, se consagra la libertad de información y expresión pero se establece a la vez, como un derecho de las audiencias, que los contenidos difundidos cumplan con dos condiciones: la veracidad y la imparcialidad.

Sin embargo una cosa es lo que está impreso en el papel y otra cosa es lo que sucede en la práctica cotidiana del periodismo.

La labor informativa en condiciones irregulares, como las que se viven en un conflicto armado, se ve afectada en su calidad. Esto se debe a que los periodistas trabajan inmersos en un contexto en el que situaciones como las presiones provenientes de los actores armados enfrentados, amenazas de todo tipo y origen, los intereses políticos del medio en el que se trabaja, la dificultad de acceso a la información de primera mano, entre otros, son cosa de cada día.

Ignacio Gómez, subdirector de Noticias Uno y presidente de la FLIP en Colombia, explica está situación. “Muchas veces, por miedo, los periodistas no cuentan la verdad completa, se limitan a repetir las versiones oficiales, no consultan a todas las fuentes pertinentes o aplican la autocensura para salvaguardar su integridad física y la de sus familias” , por ello la versión que construyen y transmiten no es fiel a la verdad y/o a la imparcialidad que exige el ejercicio de la libertad de información.

Otro aspecto que influyó de manera notable en el cubrimiento de los hechos violentos fue la actitud del Gobierno Nacional del ex presidente Álvaro Uribe quien pública y reiteradamente negó la existencia de un conflicto interno en Colombia , a pesar de las víctimas mortales y los millones de desplazados que deja la guerra.


Una forma sutil de tomar partido

Al revisar con detenimiento las secciones dedicadas al cubrimiento del conflicto armado de: El Tiempo, el diario de circulación nacional más leído (1.139.052 lectores diarios, según el Estudio General de Medios 2010) y de la revista Semana, que ha sacado a la luz algunos de los sucesos más cruentos del conflicto como los denominados “falsos positivos” de los que trataremos más adelante, es fácil notar que existen palabras que se repiten con gran frecuencia y que han ido conformando un tipo especial de léxico para contar la guerra a través de los medios masivos.

Términos como atentados, masacres, secuestrados, desplazamiento, “falsos positivos”, bombardeos, bajas, “pescas milagrosas”, milicianos, paramilitares, bloques, frentes, cuadrillas, batallones, aviones “fantasma”, cilindros bombas, minas “quiebrapatas” y muchos otros, más propios de la jerga militar, son familiares para la mayor parte de la sociedad colombiana que vive el conflicto armado a través de los medios de comunicación.

El uso de los términos es una cuestión muy importante a la que muchas veces, por la cotidianidad del trabajo periodístico, erróneamente no se le presta mayor importancia.

El empleo de una u otra palabra implica la toma de posiciones por parte del periodista, quien en ocasiones no tiene conciencia de este hecho. Como explica la doctora en Comunicación y profesora de la Universidad de Navarra Teresa Sábada: “Una de las cuestiones más conflictivas para cumplir con esta supuesta objetividad es el lenguaje que se utiliza, porque en muchas ocasiones, el uso de determinados vocablos, implica ya un juicio de los acontecimientos, una valoración. Además, el uso de determinadas palabras tiene una incidencia directa en la configuración pública de los sucesos y por lo tanto en su planteamiento político” .

Un análisis sobre el uso de dos palabras: narcoterrorista y paramilitar es útil para demostrar este fenómeno.
Al buscar en los archivos digitales encontramos que sobre el término narcoterrorista existen 344 artículos en Semana y cerca de seis mil noticias en El Tiempo. Esta palabra empezó a usarse en la década de los ochenta para referirse a los narcotraficantes, con el mítico Pablo Escobar a la cabeza, que recurrieron a alevosos actos terroristas que atemorizaron a todo el país con el objetivo de conseguir la prohibición de la extradición de nacionales hacia los Estados Unidos.

Con el paso de los años, el mismo término comenzó a emplearse por parte de las fuentes oficiales del Gobierno y militares para referirse a los guerrilleros de las FARC y el ELN. Debido al uso frecuente esta palabra se incorporó poco a poco en el léxico habitual de los periodistas que adoptaron de forma implícita, al reproducir el término y su acepción, la versión oficial que vincula a los grupos subversivos con el control del tráfico de estupefacientes, actividad sobre la cual los voceros de la guerrilla solo reconocen el llamado “gramaje” que es un impuesto sobre la droga que se produce en los territorios controlados por las organizaciones ilegales. También se establece una relación directa con actividades terroristas.

Los periodistas también asumen una posición al emplear la palabra paramilitar. Este término utilizado para referirse a los miembros de los ejércitos ilegales creados por la extrema derecha implica una relación directa de los grupos armados al margen de la ley con las Fuerzas Militares de Colombia. Relación que el Gobierno solamente reconoce como casos aislados de algunos hombres y no de la institución. Quienes pertenecen a estos grupos prefieren referirse a sí mismos como “autodefensas”, denominación que conlleva el argumento de Legítima Defensa contra la guerrilla al que apelan los voceros de estos cuerpos armados para justificar su actuación criminal.

Tras la desmovilización negociada de estos grupos con el Gobierno, a pesar de que muchos de los hombres no volvieron a la vida civil y se reorganizaron en otros ejércitos que siguen actuando igual que sus antecesores, las palabras paramilitar o autodefensas desaparecieron del argot oficial. Estos nuevos escuadrones, formados por los mismos combatientes y empleando los mismos métodos, ahora son llamados Bandas Criminales o Bandas Emergentes.


Para que suene menos feo

En otras ocasiones la tergiversación de la realidad a la hora de informar sobre el conflicto sucede cuando se emplean algunas expresiones a modo de eufemismos detrás de los cuales se esconde la dureza de la guerra. Son muestras claras de esto los casos de las llamadas “pescas milagrosas” y los “falsos positivos”.

Bajo el piadoso nombre de “pesca milagrosa” se escondía el horror de un secuestro colectivo, en cualquier carretera colombiana, en el que al azar la guerrilla privaba de la libertad a cualquier civil. Esta conducta implica la comisión de un delito grave, la retención de civiles, que es también una violación flagrante al Derecho Internacional Humanitario y que debería nombrarse y denunciarse en los medios usando su denominación específica: Secuestro.

Algo similar sucede en el caso que en Colombia se conoce como los “falsos positivos”. A alguien ajeno al contexto y al acontecer del país jamás se le pasaría por la cabeza que con esta expresión acuñada por el entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, se denominen las más de dos mil ejecuciones extrajudiciales de jóvenes marginales a manos de soldados del Ejército Nacional. Son Ejecuciones, asesinatos a sangre fría por los que ya existen pronunciamientos judiciales, que en los medios masivos y entre la gente del común se siguen denominando un “falso positivo”.

Aunque dentro del contenido de las notas se explique en qué consisten los hechos atroces que hay detrás de estas denominaciones adoptadas por consenso general, al no usar el término unívoco, directo, se pierde el impacto que conlleva una información en la que están implicadas la vida y la libertad de las personas. Los acontecimientos pierden interés y trascendencia entre la audiencia que no está familiarizada con las expresiones empleadas y que no entienden de primera mano que de lo que se trata son gravísimas violaciones a los Derechos Humanos.


¿Qué deben hacer los periodistas?

A pesar de las condiciones adversas que deben enfrentar los comunicadores que se dedican a contar el conflicto, sigue siendo su deber ético y profesional acercarse lo máximo posible a la realidad y en el periodismo informativo no inclinarse por uno u otro bando. ¿Cómo lograrlo en el problemático contexto descrito?

Una posible respuesta proviene del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Por medio de talleres con periodistas de todas las regiones del país, esta organización no gubernamental promueve el conocimiento y el empleo habitual del lenguaje especializado del Derecho Internacional Humanitario entre los profesionales de la comunicación.

“En contextos como el que prevalece hoy en Colombia, se ha podido constatar que la utilización errónea de expresiones que tienen un significado preciso en el derecho internacional humanitario y designan conceptos de exigencias muy determinadas, tales como ‘zonas de seguridad’ y ‘zonas neutrales’, ha podido suscitar en el seno de la población esperanzas que, de hecho, han aumentado el riesgo que corre”. Afirma Yves Sandoz, Director del CICR

El reto para los periodistas consiste entonces en aprender las palabras y términos exactos, inequívocos, con los que el DIH denomina puntualmente los diferentes fenómenos y protagonistas que usualmente hacen parte de los conflictos armados internos que regula, como el que afecta a Colombia.

De esta manera los periodistas emplearán las palabras a sabiendas de lo que realmente significan, sin prestarse a cuestiones propagandísticas. La información al ceñirse a la verdad crece en calidad y los espectadores podrán hacerse una idea más fiel con la realidad que perciben a través de noticias. También al denunciar los horrores de la guerra sin tapujos es posible generar en las audiencias un sentimiento crítico y buscar su movilización en contra de los crímenes que hay detrás de los titulares.

Para el CICR, el papel de los periodistas en la resolución de los conflictos armados es fundamental y el buen uso del lenguaje es un clave. “La palabra utilizada con fines de propaganda no hace más que crear confusiones entre los hombres de armas, así como entre las personas protegidas por el derecho internacional humanitario. En cambio la palabra utilizada con el afán de vedad permite poner en marcha, paso a paso, procesos que refuerzan la confianza y facilitan la comprensión entre los beligerantes y que pueden incluso, por este hecho, contribuir al restablecimiento de la paz”.

Al tener conciencia de este hecho las empresas informativas deben empeñarse en que sus trabajadores conozcan esta terminología, incluso establecer este lenguaje en los manuales de estilo. Por su parte los periodistas, de manera personal, deben considerar el empleo correcto del lenguaje como un reto ético de la profesión que contribuya, como dice Robert Alexy, a que “cada palabra que no distorsione la realidad, sino que, por el contrario, trate de traducirla, puede contribuir a resolver muchos problemas generados a menudo por incomprensiones, tanto como por falta de acuerdos entre los protagonistas”.

Como se evidencia en el escrito una sola palabra mal empleada puede cambiar por completo el significado de un texto, puede describir situaciones diferentes a las reales e incluso puede llevar de manera implícita a que el periodista se parcialice por una de las partes en conflicto. No es lo mismo decir narcoterrorista que actor armado o combatiente, no es lo mismo un prisionero de guerra que un rehén o un secuestrado, ni es lo mismo hablar de un “falso positivo” que de una ejecución extrajudicial. De ahí la importancia y el valor que en términos de ética periodística y calidad informativa adquiere el uso del lenguaje adecuado en la narración noticiosa de un conflicto armado como el colombiano.


martes, 22 de junio de 2010

INTOXICADO DE TRISTEZA

Estoy intoxicado de tristeza,

Y no es el alcohol, es tu ausencia

Que me parte el alma, y mi corazón sin coraza

A pesar de su doble resistencia.



Estoy intoxicado de tu amor

Y eso me gusta, y no lo niego

No amarte sería lo peor

Y asumo mi propio riesgo.



Estoy intoxicado de tus besos

Si no los tengo, me pregunto

Y eso?



Nos amamos, y lo sabes bien

Estamos juntos, tu y yo

Y si no con quién?

lunes, 14 de junio de 2010

TARDE DE LLUVIA, OYENDO A CORTÁZAR

Nada mejor que oír esa voz afrancesada, esas palabras,
en esta solitaria tarde porteña, gris, casi negra,
sintiendo el caer rítmico de las gotas,
a la espera de la frialdad de esa primera roca de granizo.

Nada como el frío que me da tu ausencia,
que detiene el ritmo del corazón que te ama,
que se vuelve piedra, piedra congelada,
cubierta de escarcha, que sólo derrite tu mirada clara.

Con vos el verano se extiende por meses
y la primavera se hace cotidiana
el gris desvanece, el negro no existe
y el calor del cuerpo se hace permanente.

Las únicas gotas, son las que sudamos
que caen de nosotros cuando nos amamos
el agua nos cubre, igual que el amor
en nuestra duchita, que es sólo pa dos.



APLASTAMIENTO DE LAS GOTAS (CORTÁZAR)

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.


 


martes, 18 de mayo de 2010

NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO

El hombre llevaba cerca de tres meses viviendo en Medellín. Lo más difícil en el proceso de adaptación a su nuevo espacio no fue ni la gente, ni las calles que en un principio eran desconocidas, o por lo menos todas iguales, ni siquiera el hecho de que extrañara a las pocas personas con las que había compartido en su antiguo domicilio, la fría capital, donde el sol era un visitante de algunos pocos días. Lo que más le costaba soportar era el clima, no tanto por el sopor que provoca una temperatura media de 24 grados, sino por otras consecuencias relacionadas directamente con el tiempo.

Maximiliano –quien prefería que le llamaran Máximo, para satisfacer su egocentrismo o por lo menos afianzarlo- era un joven abogado muy exitoso. A sus 30 años había logrado en lo económico más de lo que un hombre con un trabajo promedio añoraría al momento de su retiro.

Gracias a las influencias de su familia, muy bien relacionada en los círculos del poder político, había logrado ocupar importantes cargos burocráticos en el sector público, y eso a pesar de su poca, o mejor, mediocre preparación, en una universidad cualquiera. Los altos salarios, y los dineros “extras” -nunca ausentes en trabajos de este tipo- le había permitido llevar una vida bastante cómoda y forjar una pequeña fortuna.

Las más recientes elecciones definieron el destino de Máximo. El Partido de la U (U de Uribe, U de ultraje a los derechos humanos, U de ultraderecha, U de Un hijueputa tirano en el poder) que por ese entonces era contrario al Liberalismo, partido en el que militaba, ocasionó su traslado a la ciudad de la eterna primavera.

Cuando bajó del avión no percibió ningún cambio en el ambiente, esto sólo ocurrió cuando llegó al apartamento que sería su residencia, el aire acondicionado del aeropuerto y del elegante vehículo que lo recogió en Rionegro hizo imperceptible la variación climática. Sin embargo en cuanto Máximo llegó al lugar que había alquilado en el Poblado, el más exclusivo sector de la ciudad, se percató de lo incómoda y hasta insoportable que sería la temperatura ambiente de su nuevo hogar. Comenzó a sudar a chorros, como si le hubiera caído un balde de agua, la humedad hizo que su ropa se adhiriera al cuerpo produciéndole una especie de claustrofobia que lo llevó a despojarse de la corbata y casi a arrancar su camisa, sintió una angustia que lo asfixiaba.

En un comienzo se desesperó tanto que hasta pensó en renunciar. Todo era preferible a tener que soportar esa inclemente temperatura, pero luego apelando a la razón se dijo a sí mismo en voz alta, como si tratara de convencerse: esto no es nada grave, hoy me compro un ventilador y en el presupuesto del próximo mes incluyo en los gastos de la oficina un buen aire acondicionado.

Efectivamente así lo hizo, pero nada de esto solucionó el motivo de los problemas que terminarían con su paciencia.

Máximo no tardo mucho en notar que a pesar de que su apartamento era para un habitante, en realidad no vivía sólo, compartía su espacio con un gran número de insectos a los cuales no estaba acostumbrado. Unos rastreros y otros voladores.

A todos los que volaban los agrupaba bajo el apelativo de zancudos. Lo que más odiaba de ellos eran los zumbidos que producían al volar, además para empeorar las cosas era infaltable sentir el terrible sonido, más fuerte de lo normal, que presagiaba el acercamiento del insecto al pabellón de la oreja, casi siempre en el momento en que conciliaba el sueño. Máximo soportó esos primeros días con esfuerzo. En cuanto a los insectos que recorrían el piso de la vivienda unos le desagradaban más que otros. Las cucarachas ocupaban el primer lugar en su ranking de repugnancia, cuando encontraba una en la cocina pasaba días sin comer pues imaginaba las patas velludas de los insectos corriendo sobre los cubiertos y la vajilla. También había arañas que le producían un poco de miedo y muchas hormigas que merodeaban por los rincones sin causar mayores molestias.

Los únicos bichos que merodeaban por la casa en que transcurrió su infancia en la ciudad de Pasto eran las moscas, grandes y negras, en cuya cacería ocupaba gran parte de su tiempo libre en la infancia. Desde niño sentía repulsión por todo ser viviente que considerara menor que él, lo que incluía a todo el reino animal y vegetal, incluso a la mayor parte del género humano. Era sorprendente su habilidad para acribillar a los incómodos y odiados voladores. En un principio usaba el tradicional matamoscas, seguía el vuelo de su presa con la sagacidad de un felino esperando silenciosamente el momento en que su víctima se posara para asestar el golpe mortal.

Con el tiempo el sólo hecho de matar a las moscas no fue suficiente, le repugnaban tanto que pensó que la muerte no era un castigo suficiente, asi que decidió darles un castigo mayor. En ocasiones el procedimiento era el normal, al menos en parte, sin embargo a la hora de dar el golpe, la fuerza disminuía de tal forma que el insecto no moría sino que quedaba atontado. Otra veces, lo que hacía era dispararles agua, con pistolitas que su madre le compraba, con las alas mojadas las moscas ya no podían volar y se volvían una víctima fácil. Ahí comenzaba su martirio. Como experto verdugo, Máximo tomaba a las moscas recién azotadas por el peso de la malla plástica o la presión del chorro de agua y comenzaba a torturarlas, sintiendo placer por cada uno de sus actos. Primero las cogía entre sus regordetas manos y les arrancaba sus alas, una a una, dejando un tiempo entre cada mutilación, le complacía ver la inutilidad de las moscas al tratar de volar con sólo uno de sus apéndices colgando del cuerpo. Luego les quitaba la otra para pasar a la parte más cruel: quemarlas vivas.

Lo que más gozaba era sentirse poderoso, apreciar la incapacidad de los insectos para salvarse, ser testigo de su superioridad, como un dios, aquel que da o quita la vida dependiendo de su estado de ánimo. Muchas veces, Máximo creía reconocer a una mosca a la que había perdonado incomodando nuevamente. A esas era a las que peor les iba. Cuando las atrapaba, después de arrancarles las alas las ponía sobre una hoja de papel, que doblaba a modo de cubo, dejando la parte superior abierta para poder ver. Tomaba un fósforo, lo encendía y lo ponía en la parte inferior, en las patas de la víctima que corría desesperada sobre el papel hasta el momento en que las llamas la consumían en una hoguera que para Máximo se había convertido en un ritual, en la solución final.

Con los mosquitos de Medellín no le quedaba tan fácil hacer lo mismo, eran diminutos, casi imperceptibles a la vista y mucho más ágiles al volar. Trataba de aplastarlos en pleno vuelo pero sólo conseguía aplaudir en el aire las maniobras de los insectos. Eso lo enfurecía aún más.

Una vez probó con Raid, el más poderoso insecticida que encontró en las estanterías de El Éxito. Roció todo su apartamento, la sala, el comedor, la cocina, los baños, su habitación y la de huéspedes, hasta el cuarto de servicio y se fue a dormir tranquilo, confiado en lo que rezaba la lata de aerosol “mata y sigue matando”. El veneno resultó efectivo, pero al que casi mata es a él, no tuvo la precaución de leer la letra menuda de la lata y resultó intoxicado. En la mitad de la noche se despertó asfixiado, no podía respirar bien, prendió la luz y vio que las palmas de sus manos estaban rojas, se quitó la pijama y descubrió que su cuerpo estaba lleno de manchas. Salió volando a la Clínica más cercana entre los zumbidos de los mosquitos que parecían risas de burla.

Después de este incidente optó por tomar una estrategia más defensiva que agresiva. Compró un buen repelente con aloe vera, para que a la vez humectara su piel, y que embadurnaba en su cuerpo blancuzco cada noche, así evitó las picaduras, pero no el molesto ruido al que finalmente termino por acostumbrase o amainar dejando el televisor prendido a todo volumen.

El haber perdido esta batalla hizo que cambiara de enemigos en su guerra contra los insectos. Volvió la mirada hacia el piso. Las hormigas que antes casi no notaba empezaron a ser su obsesión.

Todo empezó una noche en que tomó el vaso de Coca Cola que había dejado en su nochero y al dar el primer sorbo notó que en su boca había algo más que la gaseosa. Fue al baño, escupió en el lavamanos y vio a varias hormigas todavía vivas pataleando sobre la porcelana. Se lavó los dientes tres veces e hizo gárgaras con Listerine Mint. Volvió a su pieza, prendió la luz y vio como desde el vaso se desprendía una larga fila de estos laboriosos insectos que iban y venían. Sin explicarse cómo los que ya se iban llevaban microscópicas gotas del líquido azucarado, los que venían parecían hablar con sus compañeros que marchaban con la misión cumplida. Agarró el vaso, regó lo poco que quedaba y lo llenó de agua ahogando una buena cantidad de hormigas. Luego aplastó con sus dedos todas las que estaban sobre el nochero, siguió el recorrido de la fila y continuó con su masacre hasta rastrear que salían de un pequeño orificio en una esquina de su habitación. ¿De dónde saldrán? Se preguntó, satisfecho por la gran cantidad de bajas del enemigo.
Nunca obtuvo respuesta a esa pregunta, el hecho era que siempre aparecían. Cada vez que tardaba mucho en tomarse su infaltable Coca Cola, invadían el vaso, obligándolo a tirarlo.

Para que ya no se metieran en el vaso y arruinaran su bebida recurrió a un viejo truco que le dio su madre. Ponía el vaso en la mitad de un plato hondo lleno de agua, de esta forma quedaba protegido por una especie de fosa infranqueable. Era tal la avidez de las hormigas que muchas morían en el intento, Máximo reía al verlas flotando en el agua, inertes. Aunque resolvió el problema de la gaseosa que tomaba en cantidades para calmar la sed, lo que habían hecho los bichitos había despertado su sed de venganza. La guerra estaba declarada, toda la furia que no pudo descargar contra los zancudos se volcaría ahora por estos insectos que son el símbolo del trabajo duro y en equipo, algo con lo que tampoco se identificaba, le gustaba que los otros trabajaran para él. Una razón más para la lucha.

Todos los días era lo mismo. Apenas las veía comenzaba a aplastarlas. Pronto se dio cuenta de que era verdad aquello de que estos insectos vivían en una sociedad ordenada. A aquellas que dejaba medio muertas las recogían otras, las levantaban en vilo y se las llevaban tal como lo hacían con la comida, seguramente para tratar de curarlas. A las muertas las dejaban por más tiempo, tiradas sobre la mesita que era el campo de batalla, pero también se las llevaban. Alcanzó a imaginar un gran cementerio en algún rincón de su nido. Esta actitud solidaria que él no compartía por ser una muestra de compasión que no merecen los débiles le molestó más, decidió acabar con ellas a toda costa, ya no sólo lo molestaban con su presencia si no también con su comportamiento.

Recordó entonces sus efectivas técnicas pirómanas de la infancia y decidió recurrir a ellas, combinadas con otras que aprendió en sus lecturas de Sun Tzu, el famoso estratega chino, en especial la emboscada y el engaño. Ahora tenía una ventaja con la que no contaba cuando era niño. Como fumaba dos paquetes diarios de Marlboro siempre tenía a mano su finísimo Zippo dorado que duraba encendido más que los fósforos El Rey con que enfrentaba a las moscas. No hay pierde, pensó, dispuesto a poner en marcha su plan.

Al día siguiente, antes de salir a cenar, regó Coca Cola en su mesa de noche y en distintos puntos de su casa. También distribuyó azúcar, formando pequeños montoncitos por ahí, para él este era el señuelo perfecto y no se equivocó. Al volver vio una cantidad de hormigas que nunca antes había visto, ni cuando pisoteaba los hormigueros en sus paseos a tierra caliente. Los insectos pululaban formando manchas negras alrededor de las dulces trampas que había tendido. No perdió el tiempo y se puso manos a la obra, agarró su encendedor y lo graduó para que la llama fuera más potente e incinerar así la mayor cantidad de enemigos. El sonido crujiente que producían los cuerpos articulados mientras ardían le encantó a Máximo, al igual que el olor acre que despedían. Así fue montículo por montículo de azúcar, gota a gota de gaseosa, exterminando a todas las hormigas que trataban inútilmente de huir del feroz lanzallamas.

Después de unos tres cuartos de hora había recorrido con su arma mortal dos veces todas sus trampas, la primera exterminando, la segunda rematando, no quería dejar ninguna viva. Tras comprobar que entre las cientos, o quizás miles de hormigas, no había ni siquiera una que respirara, se fue a su cama king size, satisfecho, sintiéndose un gran triunfador y estratega. Soy un putas, fue lo último que pensó antes de caer en un sueño profundo.

Al día siguiente la gente de la oficina que dirigía, sus peleles, como él los llamaba, se sorprendieron de que Máximo no hubiera aparecido, ni siquiera llamado. No se preocuparon mucho, incluso se alegraron de que no hubiera ido, junto a sus gritos y su prepotencia. Sin embargo al tercer día de ausencia empezaron a preguntarse por la suerte del odiado jefe, se reunieron, hablaron entre si y decidieron avisar a la Policía.

Cuando los uniformados entraron forzando la puerta del apartamento, después de haber tocado el timbre en incontables oportunidades y de interrogar al portero que les informó que hace días no veía salir al doctor, no se explicaron los montoncitos de azúcar y las pequeñas manchas pegajosas que al probar notaron que eran de Coca Cola, “la chispa de la vida”, vida ausente del lugar donde no se oía ni volar un mosquito. Cuando entraron vieron el cuerpo obeso de Máximo tirado sobre la cama, como si durmiera plácidamente, no había signos de golpes o violencia, nada fuera de lo normal. Tampoco les dijo nada el informe de medicina legal, muerte natural por asfixia fue el dictamen oficial. Lo único raro que encontraron fueron algunas hormigas en sus vías respiratorias.