martes, 18 de mayo de 2010

NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO

El hombre llevaba cerca de tres meses viviendo en Medellín. Lo más difícil en el proceso de adaptación a su nuevo espacio no fue ni la gente, ni las calles que en un principio eran desconocidas, o por lo menos todas iguales, ni siquiera el hecho de que extrañara a las pocas personas con las que había compartido en su antiguo domicilio, la fría capital, donde el sol era un visitante de algunos pocos días. Lo que más le costaba soportar era el clima, no tanto por el sopor que provoca una temperatura media de 24 grados, sino por otras consecuencias relacionadas directamente con el tiempo.

Maximiliano –quien prefería que le llamaran Máximo, para satisfacer su egocentrismo o por lo menos afianzarlo- era un joven abogado muy exitoso. A sus 30 años había logrado en lo económico más de lo que un hombre con un trabajo promedio añoraría al momento de su retiro.

Gracias a las influencias de su familia, muy bien relacionada en los círculos del poder político, había logrado ocupar importantes cargos burocráticos en el sector público, y eso a pesar de su poca, o mejor, mediocre preparación, en una universidad cualquiera. Los altos salarios, y los dineros “extras” -nunca ausentes en trabajos de este tipo- le había permitido llevar una vida bastante cómoda y forjar una pequeña fortuna.

Las más recientes elecciones definieron el destino de Máximo. El Partido de la U (U de Uribe, U de ultraje a los derechos humanos, U de ultraderecha, U de Un hijueputa tirano en el poder) que por ese entonces era contrario al Liberalismo, partido en el que militaba, ocasionó su traslado a la ciudad de la eterna primavera.

Cuando bajó del avión no percibió ningún cambio en el ambiente, esto sólo ocurrió cuando llegó al apartamento que sería su residencia, el aire acondicionado del aeropuerto y del elegante vehículo que lo recogió en Rionegro hizo imperceptible la variación climática. Sin embargo en cuanto Máximo llegó al lugar que había alquilado en el Poblado, el más exclusivo sector de la ciudad, se percató de lo incómoda y hasta insoportable que sería la temperatura ambiente de su nuevo hogar. Comenzó a sudar a chorros, como si le hubiera caído un balde de agua, la humedad hizo que su ropa se adhiriera al cuerpo produciéndole una especie de claustrofobia que lo llevó a despojarse de la corbata y casi a arrancar su camisa, sintió una angustia que lo asfixiaba.

En un comienzo se desesperó tanto que hasta pensó en renunciar. Todo era preferible a tener que soportar esa inclemente temperatura, pero luego apelando a la razón se dijo a sí mismo en voz alta, como si tratara de convencerse: esto no es nada grave, hoy me compro un ventilador y en el presupuesto del próximo mes incluyo en los gastos de la oficina un buen aire acondicionado.

Efectivamente así lo hizo, pero nada de esto solucionó el motivo de los problemas que terminarían con su paciencia.

Máximo no tardo mucho en notar que a pesar de que su apartamento era para un habitante, en realidad no vivía sólo, compartía su espacio con un gran número de insectos a los cuales no estaba acostumbrado. Unos rastreros y otros voladores.

A todos los que volaban los agrupaba bajo el apelativo de zancudos. Lo que más odiaba de ellos eran los zumbidos que producían al volar, además para empeorar las cosas era infaltable sentir el terrible sonido, más fuerte de lo normal, que presagiaba el acercamiento del insecto al pabellón de la oreja, casi siempre en el momento en que conciliaba el sueño. Máximo soportó esos primeros días con esfuerzo. En cuanto a los insectos que recorrían el piso de la vivienda unos le desagradaban más que otros. Las cucarachas ocupaban el primer lugar en su ranking de repugnancia, cuando encontraba una en la cocina pasaba días sin comer pues imaginaba las patas velludas de los insectos corriendo sobre los cubiertos y la vajilla. También había arañas que le producían un poco de miedo y muchas hormigas que merodeaban por los rincones sin causar mayores molestias.

Los únicos bichos que merodeaban por la casa en que transcurrió su infancia en la ciudad de Pasto eran las moscas, grandes y negras, en cuya cacería ocupaba gran parte de su tiempo libre en la infancia. Desde niño sentía repulsión por todo ser viviente que considerara menor que él, lo que incluía a todo el reino animal y vegetal, incluso a la mayor parte del género humano. Era sorprendente su habilidad para acribillar a los incómodos y odiados voladores. En un principio usaba el tradicional matamoscas, seguía el vuelo de su presa con la sagacidad de un felino esperando silenciosamente el momento en que su víctima se posara para asestar el golpe mortal.

Con el tiempo el sólo hecho de matar a las moscas no fue suficiente, le repugnaban tanto que pensó que la muerte no era un castigo suficiente, asi que decidió darles un castigo mayor. En ocasiones el procedimiento era el normal, al menos en parte, sin embargo a la hora de dar el golpe, la fuerza disminuía de tal forma que el insecto no moría sino que quedaba atontado. Otra veces, lo que hacía era dispararles agua, con pistolitas que su madre le compraba, con las alas mojadas las moscas ya no podían volar y se volvían una víctima fácil. Ahí comenzaba su martirio. Como experto verdugo, Máximo tomaba a las moscas recién azotadas por el peso de la malla plástica o la presión del chorro de agua y comenzaba a torturarlas, sintiendo placer por cada uno de sus actos. Primero las cogía entre sus regordetas manos y les arrancaba sus alas, una a una, dejando un tiempo entre cada mutilación, le complacía ver la inutilidad de las moscas al tratar de volar con sólo uno de sus apéndices colgando del cuerpo. Luego les quitaba la otra para pasar a la parte más cruel: quemarlas vivas.

Lo que más gozaba era sentirse poderoso, apreciar la incapacidad de los insectos para salvarse, ser testigo de su superioridad, como un dios, aquel que da o quita la vida dependiendo de su estado de ánimo. Muchas veces, Máximo creía reconocer a una mosca a la que había perdonado incomodando nuevamente. A esas era a las que peor les iba. Cuando las atrapaba, después de arrancarles las alas las ponía sobre una hoja de papel, que doblaba a modo de cubo, dejando la parte superior abierta para poder ver. Tomaba un fósforo, lo encendía y lo ponía en la parte inferior, en las patas de la víctima que corría desesperada sobre el papel hasta el momento en que las llamas la consumían en una hoguera que para Máximo se había convertido en un ritual, en la solución final.

Con los mosquitos de Medellín no le quedaba tan fácil hacer lo mismo, eran diminutos, casi imperceptibles a la vista y mucho más ágiles al volar. Trataba de aplastarlos en pleno vuelo pero sólo conseguía aplaudir en el aire las maniobras de los insectos. Eso lo enfurecía aún más.

Una vez probó con Raid, el más poderoso insecticida que encontró en las estanterías de El Éxito. Roció todo su apartamento, la sala, el comedor, la cocina, los baños, su habitación y la de huéspedes, hasta el cuarto de servicio y se fue a dormir tranquilo, confiado en lo que rezaba la lata de aerosol “mata y sigue matando”. El veneno resultó efectivo, pero al que casi mata es a él, no tuvo la precaución de leer la letra menuda de la lata y resultó intoxicado. En la mitad de la noche se despertó asfixiado, no podía respirar bien, prendió la luz y vio que las palmas de sus manos estaban rojas, se quitó la pijama y descubrió que su cuerpo estaba lleno de manchas. Salió volando a la Clínica más cercana entre los zumbidos de los mosquitos que parecían risas de burla.

Después de este incidente optó por tomar una estrategia más defensiva que agresiva. Compró un buen repelente con aloe vera, para que a la vez humectara su piel, y que embadurnaba en su cuerpo blancuzco cada noche, así evitó las picaduras, pero no el molesto ruido al que finalmente termino por acostumbrase o amainar dejando el televisor prendido a todo volumen.

El haber perdido esta batalla hizo que cambiara de enemigos en su guerra contra los insectos. Volvió la mirada hacia el piso. Las hormigas que antes casi no notaba empezaron a ser su obsesión.

Todo empezó una noche en que tomó el vaso de Coca Cola que había dejado en su nochero y al dar el primer sorbo notó que en su boca había algo más que la gaseosa. Fue al baño, escupió en el lavamanos y vio a varias hormigas todavía vivas pataleando sobre la porcelana. Se lavó los dientes tres veces e hizo gárgaras con Listerine Mint. Volvió a su pieza, prendió la luz y vio como desde el vaso se desprendía una larga fila de estos laboriosos insectos que iban y venían. Sin explicarse cómo los que ya se iban llevaban microscópicas gotas del líquido azucarado, los que venían parecían hablar con sus compañeros que marchaban con la misión cumplida. Agarró el vaso, regó lo poco que quedaba y lo llenó de agua ahogando una buena cantidad de hormigas. Luego aplastó con sus dedos todas las que estaban sobre el nochero, siguió el recorrido de la fila y continuó con su masacre hasta rastrear que salían de un pequeño orificio en una esquina de su habitación. ¿De dónde saldrán? Se preguntó, satisfecho por la gran cantidad de bajas del enemigo.
Nunca obtuvo respuesta a esa pregunta, el hecho era que siempre aparecían. Cada vez que tardaba mucho en tomarse su infaltable Coca Cola, invadían el vaso, obligándolo a tirarlo.

Para que ya no se metieran en el vaso y arruinaran su bebida recurrió a un viejo truco que le dio su madre. Ponía el vaso en la mitad de un plato hondo lleno de agua, de esta forma quedaba protegido por una especie de fosa infranqueable. Era tal la avidez de las hormigas que muchas morían en el intento, Máximo reía al verlas flotando en el agua, inertes. Aunque resolvió el problema de la gaseosa que tomaba en cantidades para calmar la sed, lo que habían hecho los bichitos había despertado su sed de venganza. La guerra estaba declarada, toda la furia que no pudo descargar contra los zancudos se volcaría ahora por estos insectos que son el símbolo del trabajo duro y en equipo, algo con lo que tampoco se identificaba, le gustaba que los otros trabajaran para él. Una razón más para la lucha.

Todos los días era lo mismo. Apenas las veía comenzaba a aplastarlas. Pronto se dio cuenta de que era verdad aquello de que estos insectos vivían en una sociedad ordenada. A aquellas que dejaba medio muertas las recogían otras, las levantaban en vilo y se las llevaban tal como lo hacían con la comida, seguramente para tratar de curarlas. A las muertas las dejaban por más tiempo, tiradas sobre la mesita que era el campo de batalla, pero también se las llevaban. Alcanzó a imaginar un gran cementerio en algún rincón de su nido. Esta actitud solidaria que él no compartía por ser una muestra de compasión que no merecen los débiles le molestó más, decidió acabar con ellas a toda costa, ya no sólo lo molestaban con su presencia si no también con su comportamiento.

Recordó entonces sus efectivas técnicas pirómanas de la infancia y decidió recurrir a ellas, combinadas con otras que aprendió en sus lecturas de Sun Tzu, el famoso estratega chino, en especial la emboscada y el engaño. Ahora tenía una ventaja con la que no contaba cuando era niño. Como fumaba dos paquetes diarios de Marlboro siempre tenía a mano su finísimo Zippo dorado que duraba encendido más que los fósforos El Rey con que enfrentaba a las moscas. No hay pierde, pensó, dispuesto a poner en marcha su plan.

Al día siguiente, antes de salir a cenar, regó Coca Cola en su mesa de noche y en distintos puntos de su casa. También distribuyó azúcar, formando pequeños montoncitos por ahí, para él este era el señuelo perfecto y no se equivocó. Al volver vio una cantidad de hormigas que nunca antes había visto, ni cuando pisoteaba los hormigueros en sus paseos a tierra caliente. Los insectos pululaban formando manchas negras alrededor de las dulces trampas que había tendido. No perdió el tiempo y se puso manos a la obra, agarró su encendedor y lo graduó para que la llama fuera más potente e incinerar así la mayor cantidad de enemigos. El sonido crujiente que producían los cuerpos articulados mientras ardían le encantó a Máximo, al igual que el olor acre que despedían. Así fue montículo por montículo de azúcar, gota a gota de gaseosa, exterminando a todas las hormigas que trataban inútilmente de huir del feroz lanzallamas.

Después de unos tres cuartos de hora había recorrido con su arma mortal dos veces todas sus trampas, la primera exterminando, la segunda rematando, no quería dejar ninguna viva. Tras comprobar que entre las cientos, o quizás miles de hormigas, no había ni siquiera una que respirara, se fue a su cama king size, satisfecho, sintiéndose un gran triunfador y estratega. Soy un putas, fue lo último que pensó antes de caer en un sueño profundo.

Al día siguiente la gente de la oficina que dirigía, sus peleles, como él los llamaba, se sorprendieron de que Máximo no hubiera aparecido, ni siquiera llamado. No se preocuparon mucho, incluso se alegraron de que no hubiera ido, junto a sus gritos y su prepotencia. Sin embargo al tercer día de ausencia empezaron a preguntarse por la suerte del odiado jefe, se reunieron, hablaron entre si y decidieron avisar a la Policía.

Cuando los uniformados entraron forzando la puerta del apartamento, después de haber tocado el timbre en incontables oportunidades y de interrogar al portero que les informó que hace días no veía salir al doctor, no se explicaron los montoncitos de azúcar y las pequeñas manchas pegajosas que al probar notaron que eran de Coca Cola, “la chispa de la vida”, vida ausente del lugar donde no se oía ni volar un mosquito. Cuando entraron vieron el cuerpo obeso de Máximo tirado sobre la cama, como si durmiera plácidamente, no había signos de golpes o violencia, nada fuera de lo normal. Tampoco les dijo nada el informe de medicina legal, muerte natural por asfixia fue el dictamen oficial. Lo único raro que encontraron fueron algunas hormigas en sus vías respiratorias.





viernes, 7 de mayo de 2010

CRISTIAN ALARCÓN, EN LA FRONTERA DE LA NO FICCIÓN CREATIVA

En diálogo con el autor de “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, la historia del santo de los pibes chorros de las villas bonaerenses, el escritor chileno explica por qué se define como “un periodista investigador al servicio de la narración.”



Tras dos décadas de ejercer su profesión desde la redacción de medios como Página 12, TXT y Crítica, Cristian Alarcón, se ha desplazado hacia un terreno fronterizo entre el periodismo y la literatura. “Fui orientándome cada vez más hacia la narrativa y fui utilizando las técnicas del periodismo investigativo, no tanto para descubrir grandes primicias, ni para poder nutrir la tapa de un diario, si no para nutrir mis textos de narrativa de no ficción y crónica.”, dijo este periodista destacado en el cubrimiento de la violencia urbana, la marginalidad, el narcotráfico y la corrupción policial.


Esta temática es precisamente el eje de su libro, “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, publicado por Norma en el 2008 y por el que ganó el premio Samuel Chavkin a la integridad en periodismo. En él, luego de dos años de convivencia con la gente de Villa San Fernando, zona marginal del norte de Buenos Aires, logró relatar la historia de el “Frente” Vital, un ladrón quien después de morir a los 17 años a manos de la Policía se convierte en el santo de los pibes chorros.

Un reconocimiento obtenido en medio de las dificultades económicas que, según Alarcón, han llevado al periodismo investigativo a una crisis. Él cree que “el problema fundamental de la investigación es que es muy cara y tiene un alto nivel de inversión”, costos que se justifican en la metodología requerida que define como “etnográfica”, una inmersión en la realidad y una cercanía íntima con las fuentes humanas, al punto de que algunas le llaman “compadre”, ilustró.

“Para mí una información que no salga del territorio es una información que no me excita demasiado.”. “La investigación es una tarea colectiva per se, es una tarea de redes, de enlaces, de vínculos y de complicidades, es una tarea de confianza muy fuerte, que hay que establecer no solamente con las fuentes, si no también con los otros periodistas y con los editores.”, recalcó.
Precisamente, la inexistencia de esta confianza hizo que en su trabajo Alarcón no incluyera fuentes policiales, a pesar del papel crucial de los uniformados en la historia.

Para su trabajo, además de los personajes, el autor recurre habitualmente a las que denomina fuentes “no civiles”, en donde agrupa entidades tanto públicas como privadas, necesarias para abordar la compleja realidad que investiga. “Manejo esas fuentes con mucho cuidado, porque suelen competir con la calidad de mis textos, (…) en general tienden a aplastar, con su visión y con su forma de transmitir información, una literatura de no ficción efectiva, de vanguardia, innovadora, interesante”, explicó este periodista que trasgrede las normas tradicionales del periodismo buscando la calidad literaria.

Así por ejemplo, construyó al personaje del “Tripa”, el antagonista de la historia, a partir del “coro griego de la Villa”, sin una investigación suficiente. “Surge de la necesidad. Para crear el mito del chorro contra el transa. (…) Yo utilizo los personajes para construir esa trama que me permita narrar hacia donde yo quiero llevar al lector”, manifestó.

Sin proponérselo, el ignorar en la investigación a este personaje generó en Alarcón un sentimiento de “deuda”, de donde surgió la idea de su nuevo libro, “Si me querés quereme transa”, que explora el fenómeno del narcotráfico y será publicado en noviembre. Como en su primer libro, en este caso la idea de adelantar la investigación nació de una intuición literaria sobre una historia con potencia, que lo mantenga interesado hasta el punto de afectarlo personalmente, de “invadir su vida”.

Luego de casi 5 años investigando para su nuevo libro, Alarcón defiende la idea de que hay un cambio en el concepto de verdad, “al extremo que mi libro tiene ahora 10 voces que no son las originales de los protagonistas.”. Este hecho es motivo de debate. Para algunos, como el escritor norteamericano John Lee Anderson, “Si me querés quereme transa” no es un libro de no ficción si no una novela, a lo que el autor responde que el hecho de que un personaje diga lo que le dijeron tres o más fuentes no hace que el contenido sea una mentira y cataloga su trabajo como una “no ficción creativa”, un espacio dónde la línea que separa ficción y realidad se hace tenue.

lunes, 3 de mayo de 2010

TRANSTORNO AFECTIVO CAPILAR

- Hola, buenos días.
- Hola, ¿cómo andás?
- Muy bien, un poco cansada por el vuelo, pero bien.
- Y claro, tenés que tener en cuenta que además de las 6 horas de vuelo que te bancaste entre Bogotá y Ezeiza ahora sos dos horas más vieja. Por la diferencia horaria.
- Jaja, no había caído en cuenta. Pero pensé que eras colombiano, eso me habían dicho mis amigos que me dieron tus datos, pero tienes acento argentino.
- Y sí, tantos años por acá, se le pega la tonada. Soy pastuso. Igual allá también usamos el vos, como los caleños o los paisas, pero nosotros lo usamos de una forma especial, que daría para todo un tratado de gramática.
- Jajajaja
- Me imagino que te reís por los chistes que nos hacen, y bueno, pero te cuento que nosotros mismos los inventamos, y sacamos provecho de eso. No sabés cómo. Y ¿qué venís a hacer por acá?
- A estudiar, un posgrado en literatura.
- Jajaja, perdoná que ahora me ría yo. Una más, todos creen que porque este puto país parío a Borges y a Cortázar es la cúspide de las letras. Ja, pero bueno no te quiero desmotivar.

(silencio)

- Pero bueno, no te hagás la seria, si vos sos colombiana y yo las conozco, viví por muchos años allá, cómo hasta los 31, hasta mujer tuve y sé cómo son. Si querés te cuento la historia del loco T, desde acá a Palermo tenemos tiempo (más con las vueltas que te voy a dar hija de puta). Del chabón que te hablo, también vivía en Palermo. Y era colombiano, como nosotros.
- ¿Si?
- Aja, pastuso como yo. Y también quería ser escritor como vos. Ahí te va el cuento.
- ¿A ver?

Cuando el loco T salía por las calles de Palermo todo el mundo se quedaba viéndolo. Y no es que actuara de forma extraña. Bueno la mayoría de las veces. Su simple presencia llamaba la atención. Tenía una barba que le llegaba hasta el pecho y una melena que le daba casi hasta el culo. Y bueno, pintas así no son extrañas acá. Si te vas a la Facu de letras, o a la de Sociales en Marcelo T. verás a muchos así, pero lo que llamaba la atención en él era la forma tan desordenada en que llevaba el pelo. Nunca se peinaba.

Pero no creás que siempre fue así. En un tiempo fue un elegante profesor de periodismo, siempre pulcro, perfumado y bien peinado. Claro que de eso se encargaba su mujer, Erika, otra pastusa, pero todo cambió cuando lo dejó. Y no se fue por otro, no, incapaz sería. Se fue porque simplemente no soportaba más las locuras del loco T, que metido en su mundo de libros era como un Quijote moderno, que quería vivir todo lo que leía.

- ¿Y qué libros leía?
- Todo el que caía en sus manos, bueno a excepción de esa mierda de autoayuda y cosas así de ese estilo, ¿viste?
- Pero qué era eso tan malo que leía y que quería vivir que tanto molestaba a su esposa.
- Ah, pues al contrario, era bueno jaja. Siempre andaba con algo de sus autores favoritos en su mochila, los leía y releía, una y otra vez. Siempre con algo de Burroughs, de Kerouac, del cubano Pedro Juan Gutiérrez y sobre todo de Bukowski, el que más lo apasionaba. Él quería ser uno de sus personajes, y bueno eso no lo entendían mucho.
- Si los conozco. Los leí a escondidas, estudié en una universidad de monjas que los tenían censurados.
- Ah, mirá vos, ¡que se chupen un huevo las monjas, que me chupen los dos a mí!. Pero dejáme que te termine de contar.

Como te decía, todo cambió tras la separación. Y no es que su locura no fuera natural, o genética. Incluso, el loco T, antes de que fuera conocido con ese apodo estuvo algunos días en un hospital psiquiátrico, pero bueno esa es otra historia. Ella ya lo había conocido así, medio loco, pero ella sabía controlarlo. Ché y mirá vos, que esa locura, no sé por qué, que se yo, era como si estuviera directamente relacionada con su pelo. Era como un Sansón ideológico, o no sé cómo explicártelo, entre más largo tenía el pelo, más ideas le fluían, más cosas interesantes escribía y se iba ganando así un espacio en el mundo editorial y académico. Pero como te digo era todo un gentleman, su melena siempre iba impecablemente peinada, incluso era la envidia de muchas minas.

Erika se esmeraba en cuidarlo, en amarlo, parte de eso se reflejaba en su pelo. Era algo carente de lógica. Cuando le dejaba el pelo suelto, era una fuente interminable de ideas, tenía una ocurrencia por segundo. Cuando le hacía media cola, era medio loco, ya desde ahí se veía venir lo que se le venía encima al pobre T. Cuando ella le hacía una trenza, todas sus ideas se enredaban, casi nadie le entendía, y cuándo le cogía todo el pelo en una cola apretada a él le costaba mucho expresarse, parecía no poder decir lo que pensaba. Pero cuando ella se fue, todo se fue a la mierda. Nunca más volvió a ser el mismo.

A medida que su pelo crecía, al principio aumentó su producción literaria, pero luego, entre más tiempo pasaba, sus ideas se fueron enredando, a la par de sus greñas que poco a poco se convirtieron en rastas. Fue ahí cuando le empezaron a decir el Loco. Bueno para ser justos, y no culpar del todo a su mujer, su comportamiento también contribuyó a que le pusieran ese apodo. Bebía todo el tiempo, cuándo aún tenía dinero siempre andaba con una Stella Artois de litro debajo de un brazo y un libro debajo del otro, luego con cualquier sustancia de contenido alcohólico que estuviera al alcance de su reducido presupuesto que se fue agotando gota a gota, mejor dicho libro a libro, pues casi que regaló por pocos pesos los ejemplares de su enorme biblioteca. Según él el trago le ayudaba a olvidar, pero no, cada vez pensaba más y más en lo mismo, sin poder ordenar sus ideas.

Se fue convirtiendo en un indigente. En un desechable, como les dicen allá o en un cartonero, como les dicen acá, no importa cómo les digan la pobreza es la misma en todas partes y tiene los mismos efectos.
- ¿Si?
- Y claro, que te creías, que venías al primer mundo jajaja, pará chiquita, si acá la cosa es también jodida. Te creiste el bardo de que esta era la Europa de América, jajaja.
- No pero, no pensé que la cosa era para tanto.
- Mirá, ahí está otra prueba. Un piquete.
- ¿un qué?
- Un piquete, una manifestación, una protesta, acá las hay todos los días, por cualquier motivo, justo o injusto, igual ya me hincharon las bolas, nos toca agarrar por otro lado. Hay que estar preparado, conocerse las rutas, si no, te jodés.
- Pero me dijeron que era fácil moverse en el subterráneo.
- Y si, claro, ahí cerca tenés la línea D, pero será fácil cuándo no para, a cada rato hacen paro y si no son los trabajadores no falta el que se suicida tirándose a la venida del tren. Pero bueno hay una guía muy buena, la famosa Guía T, por aquí tengo alguna si querés te la vendo bien barata.
- ¿Y cuánto vale?
- Mmm pues por ser a vos te la voy a dar regalada, 25 pesos, tomá, pero ahora me das la plata, cuando me abonés lo de la carrera. Igual nos toca desviarnos, esta ruta está cortada. Pero bueno así te acabo de contar la historia.

Como te decía, el loco T. caminaba tambaleándose, de calle en calle, por Santa Fe, por Guemes, por Charcas, por Araoz, por Vidt, por Mansilla, en fin por todas las vías del sector, viendo a su amor en cada porteña de ojos verdes, y acá son muchas eh, todas huían ante sus requerimientos amorosos. También perseguía algunos pibes, pero no porque se haya vuelto puto, lo hacía para defenderse pues muchos lo insultaban y le tiraban cosas a la salida de los colegios de Palermo.

Nunca se fue de ese Barrio, en el que siempre vivió y en el que al principio era bien recibido. Con el tiempo nadie lo quería cerca, era entendible, ya sus pelos y sus ideas eran algo de otro mundo. Por increíble que fuera sólo se lo bancaban los chinos que tenían un supermercado en Charcas y Medrano, y eso que los chinos son todos unos hijos de puta. Claro que en parte era una compensación, ¡tanta birra que les compró el loco cuando todavía tenía guita!.

- ¿Y es que hay muchos chinos?
- Ja, muchos no es palabra, son una invasión, es más son una mafia, ya lo verás, son los dueños de todos los supermercados de barrio. Es como si distribuyeran el territorio, cada dos o tres cuadras te topás con uno y explotan a los pobres paraguas y bolitas.
- ¿paraguas y bolitas?
- Paraguayos y Bolivianos, o que tenías en mente, ¿un país lleno de blanquitos? No si acá hay mucho morocho, incluso el argentino es morocho, porque una cosa es el argentino y otra el porteño. Ya te darás cuenta vos misma. Peruanos también hay muchos, son los que manejan la merca, el narco. Nos desbancaron acá de nuestro en nuestro negocio estrella.
- Ah ¿y colombianos?
- Cuando yo vine éramos pocos, ahora somos una plaga, de un momento a otro se llenó de compatriotas, a mi me conviene, cada día hago dos o tres carreras como esta, llevando a los paisanos rumbo a su sueño argentino jajaja. Pero ya es abuso, no hay día en que salgás a la calle y no te topés con varios, además la mayoría no vienen solos como vos, se vienen en manadas a hacinarse en cualquier parte, cocinando platos de allá para no extrañar, si les da tanta nostalgia que se queden por allá, o no.

Y bueno, como te decía, los únicos que se lo bancaban eran los chinos de ese super, que por las noches lo dejaban dormir en la bodega y en el día le daban algo de comer en el restaurante que tenían a la vuelta, sobre Salguero. Y bueno también en una parrilla, “En lo de Bebe” se llama, traducido al colombiano “En donde Bebe”, es que estos argentinos si estropean el castellano, está muy cerca a donde te llevo, ahí a media cuadra de Scalabrini. Bueno ahí le daban algo de lo que sobraba durante las noches para él y su compañera.
- ¿Su compañera?

Y Sí. Porque es que no terminó solo, siempre lo acompañaba su gata, La Negra, aunque en realidad se estaba volviendo medio mona, medio atigrada. Era como su sombra. Ese animal sí que lo amaba, casi tanto o igual que su mujer, con la diferencia de que nunca se separó de él. Era rara la relación entre esos dos. Yo creo que si la gata hubiera aprendido a peinarlo con sus hábiles uñas retractiles, la cordura le hubiera vuelto a la cabeza y hubiera podido volver a vivir como alguien normal, sin embargo ella se contentaba con darle cariño, con ronronearle, con abrigarlo con su cuerpo peludo en los días invernales. Y él le correspondía con su amor, calentándola con su tufo y compartiendo la poca comida que le regalaban. Hacían buena pareja, además también era de ojos verdes la Negra.

- Bueno, ya vamos llegando. ¿Nicaragua y Malabia me dijiste?
- No sé, espere miro… Nicaragua 4515.
- Es a dos calles de acá. Entre Malabia y Armenia, bonito lugar eh, muy cheto. El mismo barrio del loco.
- Qué historia tan rara. Ojalá no me lo encuentre, yo tengo los ojos verdes. ¿Y cómo sabe tanto del loco T?
- Ah, ¿no te lo imaginás? Nadie puede contar una historia si no la ha vivido, ni que fuera Dios.
- Pero, ¿cómo así?, ¿usted es él?
- No nena, ¡como se te ocurre! , no ves que yo soy pelado, no tengo ni un pelo en la cabeza, me los quité para no pensar. Son 300 mangos, todo un gangazo.

jueves, 29 de abril de 2010

NO TODO SALIÓ COMO PENSABA (Encuentro con Vallejo en Buenos Aires)


No todo salió como esperaba. Aunque eso no quiere decir que salió mal. Sólo fui una voz en off mientras cientos de personas ingresaban a la sala J Hernández, la principal de la Feria Del Libro de Buenos Aires. Tres años en tierras argentinas y ni puta idea de quién es ese man. Y claro, así tenía que ser. Quién querría ver a este pobre aprendiz cuando el gran provocador, el marica más marica de Colombia, ese que se jacta de comerse muchachitos de doce años, que se caga en todos y en todo, iba a empezar su charla.

Así fue. Llegué perfumado y emperifollado, con mi guayabera y mis mechas agarradas en una media cola, para que nadie me viera. Leí por un micrófono, a un lado del sonidista que prestaba más atención a su consola que a las frases que fluían de mi boca. Igual eso no me importó. La lectura más importante ya la había hecho al medio día, a vos, a quien se lo merece. Los otros que se esperen, que cuando escriba más e invente un personaje mejor construido que Vallejo seré yo el que esté montado en el gran escenario y será otro el hijueputica que lee en la sombra. Igual leí con el alma, le puse corazón (igual que cuando los escribí). Leí pensando en vos.

Al terminar de leer Pensamientos Inútiles ya la sala estaba llena, ya el inútil no importaba, pensé. No sé cuanta gente había. Mucha, eso sí. De esos a algunos habrán oído un par de líneas, otros muy pocos un cuento completo, a un par tal vez les haya llegado el mensaje. Con tal que le llegue a quien yo quiero, el resto que se joda.

Cuando ya me iba, sin ni siquiera darme cuenta, estaba frente del Monstruo, no era tan alto como lo había visto en Cartagena, de pronto el ego argentino hace ver más pequeña a la gente. Él se acercó a mí. Se quedó viéndome y habló con su voz fina y pausada. No me insultó ni denigró de mis escritos, ni siquiera me pidió un polvo, seguro a mis 34 ya no estoy entre sus gustos, me habló el Fernando de verdad, el amante de los animales. Tal vez fue por eso, me vio ahí, indefenso, humillado, golpeado en mi amor propio, usado, como hace el hombre con los animales a quién él define como su prójimo. -“Sólo puede ser un gran escritor el que tiene el alma grande”, me dijo.

Luego subió al escenario, a la mesa principal donde estaba exhibida su última novela, El Don de la Vida. Volvió a ser el hijueputa de siempre. Habló mal de las religiones, de Borges, de Gabo, dijo que no le importaba la literatura ni los libros, que al cine no iba hacía 20 años, que su más grande amor había sido Bruja, su perra. Desdeñó de los pobres, de su forma de procrearse, de la sobrepoblación. Despotricó como de costumbre. También, como de costumbre, no faltó el ignorante que al terminar la conversación, alzó la mano entre el público, y con un hediondo acento caleño preguntó por qué se repetía tanto. “¿Por qué siempre es la misma carreta?.” Ahí se despachó Vallejo, y es fácil hacerlo cuando hay tanta gente sin neuronas que da pie para ello. Vinieron dos o tres preguntas más y luego los aplausos.

Los flashes que no pararon en toda la charla siguieron con más intensidad, “me dan más importancia de la que yo me doy”, dijo con una timidez que nunca sabré si es fingida y que sólo logramos oír los que estábamos cerca. Me dieron primera fila, por lo menos, junto a los burócratas de la Embajada que ocupa un periodista de bolsillo del pelele Uribe Vélez, tirano de mierda, pero bueno fue un buen pago por hablar siempre bien de la dictadura en RCN. Pensé que ese era todo el pago que tendría. No fue así. Alguien de Alfaguara me dijo que fuera hasta su stand. Caminé hasta allí junto al escritor maldito, bueno, primero atrás como una mascota, hasta que él, quizás otra vez movido por su compasión hacia los animales, me hizo una señal con la mano. Me entregó su libro, firmado con un escueto Fernando Vallejo. “No vuelvas a escribir en tercera persona” me dijo dándome ese consejo como el mejor pago de la noche.

Salí de la Rural, contento, tomé la Av. Sarmiento hasta Plaza Italia y luego Santa Fe para ir hasta mi diminuta casa de 6 metros cuadrados (incluidos baño y cocina) donde tu recuerdo y mi presencia llenan por completo el lugar. Llegando a la esquina de Scalabrini Ortiz vi una imagen habitual: dos cartoneros recogían los montones de basura que día a día arroja Palermo. Los pobres recogiendo la mierda de los ricos. Junto a ellos había dos perros, aún más flacos y malolientes que sus dueños. No lo pensé mucho y fui hasta un restaurante cercano, compré dos docenas de empanadas con la plata que tenía destinada a comprar el libro que me salió gratis y me senté en la calle a compartir con los caninos. Así pensé que compensaba en parte el gesto que tuvo Vallejo con este pobre animal literario.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

NOCHE DE DESVELO


La noche es la mitad de la vida y la mejor mitad.

Goethe


Anoche casi no pude dormir. Ya me había aplicado la dosis habitual, un par de porros y un par de Stella Artois, receta eficaz para esas noches de insomnio que con los años son cada vez más frecuentes. Sin embargo esta vez falló, sentí sueño, mucho sueño, pero en ningún momento me quedé dormido del todo.

Salí a eso de la una o dos, en realidad ni me fije en la hora, pero salí convencido, con la firme intención de encontrarte, por lo menos de buscarte. Seguramente te preguntarás: -¿allá, tan lejos de donde estoy? Pues sí, lo hice acá, en la mierda, a ocho mil kilómetros de donde te encuentras. Sentí un impulso irracional que me dio la certeza del encuentro y me llevó de repente a levantarme de la cama, ponerme la primera ropa que tenía a mano y dejar la calidez del departamento en medio de la noche para buscar otro tipo de calor, el tuyo.

Apenas cerré la puerta del edificio noté algo extraño. Había un movimiento excesivo en la habitualmente tranquila calle Ciudad de La Paz, para ser exactos en los andenes. La gente circulaba sin prisas, entretenida, nadie se percataba de mi presencia, era como si yo no estuviera ahí, más de una vez tuve que esquivar con ágiles movimientos (que no me explico a esa altura de la noche) a los transeúntes que solos o en pequeños grupos se movían en ambos sentidos. Mientras me aproximaba a la avenida Cabildo caminando por Olleros, pensé que no contaría con la misma suerte en esta importante vía de Belgrano y que moriría aplastado bajo el pie de una vieja gorda de 200 kilos sin ni siquiera alcanzar a decir ¡ay!, pero al asomarme a la esquina me sorprendió la imagen de una calle vacía, en donde lo único que parecía tener vida eran las luces intermitentes de los semáforos y de los anuncios de los numerosos comercios del sector.

Caminé con desconfianza, con un poco de miedo para ser sincero, incluso pensé en volver a casa y dormir tranquilo o dar unos pasos atrás y sentir la compañía de todos esos extraños con los que me había topado, la compañía de gente que ni me había determinado. En esas estaba, pensando qué hacer, cuando en ese momento juro que te vi. Vi tu figura menuda, movida con ese balanceo de caderas que me sé de memoria. Te vi salir de la esquina de Federico Lacroze y dirigirse con total naturalidad y seguridad a la entrada de la estación Olleros del Subte, algo totalmente anormal, pues los trenes pasan sólo hasta las diez y media de la noche.

Vi que bajaste las escaleras que llevan al subsuelo porteño y me decidí a seguirte, al fin y al cabo para eso había abandonado la comodidad de mi cama. Me acerqué con desconfianza a la boca del subte y vi que dentro de la Estación todo parecía funcionar con normalidad. Al descender me di cuenta de que no era así. La primera muestra de esto fue que no había boletería, la gente formaba filas para ingresar dependiendo del color de su ropa y sólo algunos, los que parecían portar el color adecuado podían pasar por los molinetes que parecían comportarse con voluntad propia y arbitraria. Mientras esperaba mi turno, fui revisando mi vestimenta, un jean gastado, mis únicos zapatos, los tenis marrón, y una camiseta verde estampada con una gráfica indígena guaraní. Trataba de darme cuenta de cuál era la clave para el ingreso, pero no pude descifrarla, cuando me tocó probar suerte me lancé hacia el aparato que no ejerció ninguna resistencia, “el destino quiere que entre”, me dije tratando de justificar mis actos y darme ánimos para seguir adelante. Pasé sin problemas y me dirigí presuroso hacia la plataforma de los trenes.

A pesar de que muchos no superaban el filtro para el ingreso, había gran cantidad de gente, como en un día de oficina a las seis de la tarde. No pude verte con facilidad, buscaba entre la multitud ese vestidito que tanto me gusta. Sí, ése, el negro grisáceo a rayitas, el cortico, ese que te acompañé a comprar a Studio F en Unicentro y que siempre usas con esas medias de malla que tanto me gustan, (tú sabes por qué) pero encontrarlo fue una tarea que en ese momento parecía imposible.

Ahora es tiempo de confesarte una cosa, siempre llevó conmigo en la mochila una bufanda que una vez te presté y que impregnaste con tu olor para siempre, es una forma de recordarte, así que recurrí a ella, la saqué, me la puse ante el asombro de la gente que no entendía porque usaba bufanda en pleno verano y en la mitad del infierno que suelen ser las estaciones llenas. Al tiempo que iba aspirando tu olor, la gente parecía irse difuminando, se iba volviendo transparente, hasta que te alcancé a ver, al otro extremo de la Estación.

Si antes tenía mis dudas ahora estaba seguro, te vi muy bien, a lo lejos pero ayudado con tu aroma, contemplé tu rostro, tus ojos claros que siempre me han mirado con amor, esas orejitas que adoro besar, esa boca de labios finos que conviertes de mil maneras en mi portal de entrada al paraíso. Seguí explorándote, eras tú, esas pequeñas manos que son capaces de las mejores caricias, esos senos que se endurecen entre mis manos al primer contacto, esas piernas cuya piel se eriza cuando las recorro con mi lengua, en fin, ese cuerpo que sería imposible desconocer después de tantos y tantos encuentros. Sí mi amor, eras tú, por más ilógica e irracional que pareciera la situación.

Me dirigí resuelto hacia dónde estabas, con tan mala suerte de que ya llegaba el tren. – ¡Erika! grité con fuerza, pero no giraste la cabeza si no que abordaste uno de los vagones. Yo hice lo mismo, con el temor constante de perderte, sin saber tu destino, sin saber si podría encontrarte entre los pasajeros de este mundo subterráneo.

Mientras el tren recorría los intestinos de esta ciudad, yo realizaba mi propio viaje por nuestros recuerdos, y así, sin darme cuenta del tiempo que había pasado, noté que los vagones se iban quedando vacíos, la gente desocupaba ese espacio que poco a poco se iba convirtiendo en algo solamente nuestro, íntimo.

Cuándo menos pensé yo era el único en mi vagón, una voz anunciaba la siguiente estación: Plaza Italia, me pareció absurdo. "No puedo haber tardado tanto en solo tres estaciones, Carranza, Palermo y ésta", pensé, pero así era. Cuando el tren se detuvo, apareciste tú de nuevo, no sé cómo, pero ya estabas fuera del vagón y me invitabas con un gesto de la mano, salí como pude, incluso la puerta automática casi agarra mi mochila y no había nadie para socorrerme, salí victorioso de mi lucha contra la máquina. Corrí y corrí para alcanzarte, pero lo único que vi fueron tus piernas enfundadas en las medias negras como las que tantas veces te había arrancado, me agaché un poco para ver todo lo que permitía el largo de tu falda corta, pero no lo logré ver más que la curva que insinuaba la redondez de tu culo. Sin embargo vi más, en mi mente emergieron los recuerdos, vi tu cuerpo desnudo, dispuesto, cálido, un sinfín de imágenes pasaron como en un largometraje porno que rodaba a 155 cuadros por segundo y donde los dos éramos los protagonistas. Me entraron unas ganas locas de subir, agarrarte, arrancarte todo y comerte, ahí en plena Estación, o donde te lograra alcanzar, pero no podía. Sentía que corría como nunca, con la velocidad propia del deseo, te veía caminar con serenidad y elegancia pero no lograba darte alcance. La distancia siempre era la misma.

Al superar los últimos escalones y salir a la superficie de la ciudad vi que el reloj de Plaza Italia marcaba cerca de las cinco de la mañana, no me puse a pensar sobre esta incoherencia en la velocidad del paso del tiempo pues en mi cabeza y en mi cuerpo solo estaba el deseo de hallarte y te tenía ahí, a metros, al alcance de mi vista. Decidido hice el último esfuerzo con mis piernas, pero tú, con una agilidad que hasta ahora no te conocía, avanzaste sin problemas sobre tus tacones y diste un salto elegante, sin ningún esfuerzo, más bien como un vuelo corto, sobre la reja que encierra el Jardín Botánico e ingresaste en él con familiaridad.

Me acerqué lo más rápido que pude, me asomé desde las rejas, atisbando y esforzando la vista para encontrarte bajo las tenues luces del Jardín. No fui capaz de ver nada, me saqué las gafas, las limpié inútilmente sabiendo que los lentes están rallados a tal punto que al usarlas -que es casi siempre, menos cuando me baño- estoy condenado a tener una visión nublada de la realidad, pero nada, fue imposible, no te vi.


-¡Erika!, volví a gritar con todas mis fuerzas, sin obtener respuesta alguna. Ni siquiera un vigilante se asomó para interrogarme por los gritos y por la escena que protagonizaba a esas horas de la noche: un tipo de barba larga, mal trajeado, llamando a una mujer, sacudiendo con fuerza las rejas de un sitio en donde, por todos es bien sabido, los único seres vivos a esas horas de la madrugada son los gatos. –¡Eri!, grité de nuevo y nada, silencio total. Así fui perdiendo las esperanzas. Alcé mi mirada como para elevar una oración al Dios con el que me educaron y vi tus medias de malla negras enredadas en lo alto del enrejado, justo en el lugar por donde te vi desaparecer. Traté de cogerlas pero no llegaba, en un salto en el que puse mi mejor esfuerzo agarré una punta y me quedé con una buena parte de la prenda, la otra parte quedó ahí ensartada, “quedará como prueba y testimonio de esta historia, pensé.

Ya desanimado y viendo que el día empezaba a aclarar hice mi último intento. –¡Erika!, ¡Eri!, llamé dos veces seguidas, con un tono de voz que llevaba implícitos todos los sentimientos que albergaba. Por fin obtuve una respuesta casi imperceptible... miau, miau, oí desde el interior del Botánico. Miau, miau, escuché con claridad. Era una hermosa gatica, con una delicada nariz, un cuello elegante y con un balanceo al caminar que me resultó familiar, tenía unas orejas que me antojaba arrancar a besos y una boca muy fina. El hermoso ser felino se alejaba, con su pelaje corto, negro grisáceo y a rayas, en un momento giró su cabeza y me miró con sus ojos claros, luego siguió su camino.

Yo agarré las medias, las olí, no había duda, eran las tuyas, las guardé en la mochila junto a la bufanda y me alejé por la avenida Santa Fe rumbo a mi casa, quería caminar para reflexionar sobre los hechos de esas últimas horas. En el camino y faltando poco para llegar me topé con una amiga de toda la vida, Soledad, seguramente notó algo raro en mi porque lo primero que hizo fue preguntarme: -¿qué te pasa?, ¿Tienes algo?. No modulé palabra, la evité. Dos maullidos lastimeros fueron mi única respuesta.

lunes, 23 de febrero de 2009

UN CUENTO DE AMOR LITERARIO

Para Mi Angelito sin alas

Imagen tomada de: www.espaciolibro.com
Como si se tratara de una niña, noche a noche -por lo menos aquellas que pasaban juntos- él le leía un cuento, o el trozo de una novela, o una serie de poesías. No lo hacía para que durmiera, intención de casi todo el que lee algo a una niña, lo que quería era compartir su mundo: el de los libros. Contagiarle un poco de esa obsesión enfermiza que lo llevaba a alimentar su vida con literatura.

No leía para que durmiera, de todas formas ella ya no era una niña. Era una magnífica mujer, distinta a todas. Podría inspirar el más caliente poema erótico y a la vez ser la protagonista de una inocente historia pastoril. Su belleza era una extraña mixtura, mujer con aire de infante, ternura y sensualidad que salían siempre a flote pero nunca en iguales proporciones. “Es como una viola –pensaba, relacionándola siempre con el arte, pues la veía como una gran obra- capaz de dar notas tan agudas como un violín o tan bajas como un violonchelo”. Era dos mujeres en una, siempre una sobresalía sobre la otra, todo dependía de las circunstancias.

-Para que describirla -decía T. cuando ocasionalmente sus pocos conocidos, que nunca la habían visto, averiguaban, intrigados, por el único cuerpo, viviente o inerte, capaz de desbancar los libros de su escala preferencial - por más que hiciera un retrato perfecto con mis palabras nadie podría conocerla, para conocer a Angelita hace falta sentir como muerde los labios cuando besa, a veces hasta sangrar, pero sólo un poquito, para recordar que el amor duele. Hace falta percibir ese aroma. El de los huequitos tras sus orejas, un tanto más dulce que el de sus clavículas salpicadas por una galaxia de pecas, y mucho más que el resto de olores de su anatomía, pero igual de sublime, para mí es el que más ejerce atracción. Sí que la conozco, tanto que a ojos cerrados puedo distinguir a punta de buena nariz unos 259 puntos de su hermoso cuerpo. Para hacerlo había ingeniado un complicado sistema de coordenadas en el que lunares, pecas o cualquier manchita que contrastara con la tez pálida servían como referencias. A T. le obsesionaban los olores, compartía esa afición con un célebre perfumista francés Jean-Baptiste Grenouille. Al leer sobre él y conocerlo se propuso imitarlo en la educación de su olfato, en el disfrute de la naturaleza a través de la infinidad de sensaciones que atraviesan las fosas nasales, camufladas eso si, bajo los más variados aromas.

Se sentía afortunado de conocerla. No estaba seguro de si ella también pero así prefería creerlo, el masoquismo no estaba (aún) entre sus defectos. Creía conocerla tan íntimamente que hasta se animó a compartir con ella una actividad que antes, en sus ya casi 30 años de vida, concebía como algo meramente individual, tanto como el culto a Onán, la lectura.

Antes ya lo había hecho por obligación, en el colegio, pero no lo disfrutó. Su cerebro no generaba imágenes por culpa de las constantes interrupciones y la lentitud de algunos condiscípulos. No reproducía la película que, cuando leía sólo, veía en su gran telón mental en el que las escenas corrían a más 90 palabras por minuto. Con Angelita era distinto, avanzaban al mismo ritmo. Comienzo y final con la más precisa sincronía… como en todo.

Ella disfrutaba al oírlo. Obviamente no por su voz carrasposa, menos aún por ese tonito compañero que producía somnolencia después de la primera media hora de lectura. ¿El remedio? Dos enormes tazas de café como les gustaba: negro y frío. En un acto casi mecánico, vaciaban y volvían a llenar sus mugs al tenor de los capítulos.

A ella le interesaba oírlo porque creía que después de escuchar cada historia que seleccionaba T., noche a noche, lo conocía mejor y se sorprendía. Con una vida rodeada de números y un sin fin de proyectos que requerían de su total racionalidad la mayor parte del tiempo, se rehusaba a creer, pese a las evidencias que afloraban con el paso de los días, que existiera alguien como T.

¡Cómo podía alguien soñar con ir a Buenos Aires pero solamente en la misma época en que una señorita de nombre Andrée regresara de unas vacaciones en París a su apartamento de la calle Suipacha! Decía T. que se había enterado gracias a una carta remitida por el encargado del cuidado del inmueble, que de un momento a otro, sin explicación, éste comenzó a padecer una patología manifestada con un insólito síntoma: vomitaba conejitos. Lentamente en un principio, pero luego a tal velocidad que la residencia pronto se vio invadida de cientos de estos tiernos pero destructores roedores. –No puedo perderme la cara de la vieja cuándo vuelva y abra la puerta para contemplar impotente la ruina a manos, o mejor a dientes, de los nuevos moradores. La venganza de la naturaleza. -decía con la mayor seriedad del mundo. ¡Cómo alguien había sido capaz de emprender, en repetidas ocasiones, sendas excursiones exploratorias a Cali con el único fin de dar con un Cine Club que le había recomendado su amigo Andrés antes de suicidarse, este le había dicho a T. que allí presentaban un interminable ciclo de películas de vampiros y que uno de sus más fieles concurrentes era el mismísimo Drácula!

Angelita se limitaba a mirarlo desde mucho más allá de la profunda oscuridad transparente de sus ojos, quizás desde su alma. Sonreía y apartaba el pelo -que siempre caía sobre el lado izquierdo de su cara, iluminando las delicadas facciones con un reflejo rojizo- con ese movimiento coordinado que ya T. conocía de memoria: tirando el cuello hacia atrás, firme pero con delicadeza, ayudándose con la mano derecha. –Tú si que dices bobada - le reclamaba, cariñosamente- no tienes nada que envidiarle al Quijote. Ignorando su papel de Dulcinea en toda esta historia. El reproche iba acompañado con un beso, con la misma comprensión de siempre. Al fin y al cabo “él no tenía la culpa”. Seguía excusándolo. Desde niño, los libros fueron su más fiel compañía en medio de una historia de abandonos que sólo le contó una vez y que prefería nunca más mencionar. Eso pensaba ella como para justificarse a sí misma esta relación poco ortodoxa.

T. no trabajaba en la forma convencional, detestaba los horarios y los jefes. Sostenía con un convencimiento inamovible que de ser un oficinista, en menos de una semana amanecería (tras un sueño intranquilo) convertido en un horrible insecto, como ya le había pasado hace un tiempo a un fulano, por allá en Praga. Los libros le daban hasta para comer. Desde adolescente manejó con destreza la librería heredada de sus padres, víctimas en un avión de Avianca que estalló en pleno vuelo (pero a T. no le gusta que se hable de esto). Siempre sabía qué libro recomendar a cada quién, era tal su pericia que con sólo verles la pinta, sin que mediara pregunta alguna, conducía a los lectores hacia la sección que el librero presumía como su preferida. Nunca fallaba.

No pocas veces pasó por descortés al impedir el paso a ciertos personajes con una característica en común: cara de poco inteligentes, afeada con un claro gesto de desesperación o de angustia. –Aquí no hay nada de autoayuda o temas afines. – les decía parándose frente a la puerta como el más fiero guardián. Los estantes de Yacuanquer, vocablo precolombino que traduce tierra de sepulcros, con que su padre bautizó la librería en honor a sus raíces y a su pueblo natal, siempre estuvieron vetados para todos los Cuauthemocs, Rizos, Oshos, Gallos, Cohelos y similares. Era conciente de que esta basura escrita tenía gran demanda comercial, pero prefería abstenerse de este ingreso fácil. – Sería plata mal habida –decía con tono inquisidor- aquí vendemos literatura y a esos libracos les queda grande el apelativo. Estaba seguro de que él mismo podía producir un librito de estos en un dos por tres, pintar maravillas en el papel (que al fin y al cabo todo lo aguanta), dar consejos para lograr la tan anhelada felicidad aunque la vida del propio autor fuera una mierda. Sin duda era el preciso para demostrar esa hipótesis.

Y es que también, de vez en cuando, le daba por escribir. Es inevitable que quien ha pasado casi seis lustros con los ojos clavados en los libros ceda a la tentación y ose elaborar sus propias creaciones. Aunque T. nunca tuvo la intención de publicar, en sus ratos libres, cuando no leía, tecleaba con dos dedos, pero con la misma rapidez del más experimentado mecanógrafo, consignando en la pantalla lo que se le venía a la mente. Nunca terminó un texto. Mejor dicho para él nunca estaban terminados. Las historias tenían un principio y un final, pero estos cambiaban cada vez que T. los releía. Le gustaba “actualizarlos”, introducirle nuevos elementos, ideas que se le iban ocurriendo y que apuntaba en una libreta que mantenía siempre en el bolsillo trasero izquierdo de su pantalón. Por eso nunca se animaba a mostrarlos. A la única que se los mostró, a la primera, fue a Angelita, sin saber lo que más tarde le pesaría este gesto de confianza.

Yacuanquer tenía un aire nostálgico, el local conservaba la misma apariencia desde el 58 cuando fue inaugurado. Los grandes estantes, sólidos para soportar el peso de más de 9 mil volúmenes (mal contados al ojo), impregnaban todos los rincones con un olor a madera que evocaba el aire libre, contrastando con el ambiente no apto para claustrofóbicos que creaba la cantidad de libros atiborrados hasta el techo que parecían venirse encima. Lo único moderno y eso que ya era toda una antigüedad tecnológica, era un viejo computador Apple, únicamente equipado con Word Perfect, programa que ya nadie utilizaba. A T. no le importaba, le servía para vaciar su cerebro y no correr el riesgo de que reventara por acumular más ideas de la cuenta.

La mano de Angelita no sólo se hizo evidente en el cambio de actitud ante la vida que asumió T., también se notó en el negocio que de un momento a otro se modernizó. Todo el inventario, la contabilidad, que siempre la había llevado Don Homero, el viejo contador de la familia, fue totalmente sistematizado. El viejo Apple fue reemplazado por un moderno Compaq portátil, con el que la emprendedora mujer trató de inmiscuir a T. en el uso de la Internet. Incluso montó una nueva vía de comercialización en línea, que solamente ella manejaba. T. tuvo que aguantar la modernización resignado; al fin y al cabo fue él quien se mostró interesado en la Red, todo a causa de la dirección electrónica de Angelita que ella apuntaba en todas partes: angelines77@yahoo.com. Lo que le interesó fue la palabra yahoo, mucho más cuando supo que gracias a Internet era un término muy popular en el mundo conectado.

- Entonces, -comentó muy animado- ¡por fin la gente fue más allá del capítulo de Liliput! , qué bueno estaban perdiéndose la mejor parte.
- No se a que te refieres –repuso Angelita ya acostumbrada a lo insólitas que a veces, muchas veces, sonaban sus respuestas.
- Pues a Gulliver.
- Pues Sí, se que Liliput tiene que ver con Gulliver, tampoco soy tan ignorante. Pero qué diablos tiene que ver con el correo electrónico. Por cierto, ¡nunca me has escrito!.

Ante el tono de reclamo patente en estas palabras y al contemplar claramente la intención de desviarse del tema como solamente saben hacerlo las mujeres, T. se apresuró a continuar con su explicación, le contó a Angelita que los yahoos son una especie animal que el viajero encontró en uno de sus tantos recorridos que abarcaron más allá que las populares tierras de enanos y gigantes.

Pasado el tiempo algunas cosas empezaron a cambiar. Aunque las jornadas de lectura continuaban y seguían experimentando juntos el placer íntimo de apropiarse al tiempo de una misma historia algunos pensamientos, de parte y parte, dejaron de ser compatibles.

-A veces ya no sé cuando estas hablando en serio y cuando no. reclamó en una ocasión la paciente mujer ante la negativa de T. para asistir a una película. Por primera vez sus ojos brillaron con rabia, rabia que se convertiría en rencor si no podía ver la cinta que esperaba hacía semanas.

-Es que no entiendes, se justificó acompañando sus explicaciones con complicados gestos que nadie comprendía, desde 1.984 toda la realidad que vivimos es alterada por el Estado que nos vigila permanentemente y al comprar la boleta me reubicarían, hace tiempo que me les había perdido. No hubo nada que lo convenciera.

Tal cual, desde ese día empezó el rencor, sentimiento que ella trató de controlar pero que crecía de manera simultánea al paso de las páginas en las jornadas nocturnas, páginas que seguramente darían señales del comportamiento que T. podría adoptar en los días por seguir. La cosa paso a mayores cuando le dio por leer biografías de algunos escritores, descubrió que el alcohol, las drogas, lo que se conoce popularmente como la bohemia había sido parte fundamental de sus vidas.
–Yo sabía que eso no lo podría escribir alguien cuerdo, dijo después de conocer la vida de Poe, -Que habría sido de Heminway sin un mojito, decía para explicar sus borracheras, cada vez más frecuentes. En ese tiempo sí que escribió, podría decirse que cambió su oficio de lector por el mucho más complicado de escritor, casi no se separaba del computador. Fue entonces cuando los grandes autores, los clásicos y los de siempre fueron desplazados por el novato escritor en la habitual lectura de las noches.

Así Angelita creyó conocer más a T., en los textos encontró más defectos que virtudes. Creyó que todo lo que él escribía y ella escuchaba con cuidado, noche a noche, era algo así como una autobiografía, ignorando que por fin, con la escritura T. sabía claramente que lo que vaciaba en el teclado era ficción, fruto de su imaginación. Leyeron historias policíacas en las que las mujeres siempre eran las víctimas, cuentos en los que la muerte (suicidios, homicidios, parricidios y todos los cidios imaginables) eran trascendentales en la trama, historias de amor con los más trágicos finales y una larga serie de personajes oscuros (putas, travestis y maricones en todas sus gamas) que Ángela pensó lejanos al entorno de quien compartía su cama y en no pocas ocasiones su cepillo de dientes.

Un día cualquiera Angelita desapareció. Después de haberse trasnochado, leyendo la versión final de un cuento de T. que transcurría en una sala porno, protagonizado por un transexual llamado, o llamada, Yolanda, cuya misión en la vida era iniciar sexualmente a los jovencitos de un colegio cercano. Pensó que todos los conocimientos de T. en las artes amatorias, que no eran pocas, eran fruto de los excelentes métodos pedagógicos del andrógino personaje. Nunca se le ocurrió que la verdadera causa de sus destrezas era la juiciosa lectura del Kamasutra. Simplemente se fue sin decir ni una palabra.

En ese momento su vida se derrumbó, por lo menos en la realidad, Ángela era su polo a tierra, su parte conciente, otra vez se refugiaría en los libros. Pero ni siquiera eso. La bohemia aumentó pero la escritura no apareció esta vez… no había nadie que lo leyera, nadie con quien leer, como antes.

Las noches en que leía con su voz somnífera los ejemplares más queridos de sus estantes, junto a dos enormes tazas de café, sólo eran recuerdos. Igual que Ella, que nunca dio señales de vida. Junto con la inspiración T. perdió dos dientes, no tenía cepillo, ella se lo llevó junto con las aspiraciones de tener una vida normal de este Quijote. -Que importan dos dientes cuando a uno se le ha ido media vida, afirmaba en un lamentable estado cercano a la indigencia. Se había ido su mitad racional. A duras penas comía, vagaba por ahí, todo el día, esperando que el azar le pusiera a su querida Angelita en frente. –Aunque sea sólo para verla, se repetía.

La librería también decayó. A todo aquel que entraba, durante las dos o tres horas que le daba la gana abrir, le recomendaba a Ciorán, especialmente los poemas que ensalzan el suicidio. Fue por esa época que por primera vez llegó a pensar seriamente en quitarse la vida, como tantas veces lo habían hecho los personajes que inventaba… de un balazo, no, muy común; ahorcado, no, nunca aprendí a hacer nudos; envenenado, no, pues hay que saber las dosis exactas y yo ni idea, meditaba. Definitivamente a pesar de estar resuelto al suicidio quería seguir viviendo. Nunca lo reconoció pero lo que lo ataba a la vida era la esperanza del reencuentro, sin importar cuándo se dé, sin importar la ansiedad de la espera.

Siguiendo el consejo de sus pocos y únicos amigos puso un límite a su espera, como todo en su vida lo hizo de una forma original: El límite sería mayo del 2008, el mismo del vencimiento de los últimos condones que habían comprado juntos, al fin y al cabo era un símbolo pues, según T. –eran algo para los dos, que usarían en pareja y que al igual que la lectura hubiesen disfrutado al tiempo. El tener un plazo cierto parecía haberle dado un aire de tranquilidad, por lo menos volvió con juicio a su negocio. Todo lo que ganaba lo guardaba, llevaba una vida austera a tal punto que se ganó la fama de avaro. Poco le importaba, estaba ahorrando para su futuro en compañía. El único gasto considerable fue la reposición de sus dientes.

Pasó el tiempo al ritmo acostumbrado, aunque T. rogaba a Cronos para que las manecillas fueran más lentas, para que la Tierra girara con más calma. Se aproximaba la fecha fijada como límite y todo parecía estar bien, aunque aún conservaba la obsesión de hacer siempre tres rondas diarias por la ciudad para ayudarle un poquito al azar en su gran reencuentro. Su única realidad era Angelita y su espera. Ahora podía leer y reconocer en los libros la ficción, sin confusiones.

En resumen, el panorama parecía despejarse, a excepción de la escritura ausente desde el repentino abandono. Un día, faltando menos de un mes para que expirara el plazo decidió publicar sus escritos. Había material suficiente gracias a la musa nunca ausente a pesar de no estar ahí. Además, pensaba, Angelita se sentiría orgullosa de leerlo en un libro de verdad y no en el montón de hojas que se confundían con las sábanas y estorbaban en los momentos de amor. Al llegar a su casa quiso revisar los textos para escoger los que consideraba dignos de ser leídos, así lo hizo, prendió su computador que no había sido usado en años, el, la pantalla mostró su habitual azul Microsoft, funcionaba aún. De inmediato entró a Word para revisar el último texto en el que había trabajado, estaba en una carpeta llamada “Tragedia, Personajes”, leyó unas cuantas líneas, todo lo que leía le parecía conocido, muy familiar, como algo que ya había vivido. Tras un gesto de asombro, subió afanosamente al inicio del documento y encontró el título que temía encontrar: Angelita.





PENSAMIENTOS INÚTILES


Para que pensarla, si está tan lejana,
ni sabe que existo, ni me determina.
Apenas la he visto, pero ya la añoro,
su boca pequeña, su alma, su todo.

Para qué pensarla, si yo hoy voy a verla,
si aceptó gustosa compartir mi mesa,
sabré de sus gustos, si somos iguales,
si están a su altura mis "buenos" modales

Para qué pensarla, si está aquí conmigo,
ya puedo tocarla, sentirla, hasta amarla.
Desde el primer beso todo quedó dicho
nunca hicieron falta sermones ni anillos

Para qué pensarla, si ya es sólo mía
a nadie más mira, soy toda su vida.
Con sólo llamarla la tengo a mi lado,
dándome la vida con sus empalagos

Para qué pensarla, si me ha abandonado
ya ni me recuerda, su amor se ha apagado
hoy ya no me llama, de mí ni se acuerda,
y al tiempo pasado lo mandó a la mierda

Para qué pensarla, otra vez lejana.
en brazos de otro… no me da la gana.
Su ausencia es castigo que pega en el alma
Para qué pensarla… los muertos no piensan